CAPÍTULO 1 — “Kilómetro cero”
El colectivo se detuvo con un chirrido metálico, y el silencio del pueblo la recibió como una bienvenida incómoda. El motor se apagó, y en ese instante Camila sintió que todo lo que había quedado atrás, realmente había terminado.
Bajó con su mochila al hombro y una valija que parecía pesar más por los recuerdos que por la ropa. El aire era frío, húmedo, como si el pueblo entero estuviera en pausa.
La terminal era pequeña, casi desierta, con bancos de madera gastados y un cartel oxidado que apenas sostenía el nombre del lugar. Afuera, una calle polvorienta se extendía hacia un conjunto de casas bajas, de persianas despintadas y macetas con flores que resistían al clima. Todo parecía una postal antigua que había sobrevivido al paso del tiempo.
Respiró hondo. Aire nuevo, vida nueva. Esa era la idea.
No tenía un plan claro, apenas un trabajo que empezaba en dos días y un cuarto alquilado en la casa de una mujer que conoció por un mensaje en Facebook. Esa certeza mínima era lo único que evitaba que se sintiera completamente perdida.
Marta, la dueña, la esperaba en la vereda. Llevaba un delantal floreado y una sonrisa amplia que, al menos a primera vista, parecía sincera.
—¿Camila? —preguntó, entrecerrando los ojos como si el viento frío le impidiera verla bien.
—Sí, soy yo.
—Bienvenida, querida. Vamos, que hace frío.
La casa estaba a pocas cuadras de la terminal. Era sencilla, con paredes pintadas de blanco y una puerta azul gastada. Apenas entraron, el olor a pan recién horneado la envolvió. En las paredes colgaban fotos familiares enmarcadas, algunas en blanco y negro, otras de niños que ya parecían adultos.
Camila dejó la valija en el pequeño cuarto que le habían preparado. La cama estaba cubierta con una colcha de flores y sobre la mesa de luz descansaba una lámpara que iluminaba con un tono cálido.
Se sentó, quitándose la campera, y sintió cómo el peso del viaje se mezclaba con el peso de todo lo que no quería recordar. El silencio del cuarto era distinto al del colectivo: este parecía invitarla a hablar consigo misma.
Se levantó y se acercó a la ventana. Afuera, el cielo estaba gris, pero no llovía. Quizás, pensó, esa era una señal. Una pausa antes de que todo empezara de nuevo.
Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió pensar que tal vez había llegado al lugar correcto.
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