Aitana
Domingo, 14:23
—¿Cine? —Ethan levanta una ceja con una sonrisa pícara—. ¿Quieres salir de la cueva, princesa?
—Llevamos dos días aquí —me estiro en el sofá como un gato perezoso—. Necesito ver el sol. Gente. Vida.
—Yo te doy vida —Ethan se abalanza sobre mí y empieza a besarme el cuello.
—Ethan... —me río—. En serio. Quiero salir.
—Podemos salir —la voz de Einar aparece desde la cocina, donde prepara algo que huele increíble—. Pero con condiciones.
—¿Condiciones?
—Vamos juntos. Los tres.
—Obviamente.
—Y si alguien te mira, te toca o te habla de más, nosotros nos encargamos.
—Einar —lo miro—. ¿Vas a amenazar a todo el que se me acerque?
—Sí.
—¿En serio?
—Completamente.
Ethan ríe y se incorpora.
—Tranquila. Solo protege lo que es suyo. Lo que es nuestro.
—Vuestro, ¿eh? —pongo mis manos en mis caderas—. ¿Y yo no tengo voto en eso?
Ellos se miran. Luego me miran.
—Siempre tienes voto —dice Einar acercándose—. Pero no puedes negar que eres nuestra.
—Ni que nosotros somos tuyos —completa Ethan.
Y cuando me besan, uno en cada mejilla, cualquier queja se desvanece.
—Vale —suspiro—. Vamos al cine.
—¿Qué quieres ver? —pregunta Ethan mientras busca el teléfono.
—Algo romántica.
Los dos ponen cara de horror.
—¿En serio?
—Bueno, algo de acción.
—Mejor.
—Con un poco de romance.
—Transamos.
---
Cine
16:45
La sala está casi vacía. Elegimos una película de acción que resulta tener más tiros que diálogo, perfecto para ellos. Yo me paso la mitad del tiempo mirándolos a ellos en lugar de la pantalla.
Ethan come palomitas como si llevara años sin probarlas. Einar las toma de una en una, con esa elegancia suya. Y los dos, cada cierto rato, giran la cabeza para asegurarse de que sigo ahí.
Como si pudiera irme a algún lado.
—¿Qué miras? —susurra Ethan al notar mi mirada.
—A vosotros.
—¿Y qué ves?
—A mis dos hombres.
Einar, al otro lado, me aprieta la mano. Ethan sonríe en la oscuridad.
Y la película continúa, pero yo ya no sé de qué va.
---
Parque
19:15
El atardecer tiñe el parque de tonos naranjas y dorados. La gente pasea, los niños juegan, las parejas se besan en los bancos.
Nosotros caminamos de la mano. Bueno, ellos caminan a mis lados y yo voy cogida de sus brazos. Como un sandwich humano. El sandwich más protegido del mundo.
—¿Os gusta el parque? —pregunto.
—No solemos venir —admite Einar.
—Demasiado tiempo en la oficina —añade Ethan.
—Pues deberíais. Es bonito. La gente. Los árboles. El aire.
—Contigo, todo es bonito —Ethan.
—Deja de ser tan empalagoso.
—No puedo. Estoy enamorado.
La palabra flota en el aire. Ya la habían dicho, pero cada vez pesa menos y significa más.
—Yo también —murmuro.
—¿Tú también qué? —pregunta Einar.
—También... siento cosas.
—¿Cosas?
—No me hagáis decirlo.
—Tenemos que oírlo —Ethan.
—Algún día.
—Hoy.
—Ethan...
—Por favor —Einar se detiene y me mira—. Solo una vez.
Los miro. Sus ojos. Sus rostros. Lo que significan.
—Os quiero —susurro—. A los dos.
Sus sonrisas iluminan más que el atardecer.
—Y nosotros a ti —Ethan.
—Siempre —Einar.
Y entonces...
—¿Aitana?
La voz viene de detrás. Una voz conocida. Demasiado conocida.
Me giro.
Y ahí está.
Carlos.
Pelo castaño, ojos claros, sonrisa fácil. El niño de la infancia. El vecino de toda la vida. El que siempre estaba en mi casa. El que...
—¿Carlos?
—¡Dios, eres tú! —se acerca con los brazos abiertos y me abraza antes de que pueda reaccionar—. ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?
—Bien, bien —me aparto ligeramente—. ¿Tú?
—Genial. Estudiando fuera, pero vine a visitar a mis padres. Y mira, te encuentro aquí. El destino, ¿no?
—Sí, qué casualidad.
Carlos me mira con esos ojos que conozco desde siempre. Pero hoy hay algo diferente en su mirada. Algo que no me gusta.
—Estás preciosa —dice—. Más que nunca.
—Gracias.
—¿Sigues soltera? —pregunta, y en su voz hay esperanza.
Detrás de mí, noto la tensión.
Literalmente la noto. El aire cambia. Los cuerpos de Ethan y Einar se ponen rígidos.
—No —digo rápidamente—. No estoy soltera.
—¿Ah, no? —Carlos arquea una ceja—. ¿Y ese afortunado quién es?
—Son ellos.
Señalo a mis lados. Carlos mira a Ethan, luego a Einar, luego a mí, luego otra vez a ellos.
—¿Ellos? ¿Los dos?
—Sí.
—¿Cómo que los dos? ¿Estás con los dos?
—Sí.
El silencio es incómodo. Carlos parpadea varias veces.
—Vale —dice lentamente—. No me lo esperaba. Pero... bueno, cada cual con sus cosas, ¿no?
—Algo así.
—Oye —da un paso adelante, ignorando olímpicamente a los gemelos—. ¿Te acuerdas cuando éramos pequeños? Que siempre decíamos que nos casaríamos de mayores.
—Carlos, éramos niños...
—Sí, pero yo nunca lo olvidé —sus ojos brillan—. Siempre pensé que tú y yo...
—Carlos —lo interrumpo—. Estoy con ellos.
—Ya, ya, pero... quiero decir, esto es raro, ¿no? Dos tíos. Tú con dos tíos. No sé si eso es...
—¿Es qué? —la voz de Ethan es un cuchillo.
Carlos lo mira como si acabara de notar su presencia.
—Oye, tranquilo, solo hablaba con mi amiga.
—Tu amiga se llama Aitana —Einar da un paso al frente—. Y ha dicho que está con nosotros.
—Ya lo escuché —Carlos sonríe, pero es una sonrisa tensa—. Solo quería... no sé, ponerme al día. Aitana y yo tenemos historia, ¿sabes?
—¿Historia? —pregunto—. ¿Qué historia?
—Bueno, yo siempre... siempre estuve enamorado de ti. Desde pequeños. Creí que lo sabías.
No, no lo sabía. O quizás sí, en el fondo, pero nunca quise verlo.
—Carlos, eso fue hace mucho. Éramos niños.