17 de Julio
2:30 pm
Mía
Anoche no pude dormir por los nervios. Maya le dijo a papá que nos quedaríamos en la casa de Ruth, lo cual no es mentira: sí dormiremos con ella, pero su abuela nos llevará a la academia para el concierto, y esa parte papá no la sabe.
Estoy preparando el bolso para irnos a la casa de Ruth. El concierto comienza a las cinco y media, así que decido llevarme un suéter por si acaso. Al terminar de organizar todo, voy al cuarto de Maya para ver si necesita ayuda con sus cosas.
Toqué su puerta y esperé su respuesta.
—Adelante —dijo ella. Abrí la puerta y vi a Maya revolviendo todo su clóset.
—¿Buscas Narnia? —le dije al verla tan concentrada moviendo todo dentro del armario.
—No encuentro la pulsera de la suerte.
Ya entiendo todo. Cuando cumplimos quince años, Peter nos regaló unas pulseras con nuestros nombres; yo la tengo guardada, pero Maya la usa para todo lo que considera importante. La usó en la graduación, pero el uniforme la escondía.
—La última vez la usé en la graduación, no sé dónde la dejé, Mía, ayúdame —y empezó a tirar todos los cuadernos que tenía arriba de su escritorio. Estaba de un lado para otro tirando todo lo que tenía enfrente; estaba entrando en pánico.
—Maya, cálmate y respira. Mira cómo dejaste el cuarto; vamos a ordenarlo para buscar la pulsera.
Maya asintió y empezamos a recoger todo. Una vez que arreglamos la habitación, la pulsera no apareció por ningún lado y Maya parecía querer desmayarse.
—La perdí, Mía —dijo mordiéndose el labio para evitar soltar las lágrimas que quería derramar—. Perdí la única cosa que Peter me ha dado en mi vida.
La verdad, yo no la entendía. Nunca me había gustado nadie, pero sí tenía personas importantes en mi vida, y él era importante para ella.
—Oye, claro que no. Acuérdate del helado que te compró aquella vez que te caíste de la bicicleta —le dije con una sonrisa. Eso la hizo reír y se tiró en la cama.
—Me ayudó a levantarme y limpió la herida; no me quería lavar nunca más la rodilla —dijo boca abajo en su cama, pero podía notar su sonrisa.
Me tiré encima de ella y se quejó.
—Te puedo dar la mía si la quieres, está nueva —me ofrecí mientras se movía hasta tumbarme a su lado.
—Yo quiero la mía, además esa dice tu nombre —hizo un puchero gracioso acomodándose en la cama para ver el techo—. Quizás es una señal divina diciendo: "Oh, Maya, querida Maya, vamos a perder tu pulsera para que pierdas el amor por tu sexy vecino".
No pude aguantar las ganas y me eché a reír.
—O tal vez solo está tirada por ahí —moví mis manos señalando todo el cuarto.
—También puede ser, pero es más probable mi teoría —volteó a verme tratando de convencerme con esa mirada de perrito abandonado.
—Oh, claro que sí, Maya, el destino empezó a mover sus cuerdas para ti.
No podía dejar de reírme de su cara.
—Siento que insultas mi fe —se llevó una mano al pecho, para después reír.
—Mejor cambiemos el tema, mujer. ¿Ya preparaste el bolso?
Abrió los ojos y se levantó rápido para buscar una mochila.
—Se me olvidó mientras buscaba la pulsera. ¡Ven, ayúdame! Mete cualquier pijama.
Me levanté y empecé a ayudarla a buscar todo lo que se iba a llevar. Ya las dos estábamos listas; esperábamos al señor Esteban en la sala para que nos llevara a la casa de Ruth.
—Muchachas, ¿pueden venir un momento? —nos llamó papá desde su oficina. Se veía despeinado y con ojeras; tiene un caso muy complicado o algo así escuché. Anoche se tuvo que ir de emergencia porque el paciente empeoró.
Maya y yo nos levantamos. Ella entró primero a la oficina y luego entré yo.
—Chicas, Esteban tiene un compromiso muy importante que no puede dejar de lado —dijo mientras buscaba en las gavetas de su escritorio—. Yo no las puedo llevar porque me tengo que ir al hospital rápido, solo vine por unas cosas —siguió diciendo mientras revolvía los cajones; me recordaba a Maya y su desorden de esta mañana.
—Le podemos escribir a Ruth y que su abuela nos venga a buscar, o llamar un taxi, papá —le dije para que se quedara tranquilo y no nos quitara el permiso.
—No, nada de eso. Peter las va a llevar a la casa de Ruth; se ofreció cuando me vio llegar y escuchó la conversación con Esteban —dijo encontrando unos papeles y guardándolos en su maletín—. Las va a llevar en cualquier momento. Nos vemos mañana, chicas, que la pasen bien.
Nos dio una mirada y se fue rápido.
—¿Papá dijo lo que creo que dijo? —preguntó Maya mirándome alarmada.
—Sí, Peter nos va a llevar —le dije mientras salía a la sala—. Aunque también entendí que es un chismoso, ¿cierto?
Pero cuando volteé, Maya ya no estaba. Cuando iba a empezar a buscarla, sonó el timbre. Al asomarme por la ventana, vi que era Peter. Cuando Maya lo vea, estoy segura de que se va a enamorar más.
Se ve bien —aunque siempre se ve bien—, tiene estilo el muchacho. Me acerqué a la puerta y abrí.
—Hola, Mía, ¿Cómo estás?
Peter nunca nos ha confundido, al igual que Ruth. Puede que sea por el corte de cabello: yo lo tengo un poco más corto y me hago ondas, mientras Maya lo deja completamente liso.
—Muy bien, pasa. Maya fue a buscar algunas cosas y quizás tarde.
Él pasó y se quedó viendo toda la casa. Cuando éramos más pequeños solíamos jugar en el patio de nuestra casa o en la suya, pero pasó tiempo de eso; tenía mucho que no entraba.
—Cambiaron el color y movieron los muebles —seguía observando.
—Sí, Maya y yo movimos y cambiamos algunas cosas. Si quieres, siéntate.
Él se dirigió al sofá y centró su mirada en mí, algo que me incomoda. Decidí sentarme en el mueble de enfrente para no quedar a su lado.
—Has pensado en lo que hablamos —dijo directo y sin muchos rodeos.
—Sí, y sigo pensando lo mismo que la última vez: yo no quiero salir contigo —este chico tiene que aprender a aceptar cuando alguien le dice que no.
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Editado: 03.01.2026