"Aitana"
Día 8 de las pasantías
—¿Otra vez?
Sofía asoma la cabeza por encima del cubículo y arquea una ceja.
—Otra vez.
—Eres la envidia de todo el grupo, ¿lo sabes?
Resoplo y dejo caer la cabeza sobre el teclado. La pantalla del ordenador me devuelve una imagen borrosa de lo que sea que tenga que hacer hoy.
Proyecto especial.
Así lo llamaron.
"Un grupo reducido de pasantes trabajará directamente con nosotros."
El grupo reducido resultó ser yo.
Solo yo.
—¿Qué tienes que hacer hoy? —pregunta Sofía, acomodándose en el borde de mi mesa.
—Llevar unos informes a la planta treinta. Revisar no-sé-qué con el asistente de Einar. Organizar la agenda de no-sé-quién. Y —hago una pausa dramática— "estar disponible para cualquier necesidad que surja".
—¿Cualquier necesidad? —Sofía pone voz de pícara—. Suena interesante.
—Sofía...
—¿Qué? Solo digo que si los jefes son así de guapos y encima te quieren solo a ti...
—No me quieren "solo a mí". Me asignaron por mi expediente. Nada más.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
Antes de que pueda responder, mi ordenador emite un pitido. Un correo.
De: Einar Castello
Asunto: Reunión 10:00
Aitana,
Necesito que subas a mi despacho a las 10:00 con los informes del departamento financiero. Trae también tu cuaderno de notas. Revisaremos tu progreso.
E. Castello
—¿Qué dice? —Sofía se estira para leer.
—Que suba.
—¿Sola?
—Sola.
—A su despacho.
—Sí.
—El despacho de Einar. El serio. El que mira como si pudiera leerte la mente.
—Sofía, estás empeorando las cosas.
—Solo digo.
Le lanzo una mirada asesina, pero ella ya se está riendo mientras se aleja hacia su cubículo.
Las 9:55. Demasiado pronto. Demasiado tarde. El ascensor sube demasiado lento. Mi corazón late demasiado rápido.
Es solo una reunión de trabajo, me repito. Revisión de progreso. Informes. Nada más.
Las puertas se abren.
La planta treinta es silenciosa. Demasiado silenciosa. Mis tacones resuenan en el mármol como latidos. La recepcionista sonríe y me indica el camino. Ya lo sé. He estado aquí cuatro veces esta semana.
Siempre con excusas.
Siempre con tareas.
Siempre con ellos.
Llamo a la puerta. Dos golpes. Firmes. Profesionales.
—Adelante.
La voz de Einar. Fría. Controlada.
Empujo la puerta.
Y el mundo se detiene.
Porque no está solo.
Ethan está apoyado en el borde de la mesa, con los brazos cruzados y esa sonrisa suya que parece un secreto. Einar está sentado detrás del escritorio, impecable, con los dedos entrelazados sobre la madera.
Y los dos me miran.
Como si yo fuera el centro de algo que no entiendo.
—Aitana —dice Einar—. Pasa. Cierra la puerta.
—Claro —mi voz suena extraña—. Traigo los informes.
—Déjalos aquí.
Me acerco. Cada paso es una eternidad. El despacho huele a ellos: un aroma mezclado, madera y algo más oscuro, algo que reconozco sin saber por qué.
Coloco los informes sobre la mesa. Retrocedo un paso. Dos.
—Si no necesitan nada más...
—Sí —la voz de Ethan me detiene—. Necesitamos.
Me giro. Él se ha incorporado y ahora está más cerca. No mucho. Lo suficiente.
—¿Cómo van las pasantías? —pregunta, y hay algo en su tono que no es solo cortesía—. ¿Te estamos exigiendo demasiado?
—No. Todo bien. Aprendo mucho.
—¿Y nosotros? —Einar se levanta y rodea el escritorio. Ahora están los dos frente a mí—. ¿Qué opinas de nosotros?
La pregunta me pilla desprevenida.
—¿Que... qué opino?
—Sí —Ethan da un paso—. Llevas ocho días trabajando cerca de nosotros. Debes tener una opinión.
—Son... son buenos jefes —tartamudeo—. Exigentes, pero justos.
Einar inclina la cabeza. Sus ojos grises me atraviesan.
—¿Y fuera de lo profesional?
—¿Perdón?
—Fuera de lo profesional —repite—. Como personas. ¿Qué opinas?
El aire se espesa. No sé qué responder. No sé qué quieren oír.
—No los conozco —digo finalmente—. Quiero decir, solo los conozco de aquí, del trabajo. No sé cómo son fuera de...
—¿Te gustaría saberlo? —la voz de Ethan es un susurro.
Y entonces pasa.
Algo en su mirada. Algo en la forma en que los dos me miran. Una conexión. Un fogonazo. Y por un instante, solo un instante, veo...
Máscaras.
Luces.
Dos cuerpos.
—¿Aitana?
Parpadeo. Ethan me sostiene por el codo. No sé cuándo me tocó. No sé cuándo empecé a tambalearme.
—¿Estás bien? —pregunta, y su voz ha perdido todo juego. Es pura preocupación.
—Sí, sí —me aparto suavemente—. Perdón. Es que... me mareé un segundo. Mucho café, poco desayuno, lo siento.
—Siéntate —ordena Einar, y ya está moviendo una silla hacia mí.
—No, de verdad, estoy bien. Debo bajar, tengo trabajo...
—Siéntate —repite, y no es una sugerencia.
Me siento.
Ethan se arrodilla frente a mí. Sí, se arrodilla. El CEO. En el suelo. Mirándome desde abajo con esos ojos oscuros que parecen conocer todos mis secretos.
—Respira hondo —dice—. Así, despacio.
—No es nada —insisto, pero obedezco.
—¿Segura? —Einar se ha apoyado en el borde del escritorio, cerca, muy cerca—. Podemos llamar a un médico.
—No, por favor, no es para tanto. Solo un mareo. Me pasa a veces cuando estoy nerviosa.
—¿Nerviosa? —Ethan frunce el ceño—. ¿Te ponemos nerviosa?
Mierda.
—Es... es mi primera pasantía. Y ustedes son... ya saben.
—¿Ya sabemos qué? —pregunta Einar.
—Los dueños de todo. Los jefes. Gente importante.
Ethan sonríe, pero es una sonrisa extraña. Triste, casi.
—No queremos que te pongamos nerviosa, Aitana. Queremos que estés cómoda.
—Lo estoy. Bueno, lo intento.
—¿Puedo decirte algo? —pregunta Einar.
Asiento.
—No eres una pasante más para nosotros.