Bajo La Misma Máscara

Capítulo 1

Seis meses después

"Aitana"

—No pienso en ellos.

Miento.

Miento mientras miro el techo de mi habitación a las tres de la madrugada. Miento cuando desayuno y el café sabe a nada. Miento cuando salgo con mis amigas y finjo interés en los chicos que se me acercan.

No pienso en ellos.

Pero sus manos siguen en mi piel. Sus voces siguen en mis oídos. Esa noche, esa maldita noche hermosa, sigue reproduciéndose en mi mente como una película que no puedo apagar.

Seis meses.

Seis meses desde aquella fiesta. Seis meses desde que desperté en una habitación desconocida, con una nota en la mesita de noche escrita con letra elegante: "Hasta pronto, princesa".

Y nada más.

Ni nombres, ni rostros, ni una maldita explicación. Solo el recuerdo de lo que hicimos, de lo que sentí, de cómo me miraron mientras me entregaba a ellos sin reservas.

—¡Aitana! —la voz de mi madre atraviesa la puerta—. ¿Vas a salir de esa cama o planeas vivir ahí para siempre?

—¡Ya voy, mamá!

Me revuelvo el pelo con frustración. Tengo que espabilarme. Hoy es un día importante. La entrevista para las pasantías en Industrias Castello. La oportunidad de mi vida.

No puedo llegar con cara de muerta viviente.

Media hora después, bajo a la cocina y me encuentro con el cuadro familiar de todas las mañanas: mi madre preparando café mientras mi hermano Axel devora un plato de huevos con la eficiencia de quien tiene prisa por llegar a su trabajo.

—Buenos días, dormilona —mi madre sonríe y me da un beso en la frente. Siemueve igual desde que tengo uso de razón. Como si necesitara asegurarse de que sigo viva, de que sigo aquí.

—Café —murmuro, desplomándome en una silla.

Axel me mira por encima de su taza. Sus ojos, iguales a los míos, me escanean con esa intensidad que solo los hermanos mayores dominan.

—Dormiste mal otra vez.

No es una pregunta.

—Dormí bien.

—Mientes.

—Axel —tercia mi madre con tono de advertencia.

—Solo digo —levanta las manos en son de paz—. Pero bueno, hoy es el gran día. Las famosas pasantías en Castello. ¿Segura que quieres meterte ahí?

—¿Segura? Es la empresa más importante de la ciudad, Axel. Los pasantes que pasan por ahí consiguen trabajo en cualquier lado.

—Lo sé —gruñe, y algo en su voz me hace levantar la vista—. También sé quiénes son los dueños.

Mi madre deja de revolver el café.

—¿Los gemelos Castello? —pregunta, y hay un dejo de curiosidad en su voz.

—Ethan y Einar —Axel pronuncia los nombres como si fueran veneno—. Veinticinco años, herederos del imperio, solteros, y según todos los rumores, tan peligrosos como atractivos.

—Peligrosos —repito, divertida—. ¿Por qué? ¿Secuestran pasantes?

—No secuestran nada —Axel me fulmina con la mirada—. Simplemente tienen fama de conseguir siempre lo que quieren. Y no me gusta la idea de mi hermana pequeña cerca de tipos así.

—Axel, tengo dieciocho años. No soy una niña.

—Para mí siempre lo serás.

Mi madre pone los ojos en blanco y me sirve café.

—Déjala, hijo. Aitana es lista, sabe cuidarse sola.

—Eso creía yo también hasta hace seis meses —murmura Axel, y el cuchillo en mi pecho es físico.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada.

—No, no, Axel. Dime qué significa eso.

Se limpia la boca con una servilleta y me mira fijamente. Hay algo en sus ojos que no me gusta. Algo que sabe y no dice.

—Significa que desde esa maldita fiesta de cumpleaños no eres la misma. Llegaste a casa al día siguiente con una mirada que no te había visto nunca. Y desde entonces... no sé, Aitana. Andas como ausente.

El silencio se instala en la cocina como un invitado incómodo.

Mi madre nos observa a los dos, con esa calma que solo ella tiene. Esperando.

—Fue una buena noche —digo finalmente, con la voz más firme de lo que me siento—. Nada más.

Axel resopla, pero no insiste. Se levanta, recoge su plato y me da un beso en la cabeza antes de salir.

—Ten cuidado hoy. Y si algo huele mal, te saco de ahí aunque tenga que quemar la empresa.

—Te quiero, hermano.

—Te quiero, enana.

Cuando la puerta se cierra tras él, mi madre se sienta a mi lado. Pone su mano sobre la mía. La conozco demasiado bien. Sabe que miento.

—¿Fue solo una buena noche, Aitana?

La miro. A veces siento que mi madre ve a través de mí como si fuera de cristal.

—No lo sé, mamá. A veces pienso que la imaginé. Que fue un sueño muy vívido y ya está.

—Pero no fue un sueño.

—No —suspiro—. No lo fue.

Ella asiente lentamente. No pregunta más. Esa es su magia: sabe cuándo presionar y cuándo esperar.

—Bueno —se levanta y recoge las tazas—. Sea lo que sea que pasó esa noche, no dejes que te robe el presente. Hoy tienes una oportunidad maravillosa. Concéntrate en eso.

—Gracias, mamá.

—Para eso estoy, mi niña. Para recordarte quién eres cuando tú te olvidas.

---

"Ethan"

—Ya falta poco.

Einar no levanta la vista de sus papeles, pero sé que me escucha. Siempre me escucha. Somos el uno para el otro desde antes de nacer, compartiendo espacio en el vientre de nuestra madre.

—Hoy empiezan las pasantías —continúo, paseándome por su oficina como un león enjaulado.

—Lo sé.

—¿Y no sientes nada? ¿No estás nervioso?

Einar finalmente levanta la vista. Sus ojos grises, tan distintos a los míos, me evalúan con esa frialdad que lo caracteriza.

—Nervioso no. Expectante, quizás.

Suelto una risa seca. Solo mi hermano puede diferenciar esos matices.

—Llevamos seis meses esperando, Einar. Seis meses vigilándola, asegurándonos de que estuviera bien, de que nadie se acercara demasiado. Seis meses conteniéndome para no ir a buscarla, para no presentarme en su casa y reclamarla como lo que es: nuestra.

—Y ahora ella viene a nosotros —completa Einar, y una sonrisa leve, casi imperceptible, cruza sus labios—. El destino es sabio.




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