Aylén la portadora de memorias

Capitulo 2

La mañana siguiente amaneció con una niebla espesa que se pegaba a las fachadas como un velo. Náyira parecía contener la respiración; los vendedores del mercado hablaban en susurros, las campanas de la torre sonaban con un ritmo irregular, como si alguien las hubiera afinado para marcar la inquietud. Aylén se movía entre la multitud con la sensación de que cada rostro era una página a punto de arrancarse. Su don, que hasta entonces había sido una curiosidad peligrosa, se había convertido en una brújula que la empujaba hacia lugares donde la memoria dolía.
Entró en la taberna de la esquina para buscar a Mara. La encontró detrás del mostrador, con las manos manchadas de tinta y una sonrisa que no alcanzaba los ojos. Mara le lanzó una mirada rápida, y en esa mirada Aylén leyó la noticia: rumores de redadas nocturnas, listas de nombres que circulaban en sobres sellados, la presencia de hombres con túnicas grises que ya no se ocultaban tanto como antes.
—Te vi anoche —dijo Mara sin preámbulos—. No deberías andar sola.
—Lo sé —respondió Aylén—. Pero no puedo quedarme quieta. Si el Consejo borra, alguien tiene que recordar.
Mara apoyó la palma sobre la mesa y por un instante Aylén sintió, sin tocar, la memoria de su amiga: risas en un patio, una madre que cosía a la luz de una vela, la primera vez que vendió un frasco de recuerdos y sintió que traicionaba algo sagrado. Mara había aprendido a sobrevivir en la frontera entre lo legal y lo prohibido; su lealtad era de barro y fuego.
—Hay un lugar —murmuró Mara—. Un almacén en el barrio de los Tejedores. Dicen que guardan frascos que no aparecen en los registros. Si quieres pruebas de lo que hacen, ahí podrías encontrarlas.
Aylén asintió. La idea de entrar en un almacén lleno de memorias robadas le provocó una mezcla de curiosidad y repulsión. ¿Qué se siente al sostener en la mano la infancia de un desconocido? ¿Qué se siente al saber que alguien, en algún despacho, decide que esa infancia no merece existir?
Antes de que pudieran organizar nada, Kael apareció en la puerta de la taberna como si hubiera salido de las sombras mismas. Sus ojos, siempre atentos, brillaron con una urgencia contenida.
—No vayáis al almacén —dijo sin rodeos—. Lo han reforzado. Hay guardias y trampas para quienes intentan recuperar recuerdos.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Mara, con la impaciencia que la caracterizaba.
Kael dejó caer un pergamino sobre la mesa. Era un mapa con anotaciones en tinta roja: rutas de patrulla, horarios de cambio, una marca en el almacén de los Tejedores.
—No es para entrar —explicó Kael—. Es para observar. Para saber qué sacan y a quién se lo llevan. Si conseguimos seguir una de las carretas, podríamos rastrear el destino final.
Aylén tomó el mapa con manos que no temblaban. La posibilidad de seguir una pista, de ver el flujo de memorias robadas, le dio una claridad fría. Si el Consejo estaba centralizando recuerdos, entonces había un corazón que latía bajo la ciudad, y ese corazón podía ser herido.
Esa noche, se reunieron en el tejado de una casa baja que daba al callejón por donde pasaban las carretas. La luna apenas se asomaba entre nubes, y la ciudad se veía como un tablero de piezas oscuras. Aylén se sentó junto a Kael y Mara, y por un momento la camaradería les dio una sensación de hogar. Pero la calma fue breve: una sombra se deslizó por el borde del tejado y se detuvo a pocos pasos de ellos.
Dorian Vale descendió con la elegancia de quien no teme ser visto. Su presencia llenó el espacio como un perfume denso; la noche pareció inclinarse hacia él. Llevaba una capa oscura que no ocultaba su porte aristocrático, y sus ojos, cuando se posaron en Aylén, mostraron una curiosidad que rozaba la posesión.
—No esperaba encontrar a la portadora de memorias en compañía de contrabandistas —dijo con voz baja, sin reproche pero con una advertencia implícita.
Aylén sintió cómo algo en su pecho se tensaba. Dorian no era un desconocido en la ciudad; su nombre abría puertas y cerraba otras. Había rumores sobre su pasado en el Consejo, sobre favores oscuros y decisiones que habían cambiado destinos. Sin embargo, en su presencia había también una promesa de calor, como si su cercanía pudiera protegerla de la helada institucional.
—No somos contrabandistas —replicó Kael con frialdad—. Observamos.
Dorian sonrió apenas, y la sonrisa no llegó a los ojos.
—Observáis desde lejos —dijo—. A veces, la distancia no basta. A veces hay que acercarse para entender.
Hubo un silencio que pesó como una losa. Aylén notó que Dorian la miraba con una intensidad que la desarmaba. No era solo interés; era reconocimiento. Como si en ella viera algo que le pertenecía o que había perdido.
—¿Qué quieres? —preguntó Aylén, con la voz más firme de lo que se sentía.
—Ofrecer una alianza —respondió Dorian—. No soy amigo del Consejo. Pero tampoco soy un salvador. Puedo ayudaros a moverse sin ser vistos. A cambio, pido acceso a lo que encontréis.
La oferta olía a trampa, pero también a oportunidad. Dorian conocía los recovecos del poder; su ayuda podría abrir puertas que de otro modo permanecerían cerradas. Aylén pensó en su juramento: recordar por todos. Si Dorian podía facilitarle el camino, ¿no sería un precio razonable?
Kael frunció el ceño. Había en su mirada una desconfianza que no necesitaba palabras.
—¿Por qué ayudarías? —preguntó—. ¿Qué ganas tú con esto?
Dorian inclinó la cabeza, como si pesara cada palabra.
—Ganas y pérdidas —dijo—. Digamos que hay cosas que también deseo recordar.
La ambigüedad de su respuesta no calmó a Kael, pero Aylén sintió una chispa de esperanza. Si Dorian tenía motivos personales, quizá su ayuda no sería desinteresada, pero sería efectiva. Y en una ciudad donde la verdad se vendía en frascos, la eficacia era una moneda valiosa.
Antes de que pudieran decidir, un ruido seco resonó en la calle: una carretilla que se acercaba, seguida por voces apagadas. Las figuras que la empujaban llevaban capas grises y brazaletes con el sello del Consejo. Aylén contuvo la respiración. Era la primera vez que veía de cerca a quienes ejecutaban los borrados: no eran monstruos, sino hombres y mujeres con rostros comunes, entrenados para la eficiencia.
La carretilla pasó sin detenerse, y Aylén, con el pulso acelerado, alcanzó a ver el contenido: frascos envueltos en paños, etiquetas con nombres tachados, un brillo que parecía contener luz antigua. La carretilla se perdió en la niebla, y con ella se fue una parte de la ciudad que Aylén no sabía si podría recuperar.
Dorian se acercó y, sin tocarla, dijo en voz baja:
—Si quieres seguirlos, hazlo con cuidado. Y confía en mí lo suficiente como para dejar que te guíe.
Aylén miró a Kael y a Mara. En sus rostros leyó la misma pregunta: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar? La respuesta no era sencilla. Había riesgos que podían costar vidas, y alianzas que podían costar almas. Pero la memoria no era un lujo; era la columna vertebral de la identidad de la ciudad.
—Acepto —dijo Aylén al fin—. Pero con condiciones. No quiero que nadie más sufra por esto.
Dorian asintió, y por un instante su expresión se suavizó, como si la promesa de Aylén tocara algo en él que aún no había muerto.
Cuando la niebla se cerró de nuevo sobre Náyira, Aylén sintió que había cruzado un umbral. No solo se trataba de seguir una carretilla; se trataba de entrar en un juego donde las piezas conocían su nombre. Y en ese tablero, la línea entre aliado y enemigo era tan fina como una etiqueta en un frasco.
Mientras se dispersaban, Kael tomó a Aylén del brazo con un gesto que no era solo de advertencia, sino de cuidado.
—No confíes ciegamente —susurró—. Dorian tiene sus propias sombras.
Aylén asintió, pero en su interior una voz más profunda le decía que algunas sombras podían ser necesarias para iluminar otras. Caminó hacia su casa con la sensación de que, por primera vez desde que había descubierto su don, no estaba sola en la lucha. Y sin embargo, la soledad no desapareció: se transformó en una compañía peligrosa, hecha de miradas, promesas y secretos que aún no habían sido pronunciados.
En la ventana de una casa alta, Lysander Oris observó la ciudad con la calma de quien cree tenerla bajo control. Sus dedos tamborilearon sobre el brazo del sillón; en su rostro no había sorpresa, solo la fría certeza de quien sabe que las piezas se mueven. En algún lugar, alguien recordaba. Y eso, para él, era una amenaza que debía ser contenida.



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En el texto hay: memorias, memorias y aventuras

Editado: 11.04.2026

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