Bajo La Misma Máscara

Capítulo 6

Aitana

Viernes, 19:47

—¿Todo el fin de semana?

—Todo el fin de semana.

Ethan me mira con esos ojos oscuros que ya conozco demasiado bien. Al otro lado de la mesa, Einar espera mi respuesta con esa calma suya que siempre me desarma.

Llevamos tres días desde la cena en su ático. Tres días de miradas cómplices en los pasillos, de mensajes que empiezan siendo profesionales y terminan siendo cualquier cosa menos profesionales, de besos robados en ascensores vacíos.

Pero esto es diferente.

Esto es pasar la noche. Todo el fin de semana. Solos los tres.

—¿En vuestra casa? —pregunto, por preguntar algo.

—Nuestra casa —corrige Einar—. La tuya también, si quieres.

—Eso es... rápido.

—Podemos esperar —dice Ethan, aunque su mandíbula tensa dice lo contrario.

—Pero no queremos —añade Einar.

—No queremos esperar más —completa Ethan.

Los miro. Sus rostros. Sus cuerpos. Lo que representan. Lo que siento cuando estoy con ellos.

—¿Qué haríamos? —pregunto, y mi voz suena más ronca de lo normal.

Ethan sonríe. Esa sonrisa suya que promete tormenta.

—Lo que tú quieras.

—Lo que tú digas —Einar.

—Todo lo que tú permitas.

—Y nada que tú no quieras.

Sus palabras son un pacto. Una promesa. Una entrega.

—Mamá está en casa de mi tía este fin de semana —digo lentamente—. Axel trabaja turno doble.

—¿Eso es un sí? —pregunta Ethan, esperanzado.

—Eso es un... —respiro hondo—. Sí.

La sonrisa de Ethan ilumina la habitación. Einar asiente lentamente, pero sus ojos grises brillan con una intensidad que me recorre la columna vertebral.

—¿A qué hora sales? —pregunta Einar.

—A las seis.

—Te esperamos en el ático. Sube directa.

—Lleva lo que necesites —añade Ethan—. O no lleves nada.

—Ethan —lo reprende Einar.

—¿Qué? Es la verdad.

Me río. Y en esa risa, en esa complicidad incipiente, siento que esto es exactamente donde debería estar.

---

Aitana

Viernes, 18:23

El ascensor privado sube demasiado lento. O demasiado rápido. No lo sé. El corazón me late en las sienes, en el pecho, entre las piernas.

Llevo una mochila pequeña. Pijama, ropa interior, cepillo de dientes. Lo básico.

Pero sé que no voy a necesitar casi nada de eso.

Las puertas se abren.

El ático está iluminado con velas. Muchas velas. La música suena suave, algo con jazz y saxo. Y ellos están esperando.

Ethan apoya en el marco de la puerta de la cocina, con una copa de vino en la mano. Viste una camiseta negra que le marca el pecho y unos vaqueros que le sientan como un pecado.

Einar está sentado en el sofá, leyendo algo que parece un informe, pero sus ojos se levantan en cuanto aparezco. Lleva una camisa blanca, las mangas arremangadas, el pelo ligeramente despeinado.

Dios.

—Bienvenida —dice Einar, levantándose.

—Pasa —dice Ethan, tendiéndome la mano.

Entro. La puerta se cierra detrás de mí.

Y de repente, el mundo se reduce a esto.

—¿Nerviosa? —pregunta Einar, acercándose.

—Un poco.

—No lo estés —Ethan toma mi mochila y la deja en algún lugar—. Esto es solo nosotros. Tú y nosotros.

—Los tres.

—Como debe ser.

Me guían al sofá. Me siento. Ellos a cada lado. Cerca. Muy cerca. Pero sin tocar.

—¿Quieres vino? —ofrece Einar.

—Sí, por favor.

Ethan sirve. Brindamos. La copa choca contra las suyas.

—Por esto —dice Ethan.

—Por nosotros —dice Einar.

—Por lo que sea que esté pasando —digo yo.

Bebemos. El vino calienta mi garganta. Y también mi valor.

—Llevo todo el día pensando en esto —confieso.

—Nosotros también —Ethan.

—Desde que dijiste que sí —Einar.

—¿Y ahora qué? —pregunto.

—Ahora —Einar gira hacia mí—. Te beso.

Y lo hace.

Su boca encuentra la mía con una lentitud que duele. Un beso profundo, controlado, que sabe a vino y a promesa.

Cuando nos separamos, Ethan ya está esperando.

—A mí también —pide—. Por favor.

Y lo beso.

El beso de Ethan es más urgente, más desesperado. Como si tuviera miedo de que esto desaparezca.

—No va a desaparecer —susurro contra sus labios.

—¿Cómo sabes?

—Porque yo tampoco me voy a ningún lado.

Algo cambia en sus ojos. Algo profundo. Algo que parece...

—Te quiero —dice—. Sé que es pronto. Sé que no debería. Pero te quiero.

—Ethan...

—No tienes que decirlo. Solo quería que lo supieras.

Miro a Einar. Él asiente lentamente.

—Yo también —confiesa—. Te quiero, Aitana.

Dos hombres. Dos declaraciones. Dos corazones latiendo por mí.

—No sé si es pronto —digo—. No sé si esto es normal. Pero cuando estoy con vosotros... siento que todo encaja.

—¿Eso significa? —pregunta Ethan esperanzado.

—Significa que no quiero estar en ningún otro sitio.

No hace falta decir más.

Ethan me besa otra vez. Einar acaricia mi pierna. Y el tiempo se detiene.

---

Los besos se vuelven más profundos. Las manos más atrevidas. Los cuerpos más cerca.

—¿Segura? —pregunta Einar, con la respiración entrecortada.

—Segura.

—¿Del todo? —Ethan.

—Del todo.

—¿Quieres ir al dormitorio? —propone Einar.

—No —digo—. Aquí. Ahora. Con vosotros.

Ethan sonríe con esa mezcla de deseo y ternura que ya empiezo a reconocer.

—Como diga la princesa.

Einar se levanta y me tiende la mano. Me lleva hacia la alfombra, frente a la chimenea. Las llamas bailan reflejándose en sus ojos grises.

—Aquí —dice, señalando el suelo—. Si te parece bien.

—Me parece bien.

Ethan trae mantas, cojines. Crea un nido para nosotros. Y luego, lentamente, empiezan a desvestirme.

Ethan quita mi camisa. Einar mis zapatos. Ethan mi sujetador. Einar mis vaqueros.

Cada prenda que cae es una promesa. Cada centímetro de piel que se revela, una entrega.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.