Bajo el mismo cielo

Capítulo 2 — “Nombres y silencios”?

📖 Capítulo 2 — “Nombres y silencios”

La mañana siguiente, Camila despertó con el aroma a café de Marta.
El reloj marcaba las nueve y media. Afuera, el pueblo ya estaba despierto, aunque no había ruidos de bocinas ni pasos apurados: solo el canto de un gallo y el murmullo de alguna radio encendida.

Bajó a la cocina, donde Marta servía dos tazas.
—Dormiste bien —dijo, más como afirmación que como pregunta.
—Sí, gracias.
—Hoy te voy a presentar a algunos vecinos. Así te vas ubicando.

Camila asintió, aunque la idea de socializar le daba un leve nudo en el estómago.
Aún así, siguió a Marta por la calle.

La primera parada fue la panadería, atendida por Rosa, una mujer robusta de sonrisa amplia.
—Esta es Camila, la chica nueva que vive en casa de Marta —anunció la anfitriona.
—¡Bienvenida! —dijo Rosa, mientras metía dos facturas extra en la bolsa—. Cualquier cosa que necesites, me decís.

La siguiente fue la ferretería, donde conoció a Tomás, un joven de unos veinticinco años con una gorra gastada y manos manchadas de grasa. Apenas le sonrió, pero sus ojos parecían observar más de lo que decían.

De regreso, Marta la dejó frente a una pequeña galería comercial.
—Acá está la peluquería de Sandra, la librería de Fabián y… el local vacío que la gente del pueblo usa como feria los sábados.

Camila sintió un cosquilleo. Ese local podía ser una oportunidad para ofrecer su trabajo como manicura… aunque sabía que en un lugar tan chico, conseguir clientas no sería fácil.

Por la tarde, sentada en su cuarto, armó un pequeño estuche con esmaltes, limas y pinceles. Publicó en un grupo del pueblo:

“Manicuría. Trabajos delicados y personalizados. Consultar por turnos.”

Esperó.
Nada.
Solo un “me gusta” de una cuenta que no tenía foto de perfil.

Se recostó en la cama y miró el techo.
En su ciudad anterior, había tenido problemas para conseguir clientes, pero al menos tenía amigas que se ofrecían como modelos.
Aquí, nadie la conocía. Nadie sabía de sus sueños, ni que planeaba estudiar una carrera que todavía no se animaba a contarle a nadie, por miedo a escuchar el típico: “De eso no se vive”.

Sintió un peso en el pecho.
Quiso llorar, pero no lo hizo.
Se prometió que al día siguiente saldría a recorrer el pueblo, no solo para buscar clientas, sino para descubrir si, en algún rincón, había alguien que pudiera entenderla.

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