"Aitana"
Día 15 de las pasantías
No dormí.
Di vueltas en la cama toda la noche, juntando piezas de un rompecabezas que no debería existir.
Dos hombres.
Dos máscaras.
Dos voces.
Dos cuerpos.
Dos gemelos.
La coincidencia es demasiado perfecta. Demasiado absurda. Demasiado...
—¿Aitana? —la voz de mi madre al otro lado de la puerta—. ¿Te encuentras bien? Son las siete y media, ¿no tenías que entrar hoy?
—Sí, mamá. Ya voy.
Me levanto como un autómata. Ducha. Café. Ropa. Todo mecánico. Todo mientras una sola idea me taladra el cerebro:
Hoy les preguntaré.
Hoy sabré la verdad.
Porque si hay algo que heredé de mi madre, además de los ojos verdes, es la necesidad de saber. De no quedarme con dudas. De enfrentar los fantasmas de frente.
Aunque esos fantasmas tengan los rostros más perfectos que he visto nunca.
---
El edificio Castello parece más alto hoy. Más intimidante. Las puertas de cristal, los ascensores relucientes, los pasillos inmaculados... todo parece un escenario preparado para mí.
O para mi caída.
—¡Aitana! —Sofía me intercepta nada más entrar—. ¿Qué pasó ayer? ¿Estás bien? Me dejaste con la palabra en la boca.
—Estoy bien —miento—. Bueno, no. Necesito hablar contigo.
—Dime.
Bajo la voz. Miro a un lado y a otro. Nadie cerca.
—Creo que sé de dónde conozco a los gemelos.
—¿¡Qué!?
—Shhh. Baja la voz.
—Perdón, perdón. ¿De dónde?
Trago saliva. Las palabras se atascan en mi garganta.
—¿Recuerdas que te conté lo de mi fiesta de cumpleaños? ¿Lo de los dos hombres enmascarados?
Los ojos de Sofía se abren como platos.
—No.
—Sí.
—No me digas...
—No te lo digo. Te lo estoy diciendo.
—¿Estás segura?
—No. Por eso necesito asegurarme. Hoy voy a confrontarlos.
—¿¡A los dueños de la empresa!? ¿A los gemelos Castello? ¿A tus jefes? ¿Estás loca?
—Probablemente.
—Aitana, eso es...
—Lo sé.
—Si te equivocas, te despiden.
—Lo sé.
—Si aciertas... ¿qué pasa si aciertas?
Esa es la pregunta que me he hecho toda la noche.
¿Qué pasa si acierto? ¿Qué significa que los hombres de aquella noche, los que me hicieron sentir cosas que nunca había sentido, los que desaparecieron sin dejar rastro, sean ahora mis jefes? ¿Qué significa que me hayan estado mirando así, tocando así, hablándome así, sabiendo quién soy yo pero sin decirme quiénes son ellos?
—Tengo que saberlo —digo finalmente—. Aunque duela. Aunque sea malo. Tengo que saberlo.
Sofía me aprieta el brazo.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Esto tengo que hacerlo sola.
—¿Segura?
—Segura.
Respiro hondo. Miro el reloj de la recepción. Las 8:47.
En la planta treinta, en sus despachos, ellos están. Esperando. Sin saber que hoy, yo también voy a esperar.
Pero a ellos.
---
10:23 de la mañana
El día se hace eterno. Reviso informes que no necesito revisar. Contesto correos que podrían esperar. Miro el teléfono cada dos segundos, esperando una llamada, un mensaje, cualquier excusa para subir.
Nada.
Ellos no me llaman hoy.
Quizás notaron mi huida de ayer. Quizás decidieron darme espacio.
O quizás saben que estoy investigando y están esperando.
Cabrones, pienso sin ira. Listos, pero cabrones.
A las 12:30, tomo una decisión.
—Voy a comer —le digo a Sofía.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Pero a dónde?
—Arriba.
—Aitana...
—Ya hablamos.
Me levanto sin darle tiempo a responder. Mis piernas me llevan hacia el ascensor. Hacia los botones. Hacia el piso treinta.
El viaje es demasiado corto. Demasiado largo. No lo sé. El tiempo no existe cuando el corazón late así.
Las puertas se abren.
La planta ejecutiva está en silencio. La recepcionista ha ido a comer. El pasillo está vacío.
Sus despachos. El de Einar a la izquierda. El de Ethan a la derecha. Separados por una sala de reuniones.
¿A cuál voy primero?
No tengo que decidir.
La puerta de Ethan se abre y él aparece.
Lleva la camisa arremangada, el pelo un poco revuelto, y una expresión de sorpresa que rápidamente se transforma en algo más profundo cuando me ve.
—Aitana.
—Ethan.
—¿Necesitas algo? ¿Te encuentras bien?
—Necesito hablar con ustedes.
—¿Nosotros?
—Tú y tu hermano. Los dos.
Ethan me mira fijamente. Un segundo. Dos. Luego asiente lentamente.
—Pasa.
—¿Al despacho de Einar?
—No. Al mío. Yo lo llamo.
Entro.
Su despacho es como él: intenso, cálido, un poco caótico. Papeles por todas partes, una chaqueta colgada en la silla, fotos de paisajes en las paredes.
No fotos de familia. No fotos de personas.
—¿Quieres sentarte? —ofrece.
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
Ethan coge el teléfono, marca una extensión.
—Einar. Ven a mi despacho. Ahora. Es importante.
Cuelga. Me mira.
Y esperamos.
Los segundos pasan como horas. El silencio es tan denso que podría cortarse. Ethan no aparta la mirada de mí. Yo tampoco puedo apartar la mía de él.
¿Eres tú?, pienso. ¿Eras tú aquella noche? ¿Eran tus manos las que me tocaban? ¿Tu boca la que me besaba?
La puerta se abre.
Einar entra. Al vernos, algo cruza su rostro. Alarma. Interés. Algo más.
—Aitana —saluda, y su voz es un control perfecto—. ¿Qué ocurre?
—Siéntate —le dice Ethan, señalando el sofá.
Einar obedece, pero sus ojos no se apartan de mí.
—Bien —respiro hondo—. No voy a andarme con rodeos.
—Mejor —dice Einar.
—Tengo una pregunta. Y necesito que me respondan con la verdad.
—Depende de la pregunta —Ethan.
—No. No depende. Es sí o no. Verdad o mentira.
Ellos se miran. Ese micromovimiento que comparten, ese lenguaje secreto de gemelos. Luego asienten.