Bajo el mismo cielo

Capítulo 3 — “La primera clienta”?

Capítulo 3 — “La primera clienta”📖

El tercer día en San Bellaro amaneció con el cielo teñido de tonos anaranjados.
Las campanas de la iglesia repicaban a lo lejos, mezclándose con el aroma a café y pan que salía de la panadería de Rosa.
Camila se había prometido salir a caminar por el pueblo, pero una parte de ella quería quedarse encerrada, mirando las redes y esperando algún mensaje sobre sus uñas.

Lo último que esperaba era que alguien tocara la puerta.

—¿Camila? —la voz era joven, femenina, con un acento italiano marcado—. Soy Lucía, la sobrina de Marta. Me dijo que hacías uñas.

Camila tardó un segundo en reaccionar.
Abrió la puerta y se encontró con una chica de unos 20 años, piel clara, pelo castaño recogido en un rodete desordenado y una expresión entre curiosa y desconfiada.

—Sí… sí, hago —respondió Camila—. ¿Querés que te muestre algunos diseños?
—No. Quiero algo que tape esto —dijo Lucía, levantando la mano. Una uña rota, mal limada, como si hubiera intentado arreglarla ella misma, sobresalía como herida.

Mientras se sentaban en la mesa junto a la ventana, Camila sacó sus herramientas. Lucía la observaba con un interés que no era solo por las uñas.

—No sos de acá —afirmó.
—No. Llegué hace poco.
—¿Por qué?
—Trabajo… y estudiar —mintió a medias, sin querer entrar en detalles.

Lucía sonrió como si hubiera detectado la mentira, pero no insistió.
—En este pueblo todo se sabe. Incluso lo que no pasó.

El comentario quedó flotando.
Camila pensó en su ciudad anterior, en los rumores, en las miradas que la habían seguido incluso cuando intentaba empezar de nuevo. Y, como un reflejo, vino el recuerdo: una discusión a los gritos, el portazo, las lágrimas que no la dejaban respirar.
Sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en la uña.

Cuando terminó, Lucía miró el diseño: un tono nude con un delicado brillo en las puntas.
—Está perfecto. ¿Cuánto te debo?
—Es la primera, invitación de la casa —dijo Camila, intentando sonar segura.

Lucía sonrió, pero antes de irse dejó una frase que se clavó como aguja:
—Si querés clientes acá, vas a tener que soportar que todos opinen de vos. Y… yo ya tengo algo que contarte.

Camila cerró la puerta, sintiendo que la calma del pueblo empezaba a llenarse de grietas.

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