Ayme: La Favorita Del Rey

Cap. 4: Obligación

Se sentía ridículo viéndose al espejo, ese no era el rey imponente e intimidante, solo lograba ver a un pueblerino, pero se sonrió. Ni, aunque se fuera a poner un montón de ropas viejas se iba a ver como ellos, sus mechones y ese rostro de que era poseedor lo hacían irresistiblemente llamativo.

—Majestad, ¿qué hace vestido así? ¿se equivocó de ropa? —preguntó burlándose su prima apoyada en la puerta, su estruendosa y prepotente voz resonó por cada rincón de sus aposentos. Se giró a verla, es su prima, pero no la tolera.

Hoy no es el rey, hoy solo es Maxon.

—No veo la gracia, Annet, ¿qué necesita, la infanta? Porque me parece extraño que entres sin tocar a los aposentos del rey, ¿Quién te ha dado esa confianza? —recriminó poniéndole aquellos ojos fríos, inertes y sin sentimiento para intimidarla, pero Annet no se le erizó ni un solo vello.

—Déjese de tonterías, el príncipe me compartió que usted contraerá nupcias con una mujer del pueblo ¿es eso, cierto? —preguntó con intriga y curiosidad la joven acercándose al rey, sus ropas que viste hoy no es digna de un rey, pero nadie lo reconocería bajo ese sombrero que irrita a la infanta.

Maxon sonrió, conoce a Annet y sabe que le preocupa la situación de su hermano.

—Así es, he decidido por el bien de mi gente sentar cabeza y desposar a una doncella para darles un heredero lo más pronto posible—contestó mintiendo, Maxon desposará a una mujer de clase, con título y que beneficie el patrimonio de su nación.

Lady Annet lo tomó con poca sorpresa, asintió seca, sin dejarse llevar por las emociones.

—Me alegro por usted, majestad, con su permiso, me retiro—pronunció la joven segura, no esperó respuesta de su primo, se giró y comenzó a caminar hacia la salida de los aposentos, pero la voz de Maxon la detuvo.

—Annet, ¿no te gustaría venir? De esa manera sirve y te compenetras con tu gente a quien quieres demasiado y ellos te tienen un enorme afecto—pidió el rey con arrogancia, Annet apretó con fuerza sus puños volviéndolos blancos, se está burlando de ella y si no fuera el rey su puño terminaría en su cara.

—Le agradezco la invitación, pero tendré que declinar, tenga buen día y vaya con cuidado, no queremos que algo le pase, mi rey—aseguró y luego salió de los aposentos cerrando fuertemente como una niña rabiosa.

Maxon se carcajeó fuertemente al ver salir a su prima molesta, terminó de arreglarse la ropa y en cuestión de segundos salió de sus aposentos, los guardias al verlo no se sorprendieron, siempre salía siendo simplemente Maxon una o dos veces al mes porque también tenía deberes reales que cumplir.

Al salir completamente del palacio con ropa normal y desapercibido sintió el aire en su rostro. Pero pronto sintió una gran sombra detrás de él. Gruñó molesto y se restregó la cara.

—No quiero que vengan, el vizconde se encargará de todo—ordenó sin pedir opinión y comenzó a caminar de ida al pueblo. Ningún plebeyo sabía de sus salidas y tampoco él le gustaba ventilar su vida, por eso es que nadie lo reconoció cuando comenzó a pasear por los alrededores respirando sin la presión de la realeza.

Inevitablemente pensó en Lady Leticia, no ha vuelto a verla, pero aquella mujer lo dejó con mucha inquietud, aunque, se amargó al recordar que un montón de doncellas asistirían al baile y tendría que elegir a unas cuantas, no le importaba investigarlas o preguntar por ellas, no hace el baile porque quiere sino porque lo obligan.

No se casa por amor como lo hicieron sus padres, pero elegirá a una mujer que se adapte a sus gustos y sea del agrado de su gente, no importa él sino su nación. Es su obligación. Caminó por varios metros, no quiso usar un caballo, quiso caminar y respirar el aire puro sin contaminación del estrés.

Sabe de los planes de su primo porque el príncipe Mathías es capaz de casarse antes que él y embarazar a su futura esposa la misma noche de bodas, pero lo que le resulta gracioso es que nada se le escapa al rey.

Una hora más tarde entró a un mercadito, le compró algunas frutas a una mujer y continuó caminando disfrutando del ambiente que los plebeyos creaban, había algo que envidiaba de ellos y era su unión, ellos viven como una familia mientras que él tiene una terrible relación con sus únicos primos.

Al alejarse un poco de palacio algo le llamó la atención, se detuvo en el inicio de una calle y mientras masticaba su manzana despreocupado por la vida comenzó a ver esa disputa entre una mujer y dos hombres, pero, alguien captó su curiosidad. Despertó algo en él.

—¿Cómo puedes defender a un simple lacayo? Él me faltó al respeto y todavía lo defiendes delante mío—exclamó ridículamente el hombre que parecía muy indignado, pero le estaba gritando a una joven mujer quien escudaba detrás de ella a otro joven hombre con las manos ensangrentadas y asustado.

—¡Él no es ningún lacayo, señor! Y si usted prefiere llame al vizconde, le aseguro que él me dará la razón. Jamás le faltó al respeto y yo soy testigo—se escudó la mujer mirando al hombre cara a cara, el rey quedó mirando esa escena, ella era la única mujer que estaba viendo desafiar a un hombre.

Parpadeó sin hacer nada, pero la discusión entre ambos no terminó ahí, la joven mujer que defendía al muchacho con uñas y garras terminó callando al hombre. Se quedó sorprendido, pero le resultó familiar sus rasgos faciales, solo que no supo de dónde.

—Ayme, ya no siga, el vizconde nos regañará a ambos, mejor regresemos—le pidió el joven hombre que sangraba por la cabeza al haber recibido un golpe del otro hombre, la mujer regresó su mirada al joven y se sorprendió al ver cómo cambió rápidamente.

La mirada dura de la muchacha cambió por una cálida.

—Lo siento, ya nos vamos y usted, recuerde que también es un simple hombre de este mercado, el vizconde se enterará de su agresión hacia uno de los suyos, tenga buena tarde—rugió la mujer llevándose al hombre que sangraba por la cabeza.




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