Todo estaba en silencio. En paz.
Era un lugar muy tranquilo, lleno de naturaleza. Un cielo despejado y luminoso se extendía en el firmamento. Animales que iban y venían en armonía, criaturas convivían entre sí. Un viento relajante viajaba entre los habitantes de este ecosistema, sonando melodioso al pasar entre los árboles.
Aang se encontraba recostado entre hierba alta, su mente estaba en blanco, como si hubiera estado soñando todo este tiempo. Su respiración era lenta y profunda, como si nunca se hubiera alterado.
¿Por qué estaba alterado? ¿Estaba alterado? ¿Dónde estaba?
Nuevas incógnitas surcaban su estado de semiinconsciencia, mientras sentía el aire recorrer su piel.
Se detuvo en intentar encontrar respuestas en su memoria para concentrarse en lo que sentía. La hierba le hacía caricias como si intentara calmarlo y despertarlo con cautela.
Unas criaturas pasaron volando encima de él. No las vió pero sintió la presencia y el aire que hicieron correr.
Lentamente intentó abrir los ojos. Le costó un poco por la intensa iluminación del ambiente. Pero no le dolía solo, le incomodaba un poco. Sentía que era un lugar que conocía pero que a la vez había algo diferente y no sabía cómo explicarlo.
Lo primero que vió después de acostumbrarse fue el pasto y a través de él, a lo lejos, árboles y cielo. Vio criaturas voladoras posándose en los árboles.
Se quedó un momento contemplando a esas criaturas que ahora podía identificar como espíritus. En ese lugar los espíritus tenían formas muy variadas, a veces extrañas o poco comunes.
Se permitió respirar profundamente al darse cuenta de donde estaba y al terminar de exhalar el aire se recostó boca arriba, permitiéndose a sí mismo ese momento de paz al sentir la vegetación en todo su cuerpo.
Poco a poco, uno a uno, los recuerdos iban llegando. No como una avalancha, como gotas cayendo de un hielo derritiéndose lentamente. Esta vez no había dolor, al menos no tan fuerte como antes. Aún era consciente de lo que implicaba una posible relación entre ellos dos. Pero ya no se sentía solo, sabía que tendría el apoyo de quienes importaban realmente en su vida.
Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, casi tímida.
«Estoy enamorado. Así es como realmente se siente».
Se tapó la cara con ambas manos mientras su rostro se enrojecía y una sonrisa tonta se apoderaba de sus labios bajo sus palmas.
El mundo alrededor empezó a reaccionar ante sus emociones: el viento soplaba más fuerte moviendo las plantas de tal forma que parecían bailar de entusiasmo; los espíritus empezaban a jugar entre ellos vocalizando fuertemente y el cielo se empezaba a tornar de un magenta claro con destellos amarillos y naranjas.
Aang empezó a percibir el alboroto y decidió divertido que ese no era el lugar para dejar que lo dominaran las emociones, por más positivas que fueran. Respiró hondamente de nuevo, pensando que cuando regrese podrá gritar todo lo que quiera y era mejor que en este momento se pregunte una cosa:
«¿Cómo es que llegué aquí?»
Se sentía como aquella primera vez que entró al mundo de los espíritus, tampoco sabía cómo había terminado ahí y no sabía cómo regresar.
Se incorporó lo suficiente para quedarse sentado sobre el pasto, pensando en el colapso que tuvo antes de llegar aquí mientras observaba los alrededores. Su mente iba y venía con calma entre lo que sintió y lo que estaba observando. Sabía que los espíritus poseían formas poco comunes a los del plano físico, pero había algo en las criaturas que estaba viendo que le hizo creer que algo no cuadraba del todo.
«¿El ataque que tuve fue lo que me trajo, o fue algo que me llamaba aquí que desencadenó mi ataque?»
Se acomodó mejor en su postura optando por estar en canastilla, mientras analizaba las preguntas y las… posibles respuestas.
De pronto, el ambiente comenzó a cambiar, algo en el ritmo de la existencia en el lugar. El viento cambió de dirección y soplaba como si avisara que algo se avecinaba. La atención de las criaturas se desviaba hacia todas partes. Aang se extrañó por este cambio de energía tan repentino, subió la mirada hacia el cielo y notó que este también estaba cambiando, sutilmente hacia colores cada vez más claros, casi blancos.
Sin apartar la vista del cielo, se levantó lentamente admirando la gama de colores encima de él, ignorando todo lo demás. Detrás de él se acercaba una presencia, antigua y deslumbrante.
Los demás espíritus se alejaron o mostraron una actitud sumisa y de respeto. La voz de esa presencia se hizo notar, viajando por todo el espacio.
—Hola, Aang— dijo y Aang volteó sorprendido de verla por segunda vez.
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—Esto es más grave de lo que pensamos— murmuró Neteyam bastante preocupado por lo que su sobrino acababa de revelar ante toda su familia.
—Bueno, si lo pensamos bien, el que Raava se haya conectado específicamente con él no significa que él sea el… elegido?— dijo Rotxo tratando de convencerse más a sí mismo que a todos los presentes, aunque con muy poca confianza en lo que intentaba decir, no quería aceptar que su pequeño se enfrentara a esa situación de controlar cuatro elementos.
Lo había visto en Ru’niya, debía tener un buen control sobre sí misma antes de controlar la tierra. Si un niño tan pequeño como su hijo debe aprender a controlar los cuatro elementos, sentía que era demasiada carga sobre sus pequeños hombros.
Kiri lo miró con pena, sabiendo exactamente lo que pensaba porque ella pensaba lo mismo. Pero la voluntad de los grandes espíritus es incuestionable y lo único que podían hacer es apoyar y estar presentes.
Todo eso se lo comunicó con la mirada a su esposo que se veía cada vez más afectado y agobiado por lo que se avecinaba.
Todos entendían el peso que debían cargar los na'vis con habilidades que iban apareciendo. Hasta que alguien rompió la tensión.
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Editado: 08.09.2026