El reloj marcaba las ocho de la noche cuando Sofía Herrera, abogada de renombre en la ciudad, cerró el último expediente del día. Su oficina estaba en silencio, iluminada solo por la luz cálida de la lámpara sobre su escritorio. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales con un ritmo constante, como si quisiera recordarle que el mundo seguía girando aunque ella viviera entre leyes y cláusulas.
Estaba a punto de recoger sus cosas cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Alejandro Torres, empresario joven y arrogante, entró con paso decidido, empapado por la lluvia pero con la misma elegancia que lo caracterizaba. Su presencia llenó la habitación de una energía distinta, casi eléctrica.
—Necesito que te cases conmigo —dijo sin rodeos, dejando caer un sobre sobre el escritorio.
Sofía lo miró con incredulidad. —¿Perdón? ¿Eso es una broma?
Alejandro se sentó frente a ella, sin perder la compostura. —No. Es una propuesta legal. Un contrato matrimonial.
El silencio se hizo pesado. Sofía abrió el sobre y encontró un documento perfectamente redactado, con cláusulas, fechas y firmas preliminares. En la parte superior, el título decía: “Acuerdo de matrimonio temporal entre Alejandro Torres y Sofía Herrera.”
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente, intentando mantener la calma.
Alejandro apoyó los codos sobre la mesa y la miró con una mezcla de urgencia y determinación. —Mi abuelo falleció hace dos semanas. Su testamento establece que debo estar casado antes de cumplir treinta años para heredar la empresa familiar. Tengo tres meses. Y tú… eres la única persona que puede hacer que esto parezca real.
Sofía lo observó con atención. Sabía que Alejandro era un hombre poderoso, pero también impulsivo. Había defendido a su empresa en un caso de fraude hacía un año, y desde entonces, él la respetaba por su inteligencia y su discreción.
—¿Y qué gano yo con esto? —preguntó, cruzando los brazos.
Alejandro sonrió con un gesto calculado. —Un millón de dólares. Y la libertad de terminar el contrato cuando quieras, sin consecuencias legales.
Sofía sintió un escalofrío. No era el dinero lo que la tentaba, sino la curiosidad. ¿Qué clase de hombre ofrecía matrimonio como si fuera una transacción?
—¿Y si alguien descubre que es falso? —insistió.
—No lo harán —respondió él con seguridad—. Tendremos fotos, apariciones públicas, una ceremonia discreta. Todo parecerá auténtico.
Sofía se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo, y su reflejo en el cristal mostraba una mujer atrapada entre la razón y el riesgo. —Esto es una locura —murmuró.
—Tal vez —dijo Alejandro, poniéndose de pie—. Pero a veces la locura es la única forma de salvar lo que importa.
Sus miradas se cruzaron, y por un instante, Sofía sintió algo que no podía explicar. No era atracción, ni miedo, ni curiosidad… era una chispa que la desafiaba a romper sus propias reglas.
—Dame una noche para pensarlo —dijo finalmente.
Alejandro asintió, recogió el contrato y se dirigió a la puerta. —Tienes hasta mañana. Pero te advierto, Sofía: si aceptas, nada volverá a ser igual.
Cuando la puerta se cerró, Sofía se quedó sola, con el eco de sus palabras resonando en la habitación. Miró el reflejo del contrato sobre la mesa y supo que, si lo firmaba, no solo estaría aceptando un trato… sino abriendo la puerta a una historia que podría cambiarlo todo.