Aitana
Lunes, 08:15
El despertador suena y por un momento no sé dónde estoy.
Luego siento los brazos. Dos pares. Uno a cada lado.
Ethan ronca suavemente contra mi hombro. Einar respira pausadamente contra mi nuca.
Domingo.
Lunes.
El fin de semana terminó.
—No quiero ir —murmuro.
—Entonces no vayas —la voz de Ethan, dormida y ronca.
—Tengo que ir.
—Llámate enferma.
—Ethan...
—Un día más —Einar, también despierto—. Quédate.
—No puedo. Tengo reunión con el departamento financiero. Y además... —me incorporo—. Si no voy, parecerá sospechoso.
—¿Sospechoso? —Ethan abre un ojo.
—Acabo de pasar el fin de semana con mis jefes. Mis jefes, Ethan. Si empiezo a faltar, la gente hablará.
—Que hablen.
—No todos somos dueños de una empresa, Einar. Yo tengo que construir mi reputación.
Ellos se miran. Ese lenguaje secreto.
—Vale —Ethan suspira—. Te dejamos ir.
—¿Me dejáis? Qué generosos.
—Pero —Einar se incorpora—. Hoy vas a tener que aguantarnos.
—¿Aguantaros?
—Vas a estar en la oficina. Nosotros en la nuestra. Cerca. Muy cerca.
—Y no vamos a poder tocarte —Ethan.
—Ni besarte —Einar.
—Ni recordarte lo nuestra que eres —los dos.
Un escalofrío me recorre.
—Vais a hacer que me distraiga.
—Esa es la idea.
—Sois malos.
—Muy malos.
Me río y me levanto. Ducha. Ropa. Maquillaje rápido. Ellos me observan desde la cama como dos leones perezosos.
—¿Qué? —pregunto al notar sus miradas.
—Eres hermosa.
—Ya lo sabéis.
—Pero cada vez que te vemos, nos parece nuevo.
—Dejad de ser empalagosos.
—No podemos.
Cuando estoy lista, me besan. Uno en cada mejilla. Pero luego Ethan gira mi rostro y me besa en la boca. Luego Einar hace lo mismo.
—Que tengas un buen día, princesa.
—Nos vemos en la oficina.
—No nos escribas cosas prohibidas.
—Sí escribid.
—Ethan...
—Venga, un par de mensajes picantes no hacen daño a nadie.
Salgo flotando. Y también temblando.
Va a ser un día largo.
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Aitana
Planta 12, Departamento de Administración
09:30
—¡Aitana!
Sofía se abalanza sobre mí nada más verme.
—¿Dónde has estado? ¡Te he llamado todo el fin de semana!
—En casa —miento—. Desconectada.
—¿En casa? ¿Segura? Porque tienes una cara de felicidad que no es normal.
—Sofía...
—Y el pelo. Y los labios. Y esa sonrisa. Aitana, ¿estuviste con ellos?
—Baja la voz.
—¿¡Es verdad!? —susurra, pero sus ojos gritan.
—Sí.
—¿Todo el fin de semana?
—Sí.
—¿Y...?
—Y.
—¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuántas veces? ¿Duele? ¿Es bueno? ¿Los dos a la vez? ¿Cómo funciona eso?
—Sofía, respira.
Ella respira hondo.
—Cuéntame todo. AHORA.
Me río. Y mientras caminamos hacia nuestros cubículos, le cuento. Lo justo. Lo necesario. Lo que puede saber.
—Dios mío —suspira cuando termino—. Eres la mujer más afortunada del mundo.
—Lo sé.
—¿Y ahora? ¿Cómo va a funcionar? ¿En secreto? ¿A la vista?
—No lo sé. Vamos a ver.
—Pues yo creo que va a ser difícil esconder esto —me señala—. Se te nota en la cara.
—¿El qué?
—Que estás enamorada. De los dos. Hasta las trancas.
Sonrío. No puedo evitarlo.
—Vale, sí. Lo estoy.
—Pues prepárate. Porque hoy va a ser un día de pruebas.
—¿Por qué?
Sofía señala a nuestro alrededor. El departamento está lleno de pasantes, pero también de empleados fijos. Y entre ellos, varios hombres me miran.
Demasiado.
—¿Los ves? —dice Sofía—. Desde que llegaste, no te quitan ojo.
—Son imaginaciones tuyas.
—No, Aitana. Llevas un par de semanas brillando. Y ellos lo han notado.
Miro alrededor. Es cierto. Está Marcos, el de sistemas, que siempre encuentra excusas para venir a nuestra planta. Está Javier, el de recursos humanos, que el otro día me preguntó si quería tomar un café. Y está Diego, el pasante de marketing, que no deja de mirarme desde su mesa.
—Mierda —murmuro.
—Mierda es poco.
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11:30
—Aitana, ¿tienes un segundo?
Levanto la vista. Diego, el de marketing, está junto a mi cubículo con una sonrisa que quiere ser encantadora.
—Claro —digo, profesional—. ¿Qué necesitas?
—Bueno, es sobre el proyecto de la campaña. Me preguntaba si podríamos revisarlo juntos. Esta tarde. Tal vez con un café.
—Diego...
—Solo profesional, claro —levanta las manos—. Pero si luego quieres seguir hablando, tampoco me quejo.
—Tengo pareja —digo.
—¿Ah, sí? —arquea una ceja—. ¿Y quién es el afortunado?
—Son dos.
Diego parpadea.
—¿Dos?
—Dos.
—Vale —se ríe incómodo—. Es broma, ¿no?
—No es broma.
Me mira fijamente. Busca signos de que estoy mintiendo. No los encuentra.
—Bueno —se encoge de hombros—. Si cambias de opinión...
—No voy a cambiar.
Se va. Pero su mirada, su actitud, me dejan un mal sabor de boca.
—¿Otra vez? —Sofía aparece a mi lado.
—Otra vez.
—Eres un imán, Aitana.
—Un imán para problemas.
—O para tíos calientes. Depende de cómo se mire.
—Sofía...
—¿Qué? Es la verdad.
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13:45
La cafetería está llena. Hago cola para pedir algo de comer cuando siento una presencia detrás de mí.
—Aitana, ¿verdad?
Me giro. Es Marcos, el de sistemas. Treinta y tantos, sonrisa fácil, demasiado cerca.
—Sí.
—Soy Marcos. Trabajo en sistemas. Te he visto por los pasillos y... bueno, quería presentarme.
—Ah, hola.
—¿Qué tal las pasantías? ¿Te está gustando la empresa?
—Sí, mucho.
—Si necesitas ayuda con algo, ordenadores, programas, lo que sea... aquí estoy.
—Gracias, lo tendré en cuenta.
Pero él no se va. Se queda ahí, mirándome, esperando algo.