Capítulo 4 — “Lo que todos saben”
La tarde en San Bellaro tenía un ritmo distinto.
El sol bajaba lento, tiñendo las fachadas color terracota con tonos dorados, y el aire olía a lavanda mezclada con pan recién horneado.
Camila caminaba hacia la plaza con una bolsa de compras, pensando en la extraña visita de Lucía esa mañana.
La encontró sentada en la fuente central, con un helado en la mano y las piernas cruzadas.
—Llegaste —dijo Lucía, como si hubieran quedado en verse.
—No sabía que esto era una cita —contestó Camila, algo incómoda.
—No lo es. Es… una advertencia.
Lucía le hizo un gesto para que se sentara.
—¿Ves esa cafetería de la esquina? —señaló un local pequeño, con mesas de hierro forjado y una vitrina llena de cannoli—. Ahí trabaja Marco. Y Marco… sabe todo.
Camila arqueó una ceja.
—¿Y por qué me importaría?
—Porque ya le contaron que sos “la argentina que vino a empezar de cero”. Y en San Bellaro, “empezar de cero” significa que algo pasó.
—¿Y qué se supone que hago? ¿Contar mi vida en la plaza?
—No. Pero tampoco esconderte. La gente acá olfatea el miedo como los lobos.
Antes de que Camila pudiera responder, una voz masculina interrumpió:
—Lucía, ¿me presentás?
Camila levantó la vista. Un chico de unos 27 años, alto, piel bronceada y cabello oscuro ligeramente despeinado, sonreía con una seguridad que desarmaba.
Lucía rodó los ojos.
—Camila, este es Marco. Marco… Camila.
Él le tendió la mano.
—Bienvenida a San Bellaro. Si querés probar el mejor espresso del pueblo, ya sabés dónde encontrarme.
Camila estrechó su mano, notando que su sonrisa tenía un toque de ironía, como si supiera más de lo que decía.
Cuando Marco se alejó, Lucía se inclinó hacia ella.
—Te lo advertí. En este pueblo, todos saben algo… incluso antes de conocerte.
Esa noche, de regreso a la casa, Camila se sentó frente a la ventana.
Miró el cielo estrellado sobre los tejados y pensó que, aunque había cruzado un océano para dejar atrás su pasado, tal vez el verdadero desafío recién empezaba.
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