Aitana
20:45
La mansión Castello es un laberinto de salones, miradas y susurros.
Verónica no se separa de nosotros. Bueno, de ellos. Me ignora olímpicamente mientras acapara a Ethan y Einar con conversaciones sobre "los viejos tiempos", "las familias", "lo bien que quedaría una alianza".
Yo me mantengo firme. Sonriente. Perfecta.
Pero por dentro hiervo.
—Tranquila —la voz de Ethan en mi oído, aprovechando un descuido de Verónica—. No vale la pena.
—Lo sé.
—Eres más fuerte que todo esto.
—Lo sé.
—Y más guapa.
—Eso también lo sé.
Ethan sonríe. Me besa el pelo rápido, fugaz, pero suficiente.
Verónica lo ve. Sus ojos echan chispas.
Y entonces aparecen ellos.
---
Los Castello
21:00
—Ethan. Einar.
La voz es profunda, autoritaria. Un hombre alto, de cabello cano y porte imponente, se acerca acompañado de una mujer elegante, de mirada curiosa pero cálida.
—Papá. Mamá —Einar da un paso al frente—. Les presento a Aitana.
Silencio.
Las miradas de los padres Castello me evalúan. De arriba abajo. Como si fuera un cuadro que deben tasar.
—Aitana Mendoza —dice el señor Castello—. Hemos oído hablar de ti.
—Todas las cosas buenas, espero —respondo con una sonrisa.
Él arquea una ceja. Su esposa, en cambio, sonríe levemente.
—Ethan nos ha hablado mucho de ti —dice ella—. Y Einar también. Lo cual es... inusual.
—¿Inusual?
—Mis hijos no suelen hablar de nadie. Y de ti... no paran.
Verónica, que ha estado observando la escena como un buitre, interviene:
—Señora Castello, qué alegría verla. Está usted espléndida esta noche.
—Gracias, Verónica. Tú también, como siempre.
—He estado contándoles a Ethan y Einar lo bien que iría la alianza de nuestras familias. ¿No cree? Sería histórico.
—Sin duda —responde la señora Castello, pero su mirada se desvía hacia mí—. Aunque las alianzas no lo son todo, ¿verdad?
—Claro que no —Verónica ríe, forzada—. Pero ayudan.
—Aitana —el señor Castello me mira fijamente—. ¿Qué opina usted de las alianzas?
—No sé mucho de negocios —admito—. Pero sí sé de personas. Y las alianzas entre personas solo funcionan si hay respeto. Y confianza. Y algo de... ¿química?
Ethan ríe por lo bajo. Einar pone los ojos en blanco.
—¿Química? —repite el señor Castello.
—Sí. Como en la cocina. Puedes tener los mejores ingredientes, pero si no combinan, el plato sale mal.
—Interesante analogía.
—Es lo único que sé hacer —sonrío—. Cocinar.
La señora Castello ríe. Una risa genuina, cálida.
—Me gusta esta chica —dice.
Verónica palidece.
---
Verónica
21:30
—Señora Castello, ¿puedo robarle un momento?
La señora Castello me mira, cortés pero distante.
—Claro, Verónica. Dime.
—Es sobre... bueno, sobre los chicos. Y esa chica.
—¿Aitana?
—Sí. No sé si sabe, pero... es una pasante. De familia humilde. Sin conexiones. Sin nada que ofrecer.
—¿Y?
—Y... bueno, no es apropiada para ellos. Usted sabe, la familia, el apellido, lo que representamos...
—Verónica —la interrumpe la señora Castello—. ¿Sabes qué representa mi apellido?
—Por supuesto. Poder, influencia, tradición...
—También representa a dos hijos que han sido infelices durante años. Dos hijos que nunca sonrieron como sonríen ahora. Dos hijos que, por primera vez, miran a alguien como si esa persona fuera su mundo.
—Pero...
—Esa chica, Aitana, puede no tener dinero. Puede no tener apellido. Pero tiene algo que tú no tienes.
—¿Qué?
—A ellos. Su amor. Su confianza. Y por lo que he visto esta noche, también su lealtad.
Verónica abre la boca para responder, pero no encuentra las palabras.
—Ahora, si me disculpas —la señora Castello se aleja—. Voy a conocer mejor a la mujer que ha conquistado a mis hijos.
---
Aitana
22:00
—¿Bailas conmigo?
La señora Castello me tiende la mano. Literalmente. En medio del salón.
—¿Señora?
—Llámame Isabel. Y sí, quiero bailar contigo. Las madres tenemos derecho a conocer a las nueras.
—No soy exactamente su nuera...
—Todavía.
Me dejo llevar. El baile es lento, un vals. Ella lleva, yo sigo.
—Ethan era un niño complicado —dice Isabel mientras bailamos—. Siempre inquieto. Siempre buscando algo. Nunca sabía qué.
—¿Y ahora?
—Ahora lo sé. Te buscaba a ti.
El corazón me da un vuelco.
—Einar, en cambio, siempre fue demasiado serio. Demasiado controlado. Como si tuviera miedo de sentir.
—¿Y ahora?
—Ahora siente. Y duele, y ama, y sufre, y todo. Por ti.
—Señora... Isabel... no sé qué decir.
—No tienes que decir nada. Solo quiero que sepas que te acepto. Que los aceptas. Los dos. Enteros. Con todo lo que conllevan.
—Los acepto.
—¿Y su mundo? ¿Este mundo de apariencias y negocios?
—Estoy aprendiendo.
—Bien. Porque lo vas a necesitar. Sobre todo si Verónica sigue por aquí.
—¿Usted cree que va a seguir?
Isabel sonríe. Una sonrisa sabia.
—Verónica es como una mala hierba. Siempre vuelve. Pero las malas hierbas tienen un problema.
—¿Cuál?
—Que no pueden con las flores de verdad.
Me aprieta la mano.
—Tú eres una flor de verdad, Aitana. No dejes que nadie te convenza de lo contrario.
---
El señor Castello
22:30
—Hijo.
Einar se gira. Su padre está detrás, con una copa en la mano y una expresión que no sabe descifrar.
—¿Papá?
—Esa chica. Aitana.
—¿Qué pasa con ella?
—Me gusta.
Einar parpadea.
—¿Qué?
—Me gusta. Tiene agallas. Y no se deja intimidar. Y además —sonríe—, cocina.
—¿Cómo sabes que cocina?
—Me lo ha dicho. Y ha prometido hacernos una cena. A tu madre y a mí.
—¿Ella dijo eso?
—Sí. Sin que nadie se lo pidiera. Porque quería. Porque es así.