Bajo El Hielo De Tu Nombre

El choque

El hielo siempre había sido el único lugar donde Aurelia Vance sentía que el mundo tenía sentido.

No importaba cuántas voces hubiera fuera de la pista, cuántas cámaras, cuántos jueces observando cada movimiento con precisión quirúrgica. Cuando sus cuchillas tocaban el hielo, todo se reducía a una ecuación perfecta: equilibrio, fuerza, control.

Pero esa mañana no había hielo.

Solo una oficina fría en el segundo piso del centro de entrenamiento olímpico.

Aurelia estaba de pie frente al ventanal, mirando la pista principal que se extendía debajo. El hielo brillaba bajo las luces blancas del estadio vacío, como una superficie impecable que ya no le pertenecía.

Detrás de ella, alguien cerró la puerta.

—Toma asiento.

La voz grave de Soren Valkyr llenó el silencio.

Aurelia no se movió.

—Prefiero quedarme de pie.

Soren no insistió. Se acomodó detrás de su escritorio con la calma de alguien acostumbrado a tomar decisiones que nadie quería escuchar.

El entrenador olímpico más respetado de Europa tenía una presencia que imponía respeto incluso en silencio. Alto, cabello gris, mirada severa. Durante veinte años había convertido patinadores en campeones mundiales.

Pero en ese momento no parecía un mentor.

Parecía un juez.

Sobre el escritorio había una carpeta.

Aurelia la reconoció de inmediato.

La misma carpeta que los representantes de la federación habían llevado la noche del campeonato.

La misma que había cambiado su vida en cuestión de minutos.

—La investigación sigue abierta —dijo Soren finalmente.

Aurelia cruzó los brazos.

—No he hecho nada.

—Lo sé.

Ella giró hacia él con rapidez.

—Entonces ¿por qué sigo suspendida?

Soren apoyó las manos sobre el escritorio.

—Porque la federación no trabaja con certezas. Trabaja con reputaciones.

El comentario cayó como un golpe seco.

Aurelia apretó la mandíbula.

Habían pasado tres semanas desde el campeonato mundial.

Tres semanas desde la caída.

Tres semanas desde que su nombre había aparecido en titulares que hablaban de dopaje, irregularidades y manipulación.

Ninguna prueba.

Solo rumores.

Pero en el deporte de élite, los rumores podían destruir una carrera igual de rápido que un error en el hielo.

—Quieren apartarme —dijo Aurelia en voz baja.

—Quieren proteger el campeonato.

La diferencia era mínima.

Aurelia volvió a mirar la pista a través del vidrio.

Un grupo de patinadores juveniles estaba entrenando. Sus cuchillas dibujaban círculos brillantes sobre el hielo mientras reían, libres de la presión que definía la vida de los profesionales.

Por un instante, Aurelia recordó cómo se sentía patinar sin miedo.

Había sido hace mucho tiempo.

—No pienso retirarme —dijo.

—Nadie te está pidiendo que lo hagas.

Aurelia volvió a girarse.

—Entonces dime qué quieren.

Soren guardó silencio unos segundos.

Luego empujó la carpeta hacia ella.

—Quieren que compitas en pareja.

La frase tardó un momento en asentarse.

Aurelia soltó una pequeña risa sin humor.

—Eso es absurdo.

Había dedicado toda su carrera al patinaje individual.

Saltos, piruetas, precisión absoluta.

No compartir el hielo.

No depender de nadie.

—Es la única forma de que te permitan competir esta temporada —continuó Soren.

—No soy patinadora de parejas.

—Lo serás.

Aurelia negó con la cabeza.

—No puedes esperar que cambie toda mi disciplina por una decisión política.

Soren la observó con calma.

—No es política.

—Entonces ¿qué es?

—Control de daños.

La respuesta fue tan directa que Aurelia no supo qué decir durante un momento.

Soren se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal.

—Tu nombre está bajo escrutinio —continuó—. La federación cree que competir en individual atraerá demasiada atención.

—¿Y en parejas no?

—Menos.

Aurelia sintió que la frustración comenzaba a hervir bajo su piel.

—Esto es ridículo.

—Es tu única opción.

El silencio que siguió fue pesado.

Aurelia miró de nuevo el hielo.

Podía imaginarse allí abajo.

Podía sentir el frío de la pista bajo sus cuchillas.

Pero también sabía que, si rechazaba la oferta, la federación encontraría cualquier excusa para mantenerla fuera de competencia.

En el deporte profesional, el talento no siempre era suficiente.

—¿Con quién? —preguntó finalmente.

Soren no respondió de inmediato.

Ese pequeño retraso fue suficiente para que Aurelia sospechara.

—¿Quién es?

El entrenador suspiró apenas.

—Kael Ardent.

El nombre cayó como una piedra.

Aurelia se giró lentamente.

—No.

—Aurelia—

—No.

Kael Ardent era el último hombre con quien compartiría el hielo.

Un patinador brillante.

Un talento natural.

Y un desastre andante.

Durante años había sido noticia por escándalos, sanciones menores, discusiones con entrenadores y una personalidad imposible de controlar.

—Ese hombre es un riesgo —dijo Aurelia.

—También es el mejor levantador que tenemos disponible.

—No me importa.

—Debería.

Soren la miró con firmeza.

—Porque es tu única oportunidad.

Aurelia sintió el impulso de reír de nuevo.

—¿De verdad crees que puedo confiar mi carrera a alguien como él?

Soren no respondió.

En cambio, caminó hacia la puerta de la oficina.

La abrió.

—Puedes preguntárselo tú misma.

Aurelia frunció el ceño.

—¿Qué?

Entonces escuchó pasos en el pasillo.

Lentos.

Seguros.

Y un segundo después, Kael Ardent apareció en el marco de la puerta.

Era más alto de lo que Aurelia recordaba.

Cabello oscuro ligeramente desordenado, mandíbula marcada, ojos de un gris frío que parecían observar el mundo con una mezcla constante de aburrimiento y desafío.




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