Ethan
Lunes, 09:30
—Tienes una visita.
Levanto la vista de los informes. Mi asistente, Martín, tiene una expresión rara. Demasiado rara.
—¿Quién?
—Verónica.
El mundo se detiene.
—¿Verónica? ¿Verónica Lombardo?
—La misma.
—¿Qué quiere?
—No lo ha dicho. Pero... está en la sala de espera. Muy... ella.
—Mierda.
—¿La hago pasar?
—No. Espera. Avisa a Einar.
Martín asiente y desaparece.
Me paso las manos por el pelo. Verónica. Joder. Justo ahora. Justo cuando todo empezaba a ir bien.
La puerta se abre. Einar entra con el ceño fruncido.
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Qué quiere?
—No lo sé.
—¿Se lo decimos a Aitana?
—Todavía no. Primero averigüemos qué pinta esta aquí.
—De acuerdo.
Respiro hondo.
—Que pase.
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Verónica
09:45
Cuando entra, todo en ella es perfecto.
El pelo rubio perfecto. El traje perfecto. La sonrisa perfecta.
—Ethan, Einar —dice con esa voz suya que siempre ha sabido exactamente cómo usarla—. Cuánto tiempo.
—Verónica —Einar, neutro—. ¿A qué debemos la visita?
—¿Tan rápido? ¿Ni un "cómo estás"? ¿Ni un "qué guapa sigues"?
—Estás igual —digo—. Ahora, ¿a qué vienes?
Ella sonríe. Se sienta sin pedir permiso. Cruza las piernas con elegancia.
—Vengo a verlos. A los dos. Hace... ¿cómo? ¿Dos años?
—Dos años y medio —la corrige Einar.
—Exacto. Tanto tiempo. Y resulta que mis padres están haciendo negocios con los suyos. Así que pensé... ¿por qué no acercarme? Saludar. Ver cómo están.
—Estamos bien.
—¿Sí? —nos mira—. Los veo diferentes. Más... ¿relajados?
—No sé a qué te refieres.
—A que antes siempre estaban tensos. Preocupados. Y ahora... —inclina la cabeza—. Hay algo diferente en ustedes. Especialmente en ti, Ethan.
—¿En mí?
—Sí. Antes mirabas como si quisieras comerte el mundo. Ahora miras como si ya lo hubieras comido. Y te gustara.
Einar y yo intercambiamos una mirada.
—Bueno —Verónica se levanta—. No me voy a quedar más. Solo quería pasar. Verlos. Y decirles que mis padres darán una cena este sábado. Para celebrar el acuerdo con los suyos. Por supuesto, están invitados.
—Verónica...
—No es una cita —levanta las manos—. Es un evento social. Con familias. Con padres. Nada más.
—No podemos —digo.
—¿Por qué? ¿Tienen algo mejor que hacer?
Sí, pienso. Estar con Aitana.
—Trabajo —dice Einar.
—Un sábado por la noche. Seguro que pueden escaparse unas horas. Además —su sonrisa se vuelve más afilada—, sus padres ya confirmaron su asistencia. Y los míos estarán. Sería una pena que los únicos ausentes fueran los herederos Castello.
Me tenso. La amenaza implícita es clara.
—Lo pensaremos —dice Einar.
—Háganlo —Verónica se dirige a la puerta—. Y piensen también en lo nuestro. En lo que tuvimos. En lo que podríamos volver a tener.
—No tuvimos nada —la corrijo—. Tú lo dejaste claro.
Ella se detiene. Me mira.
—Me equivoqué, Ethan. Y he vuelto para arreglarlo.
—Llegas tarde.
—¿Tarde? —sonríe—. Nunca es tarde para lo nuestro.
Y se va.
Dejando tras de sí un silencio incómodo y un problema enorme.
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Ethan y Einar
—Tenemos que decírselo a Aitana.
—Lo sé —Einar.
—Pero no ahora. No así.
—Lo sé.
—¿Qué hacemos?
Einar camina hacia la ventana. Mira la ciudad.
—Verónica no es tonta. Sabe que algo ha cambiado en nosotros. Y quiere descubrir qué.
—O quién.
—Exacto.
—¿Y si investiga?
—Lo hará. Es cuestión de tiempo.
—Entonces tenemos que adelantarnos.
—¿Cómo?
—Presentarle a Aitana. En nuestros términos. No en los suyos.
Einar se gira.
—¿Estás seguro?
—No. Pero es mejor que ella se entere por nosotros que por Verónica.
—Tienes razón.
Respiro hondo.
—Esta noche. Se lo decimos esta noche.
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Aitana
20:30
—¿Todo bien? —pregunto mientras ceno con ellos en el ático—. Están raros.
—¿Nosotros? —Ethan.
—Sí, vosotros. Desde esta mañana. Algo pasó.
Ellos se miran.
—Sí —dice Einar—. Algo pasó.
—¿Qué?
—Apareció alguien. Alguien del pasado.
Mi corazón da un vuelco.
—¿Alguien?
—Una mujer —Ethan—. Se llama Verónica. Fue... algo, hace años.
—¿Algo?
—No fue una relación —se apresura a decir—. No realmente. Fue más... lo que nuestras familias querían.
—Era la candidata perfecta —añade Einar—. Misma clase social. Mismo poder. Mismos intereses.
—¿Y ustedes? —pregunto, con la voz más firme de lo que me siento.
—Nosotros nunca quisimos.
—Pero ella sí.
—Ella quería lo que representábamos. El poder, el apellido, la unión de familias.
—¿Y ahora?
—Ahora ha vuelto. Con la excusa de un acuerdo entre nuestros padres.
—Pero en realidad...
—En realidad quiere reconquistarnos.
El silencio cae entre nosotros.
—¿Y ustedes? —pregunto—. ¿Quieren?
—No.
La respuesta es inmediata. De los dos.
—Aitana —Ethan se levanta y viene hacia mí—. Te queremos a ti. Solo a ti.
—Verónica es el pasado —Einar—. Tú eres el presente. Y el futuro.
—Pero ella tiene algo que yo no —digo—. La aprobación de vuestras familias.
—Eso no importa.
—¿No? ¿Seguro?
Ethan me toma las manos.
—Nunca ha importado. Nuestros padres quieren lo mejor para nosotros. Y lo mejor eres tú.
—Aunque no seas de su mundo.
—Por eso mismo.
—¿Cómo?
—Porque no eres de su mundo —Einar se acerca—. Eres real. Eres auténtica. Eres tú. Y eso vale más que todas las Verónicas del mundo.
Los miro. Sus ojos. Sus rostros. Su verdad.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunto.
—Enfrentarlo. Juntos.
—¿Cómo?
—Este sábado hay una cena. Familias Castello y Lombardo. Para celebrar el acuerdo.