Bajo cero: descenso al corazón.

Capítulo II: el búnker de cristal

Capítulo 2: El Búnker de CristalI. La guarida del lobo

La estructura no era una cabaña, era una cicatriz de acero y vidrio incrustada en la falda del Wildhorn. Se llamaba simplemente La Base. Era una construcción brutalista, de ángulos rectos y hormigón visto que desafiaba la estética tradicional de los Alpes. No había madera cálida, ni decoraciones alpinas, ni rastro de hospitalidad.

Kenia Valli empujó la pesada puerta de metal y el silencio del interior la golpeó con la fuerza de una avalancha. El aire olía a ozono, a cera de esquí profesional y a algo más profundo: soledad.

Arrastró su equipo por el suelo de piedra negra, cada paso resonando como un disparo en el salón de techos infinitos. Las paredes eran de cristal templado, dejando entrar la luz azulada y mortecina del atardecer, convirtiendo el lugar en una pecera gigante suspendida sobre el abismo.

—¿Papá? —llamó Kenia. Su voz sonó pequeña, extraña en ese espacio tan vacío.

No hubo respuesta humana. Solo el zumbido constante de los sistemas de ventilación y el crujido del hielo contra los ventanales. Kenia soltó sus esquís con un estrépito deliberado, esperando atraer la atención de alguien.

—Marcus se fue en el último helicóptero —dijo una voz desde las sombras del segundo nivel—. Dijo que tenía una junta en Ginebra que valía más que tu berrinche por esquiar.

Kenia levantó la vista. Stefan Krüger bajaba las escaleras de rejilla metálica con una lentitud exasperante. No vestía como un instructor; llevaba una camiseta negra ajustada que dejaba ver las cicatrices en sus antebrazos y unos pantalones de combate. No parecía un deportista de élite; parecía un mercenario que había olvidado cómo regresar a la civilización.

II. El precio de la arrogancia

—¿Qué haces tú aquí, Stefan? —Kenia se quitó los guantes, sintiendo cómo sus dedos entumecidos empezaban a hormiguear por el cambio de temperatura—. Este lugar es privado. Mi padre lo alquiló para mi recuperación.

Stefan llegó al último escalón y se detuvo a dos metros de ella. Sus ojos grises la escanearon de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en su rodilla derecha, esa que Kenia intentaba mantener recta a pesar del dolor punzante.

—Tu padre no alquiló este lugar, Kenia. Me alquiló a mí —Stefan caminó hacia la enorme cocina de acero inoxidable y se sirvió un vaso de agua helada—. Marcus sabe que nadie en el circuito profesional quiere tocarte. Eres radioactiva. Una campeona rota con un padre que compra jueces. Nadie quiere arriesgar su reputación entrenando a una niña que se quiebra bajo presión.

Kenia sintió el impacto de las palabras en el pecho. El orgullo de los Valli era su escudo, y Stefan acababa de atravesarlo con un cuchillo oxidado.

—Yo no me quiebro —siseó ella, acercándose a él a pesar de la cojera—. Tuve un accidente a ciento cuarenta kilómetros por hora. Cualquiera habría muerto. Yo estoy aquí, de pie.

—Estás aquí porque tu padre me pagó cinco millones de euros por treinta días de tu vida —Stefan dejó el vaso sobre la encimera con un golpe seco—. Cinco millones para que te convierta en algo que no se desintegre en la primera curva de la Copa del Mundo.

Stefan sacó un documento de una carpeta de cuero negro y lo deslizó por la superficie metálica hacia ella.

—Fírmalo. O vete ahora mismo y dile a tu padre que la gran Kenia Valli prefiere rendirse antes que sudar sangre conmigo.




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