Autorizado para Enamorarse
La casa de Valeria era pequeña, cálida, llena de toques de Emma: dibujos pegados en la nevera, un sofá con cojines de aviones, el olor a vainilla y a comida casera. Esa noche, Valeria había preparado arepas con queso, pollo guisado y un jugo de lulo que Emma había insistido en que “el piloto Adrián tenía que probar”.
Emma se durmió temprano, agotada después de contarle a Adrián —por tercera vez— la historia completa de su dibujo del avión con alas de arcoíris. La niña se acurrucó en su cama, abrazando el peluche de flamenco que Adrián le había regalado en la playa, y se quedó dormida con una sonrisa.
Valeria cerró la puerta de la habitación con cuidado y volvió al comedor. Adrián estaba de pie junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad a lo lejos. Se había quitado la chaqueta, y se había quedado solo con la camisa blanca con las mangas remangadas, revelando los antebrazos fuertes y bronceados.
Cuando ella entró, él se giró. Sus ojos se encontraron y el aire se cargó de inmediato.
—No sé cómo decirte esto sin sonar ridículo —empezó Adrián, acercándose despacio—, pero verte aquí, en tu casa, con Emma durmiendo… es lo más real que he sentido en mi vida.
Valeria se detuvo a un paso de él.
—Y verte a ti aquí… sin uniforme, sin radio, sin emergencia… me da miedo. Porque ya no hay excusas para no sentir todo.
Adrián levantó una mano y le rozó la mejilla con los nudillos.
—No quiero excusas. Lo quiero todo.
La besó entonces.
No fue como en la rampa después de la emergencia, ni como en la playa con Emma cerca. Fue un beso sin contención: profundo, hambriento, con años de deseo acumulado en cada roce de lengua. Las manos de Adrián bajaron por su espalda, la pegaron contra su cuerpo. Las de ella se enredaron en su cabello, tirando suavemente, arrancándole un gemido bajo.
Se separaron solo para respirar.
—Valeria… —Susurró él contra su cuello, besando la piel sensible bajo la oreja—. Dime que pare si es demasiado.
Ella negó con la cabeza, voz ronca.
—No pares. Llévame a mi habitación.
Caminaron casi a tientas por el pasillo corto, besándose contra la pared, contra la puerta, quitándose la ropa con urgencia torpe y desesperada. Cuando cayeron en la cama, ya solo quedaban piel contra piel, respiraciones entrecortadas y el sonido de sus corazones latiendo al unísono.
Adrián la recorrió con besos lentos, reverentes: el hueco de la clavícula, la curva de los senos, el ombligo, más abajo. Valeria se arqueó, mordiéndose el labio para no hacer ruido, pero cuando él la probó con la lengua, un gemido escapó sin control.
—Adrián… por favor…
Él subió de nuevo, cubriéndola con su cuerpo, mirándola a los ojos mientras entraba despacio, centímetro a centímetro, hasta que ambos soltaron un suspiro tembloroso.
Se movieron juntos, primero suave, luego más rápido, más profundo. Las manos entrelazadas sobre la almohada. Susurros entrecortados: “te quiero”, “no pares”, “eres mía”. Cuando el clímax llegó, fue simultáneo, intenso, como si hubieran estado esperando ese momento desde la primera vez que sus voces se cruzaron en el éter.
Se quedaron abrazados después, sudorosos, jadeantes, riendo bajito contra la piel del otro.
—Esto… esto es mejor que cualquier aterrizaje perfecto —murmuró Adrián, besándole la frente.
Valeria sonrió, trazando círculos en su pecho.
—Y sin turbulencias.
Pero la paz duró hasta la mañana siguiente.
A las 8:17 a.m., mientras desayunaban arepas con Emma parloteando sobre “el piloto que duerme en casa de mami”, el teléfono de Valeria vibró con un mensaje de Carla.
Carla:
Val, ven YA a la torre. Marco está aquí. Trajo un pendrive con “pruebas” nuevas. Dice que tiene grabaciones de conversaciones privadas entre tú y Adrián antes de la emergencia. Amenaza con ir a la prensa si no retiran su despido. Está hablando con el supervisor ahora mismo.
Valeria palideció.
Adrián lo notó al instante.
—¿Qué pasa?
Ella le mostró el mensaje.
Emma siguió comiendo, ajena.
Adrián se levantó, con la cara seria.
—Voy contigo.
—No. Quédate con Emma. Yo lo manejo.
Pero Adrián ya estaba poniéndose la camisa.
—No. Esto termina hoy. Y hay algo que no te conté.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mi papá quiere conocerte. Oficialmente. Y mi mamá… ya te lo dije, pero él también. Hoy a las 6 p.m. en su casa en Coral Gables. Cena familiar. Quiere darte la bienvenida como… parte de la familia.
Valeria abrió los ojos enormes.
—¿Hoy?
Adrián asintió.
—Y después de eso… vamos a resolver lo de Marco. Juntos. Porque si intenta tocarte a ti o a tu trabajo, se va a encontrar con que no solo tiene que lidiar con la FAA… sino con la familia Salazar entera.
Valeria tragó saliva, pero sonrió.
—Entonces… cena con tus padres. Y después la guerra con Marco.
Adrián la besó rápido, y profundo.
—Primero la cena. Luego la guerra. Porque después de anoche… ya no hay vuelta atrás.
Emma levantó la vista desde su plato.
—¿Van a pelear con el señor malo de la torre?
Adrián se agachó y le revolvió el cabello.
—No, capitana. Vamos a ganar. Y después… comeremos helado para todos.
Valeria rio, nerviosa pero decidida.
La noche anterior había sido una entrega total.
Esa tarde sería la presentación oficial.
Y esa misma semana… Marco iba a descubrir que había despertado a la familia equivocada.