a mañana siguiente amaneció gris, con una neblina que parecía envolver la ciudad en un silencio expectante. Sofía Herrera llegó a su oficina más temprano de lo habitual. No había dormido bien; las palabras de Alejandro Torres seguían resonando en su mente como un eco imposible de apagar.
El contrato estaba sobre su escritorio, perfectamente doblado, como si la decisión esperara pacientemente a ser tomada. Lo había leído tres veces durante la noche, analizando cada cláusula, cada término, cada posible consecuencia. Todo estaba en orden: un matrimonio legal, con fecha de inicio y fin, sin obligaciones emocionales ni compromisos más allá de la apariencia. Pero lo que no podía analizar con lógica era lo que sentía.
A las nueve en punto, Alejandro apareció en la puerta, impecable como siempre, con un traje oscuro y una expresión que mezclaba seguridad y ansiedad. —¿Lo pensaste? —preguntó sin rodeos.
Sofía lo miró fijamente. —Sí. Y todavía creo que es una locura.
Él sonrió con un gesto que parecía más de alivio que de burla. —Las mejores decisiones suelen serlo.
Se sentó frente a ella y colocó el contrato sobre la mesa. —He añadido una cláusula más —dijo, señalando el documento—. Ninguno de los dos puede enamorarse del otro. Si eso ocurre, el acuerdo se anula.
Sofía arqueó una ceja. —¿Y cómo piensas hacer cumplir eso legalmente?
—No lo sé —respondió él con una sonrisa ladeada—. Pero me gusta dejar las reglas claras.
Ella tomó la pluma y la giró entre los dedos. —¿Y si esto sale mal?
—Entonces ambos perdemos —dijo Alejandro con sinceridad—. Pero si sale bien, tú ganas independencia financiera y yo conservo mi empresa.
El silencio se extendió unos segundos más. Sofía respiró hondo, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea que no podría deshacer. —Está bien —dijo finalmente—. Firmaré.
Alejandro la observó mientras estampaba su firma en el documento. Su mirada era intensa, casi reverente, como si presenciara algo más que un simple acto legal. Cuando él firmó a su vez, el sonido del bolígrafo sobre el papel selló el destino de ambos.
—Entonces, señora Torres —dijo con una sonrisa provocadora—, tenemos tres semanas para preparar una boda convincente.
Sofía lo miró con una mezcla de ironía y nerviosismo. —No me llames así todavía.
—Tarde —respondió él, guardando el contrato en su portafolio—. Desde hoy, oficialmente, somos prometidos.
Las semanas siguientes fueron un torbellino. La agencia de eventos contratada por Alejandro se encargó de cada detalle: el vestido, las flores, la lista de invitados cuidadosamente seleccionada para mantener las apariencias. Sofía asistía a cada reunión con profesionalismo, pero cada vez que Alejandro la miraba, sentía que el papel de “prometida” se volvía más difícil de sostener.
Una tarde, mientras probaba el vestido de novia, él entró al salón sin avisar. —No deberías estar aquí —dijo ella, sorprendida.
—Solo quería ver cómo luce mi futura esposa —respondió con una sonrisa que desarmó su defensa.
Sofía se giró hacia el espejo. El reflejo mostraba a una mujer vestida de blanco, pero lo que más la desconcertó fue la forma en que Alejandro la miraba: no como parte de un trato, sino como si realmente fuera suya.
—Recuerda —dijo ella, intentando mantener la distancia—, esto es solo un contrato.
—Lo sé —respondió él, acercándose lentamente—. Pero a veces los contratos tienen cláusulas que nadie ve venir.
Sofía sintió su respiración cerca, el roce de su mano al ajustar el velo, y supo que algo estaba cambiando. La línea entre lo falso y lo real comenzaba a desdibujarse, y aunque intentaba negarlo, su corazón ya no obedecía las reglas del acuerdo.