El día de la ceremonia amaneció con un cielo despejado, como si la ciudad misma quisiera ser testigo de aquel pacto disfrazado de amor. Sofía Herrera se miraba en el espejo del vestidor, vestida de blanco, con un velo que caía suavemente sobre sus hombros. El vestido era perfecto, elegante y sobrio, pero lo que más la inquietaba no era la tela ni las flores… sino el reflejo de sus propios ojos, que parecían esconder un torbellino de emociones.
La boda estaba planeada para ser discreta, con un número reducido de invitados cuidadosamente seleccionados: familiares cercanos de Alejandro, algunos socios de la empresa y un par de amigos de Sofía que desconocían la verdad. Todo debía parecer auténtico.
Cuando entró en la iglesia, tomada del brazo de su hermano, Sofía sintió el peso de las miradas. Alejandro la esperaba en el altar, impecable en su traje negro, con una expresión que mezclaba seguridad y algo más… algo que ella no lograba descifrar.
—Estás hermosa —susurró él cuando se encontraron frente al sacerdote.
Sofía intentó mantener la compostura. —Recuerda, esto es solo un contrato.
Pero sus palabras se ahogaron en el murmullo de la ceremonia. El sacerdote habló de compromiso, de unión, de respeto mutuo. Cada frase parecía un recordatorio cruel de que estaban mintiendo, y sin embargo, el corazón de Sofía latía con fuerza, como si quisiera creer que todo era real.
Cuando llegó el momento de los votos, Alejandro tomó su mano con firmeza. —Prometo estar a tu lado, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… —dijo con voz grave.
Sofía lo miró sorprendida. Aquellas palabras no estaban en el contrato. Él estaba improvisando. —Prometo respetarte y cuidarte, aunque este acuerdo tenga un final escrito. Porque hoy, aquí, frente a todos, quiero que seas mi esposa.
El silencio se apoderó de la iglesia. Sofía sintió un nudo en la garganta. No sabía si era parte de la actuación o si Alejandro estaba dejando escapar algo real.
Finalmente, pronunciaron el “sí” y el beso selló la unión. Los aplausos resonaron, las cámaras capturaron el momento, y la mentira quedó grabada como una verdad pública.
La convivencia comenzó esa misma noche. Alejandro había preparado un apartamento lujoso para que vivieran juntos, con todo lo necesario para que pareciera un hogar auténtico. Sofía recorrió las habitaciones con cautela, consciente de que cada detalle estaba diseñado para convencer a los demás… pero lo que más la desconcertaba era la forma en que Alejandro la observaba.
—Este es nuestro hogar —dijo él, entregándole una llave.
—Nuestro hogar falso —corrigió ella.
Alejandro sonrió, acercándose lentamente. —Tal vez. Pero dime, Sofía… ¿qué pasa si empieza a sentirse real?
Ella lo miró fijamente, sin responder. El silencio entre ellos era más intenso que cualquier palabra. En ese instante, Sofía comprendió que la convivencia sería mucho más peligrosa que el contrato: porque compartir un techo, una rutina y una intimidad fingida podía convertirse en la mentira más difícil de sostener.