Cuando una persona siente un vacío, es complicado hacer que se sienta plena. Observas a los demás reír, jugar, conversar con amigos o seres cercanos y te cuestionas: «¿Qué está mal en mí?», «¿Por qué no puedo ser como ellos?».
Y así, un sinfín de preguntas abarcan tu mente y no obtienes respuestas; te das por perdida, piensas que no tienes salvación o que nunca encontrarás a esa persona ante cuyos ojos seas perfecta. Que cuando te vea, no vea las cicatrices de tu alma, tus ojos vacíos y un corazón frío; que no te pregunte «¿estás bien?», sino que, al verte, tenga ganas de simplemente entenderte de alguna extraña y peculiar manera, una manera que solo entiendan ustedes dos.
Todos, en algún momento, somos heridos por la realidad, la vida y por las personas en las que confiamos a la hora de cerrar los ojos. Todas las traiciones duelen, pero la herida que más sangra, y que siempre lo hará, será la de un ser amado; y no cualquiera, sino el que tú misma elegiste amar. Aquel al que le permitiste entrar a tu vida y mostrarle, en tus manos, cuántas veces fuiste herida.
Y esperas que, aun así, se quede; que no sea otro dedo con el cual contar una trágica historia más en tu vida, sino aquel que, aun viéndote rota, sola y sin vida, permanezca. Y tal vez, en esa travesía, descubras que esa persona es igual que tú: igual de rota, oscura y sangrante. No es por romantizar la vida y sus heridas; es darte cuenta de que, en un mundo en blanco, hay palabras contando historias. Pero esa historia de ese ser amado, esa vida perdida... ¿es capaz de verte como su amada?
¿Si somos almas gemelas, somos capaces de coexistir?
Editado: 18.04.2026