El hielo siempre decía la verdad.
No importaba cuánto maquillaje llevara una patinadora, cuántas sonrisas regalara al público o cuántas entrevistas perfectas diera frente a las cámaras. Cuando los patines tocaban la pista, el hielo revelaba todo: el miedo, la duda, el cansancio… y también la grandeza.
Valentina Rojas lo sabía mejor que nadie.
El frío de la pista de entrenamiento se filtraba a través de sus medias térmicas mientras deslizaba los patines sobre la superficie blanca. El sonido afilado de las cuchillas cortando el hielo resonaba en el enorme estadio casi vacío.
Respira.
Salto.
Gira.
Cae.
El triple lutz salió limpio.
Valentina aterrizó con precisión, manteniendo el equilibrio con una elegancia que parecía effortless para cualquiera que la estuviera mirando. Pero en realidad, su corazón golpeaba contra su pecho con fuerza.
Otra vez.
Siempre otra vez.
—Más alto, Valentina —gritó su entrenadora desde el borde de la pista—. Si quieres ganar el mundial, ese salto tiene que parecer fácil.
Valentina frenó suavemente, deslizando el patín derecho hacia adelante hasta detenerse frente a la barrera.
Su entrenadora, Katarina Petrov, cruzó los brazos con su expresión habitual: una mezcla peligrosa entre orgullo y crítica constante.
—Fue limpio —dijo Valentina, intentando controlar su respiración.
Katarina arqueó una ceja.
—Limpio no gana campeonatos.
El comentario no era cruel. Era simplemente la verdad.
Y en el patinaje artístico, la verdad podía ser brutal.
Valentina asintió sin discutir. Llevaba entrenando con Katarina desde hacía seis años; sabía que cada palabra tenía un propósito.
—Otra vez —dijo Valentina.
Volvió a posicionarse en el hielo, retrocediendo con movimientos suaves mientras preparaba la entrada del salto.
En las gradas vacías del centro de entrenamiento, solo había tres personas observando.
Su entrenadora.
El técnico de música.
Y un representante de la Federación Internacional de Patinaje.
Eso ya era extraño.
Normalmente, los representantes de la federación no aparecían en un entrenamiento cualquiera. Mucho menos sin avisar.
Valentina lo había notado desde que llegó.
Y no le gustaba.
Respiró profundo.
Tres… dos… uno…
Impulso.
El aire frío golpeó su rostro cuando giró en el aire.
Triple lutz.
Aterrizaje.
Perfecto.
Esta vez incluso Katarina sonrió un poco.
Valentina patinó hacia la barrera, apoyando los brazos sobre el borde mientras recuperaba el aliento.
—Mejor —dijo Katarina.
El hombre de la federación bajó de las gradas.
Tenía un traje gris impecable y una carpeta negra bajo el brazo.
Eso definitivamente no era normal.
—Valentina Rojas —dijo con voz profesional—. Es un placer verte entrenar.
Valentina levantó una ceja.
—Gracias.
El hombre miró a Katarina.
—¿Podemos hablar un momento?
La entrenadora suspiró.
—Aquí mismo.
Valentina apoyó el peso sobre un solo patín.
—¿Pasa algo?
El hombre abrió la carpeta.
—Como sabes, la clasificación para los Juegos Olímpicos del próximo año está cambiando.
Valentina frunció el ceño.
Eso sí lo sabía.
El nuevo sistema de puntos estaba generando polémica en todo el mundo del patinaje.
Pero no veía qué tenía que ver con ella.
—Sigues siendo una de las mejores patinadoras individuales del circuito —continuó el hombre—. Tus resultados en el Grand Prix hablan por sí solos.
Valentina esperó.
Porque siempre había un “pero”.
Y llegó.
—Pero la federación cree que podrías tener más posibilidades de medalla… en otra categoría.
El silencio cayó sobre la pista.
Valentina parpadeó.
—¿Otra categoría?
El hombre cerró la carpeta.
—Patinaje en pareja.
Por un segundo, Valentina pensó que había escuchado mal.
—No —dijo inmediatamente.
Katarina no habló.
Eso fue lo que la hizo preocuparse.
—Valentina —dijo el representante—. Escúchame primero.
—No —repitió ella.
Su voz resonó en el estadio vacío.
—Soy patinadora individual.
Lo había sido toda su vida.
Desde que tenía siete años.
Desde que su madre la llevó por primera vez a una pista de hielo en una pequeña ciudad donde casi nadie practicaba ese deporte.
Todo lo que había construido…
Había sido sola.
—Lo sabemos —dijo el hombre con calma—. Pero el comité cree que tu técnica es perfecta para el estilo de pareja.
Valentina soltó una pequeña risa incrédula.
—No saben nada de mí, entonces.
Katarina finalmente habló.
—Valentina.
Ese tono.
Ese tono significaba que algo estaba mal.
Valentina miró a su entrenadora.
—No me digas que estás de acuerdo con esto.
Katarina respiró profundo antes de responder.
—No es una decisión sencilla.
—Entonces diles que no.
—No depende solo de nosotros.
El estómago de Valentina se tensó.
—¿Qué significa eso?
El hombre de la federación respondió:
—Significa que ya hemos elegido a tu compañero.
Valentina sintió cómo el frío del hielo parecía subir por sus piernas.
—¿Compañero?
—Sí.
—Ni siquiera acepté.
—La decisión ya está aprobada.
El silencio volvió.
Valentina apretó las manos contra la barrera.
—¿Quién?
El representante dudó un segundo.
Como si supiera exactamente cuál sería la reacción.
—Adrián Volkov.
El nombre cayó como una bomba.
Valentina se quedó completamente quieta.
Por supuesto que sabía quién era.
Todo el mundo del patinaje lo sabía.
Adrián Volkov era una leyenda… y un desastre al mismo tiempo.
Un prodigio.
Un campeón europeo.
Un talento brutal sobre el hielo.