Aitana
Martes, 08:30
No dormí bien.
Las palabras de Axel retumban en mi cabeza toda la noche. "Coleccionan mujeres". "Fama". "Pasado oscuro".
Quiero creerles. Confío en ellos. Pero la duda, esa pequeña semilla que plantó Verónica, empieza a echar raíces.
En la oficina, evito la planta treinta. Respondo correos, reviso informes, hago todo lo posible por no pensar.
Pero ellos lo notan.
—Aitana —Sofía aparece a las 11—. Ethan me llamó. Están preocupados. Dicen que no contestas los mensajes.
—No he tenido tiempo.
—Mientes.
—Sofía...
—Mira, no sé qué pasó con Axel, pero esos tíos están como locos. Einar ha cancelado dos reuniones. Ethan lleva una hora mirando el teléfono. Necesitan verte.
—¿Y si todo es verdad? ¿Y si Verónica tiene razón?
—¿Tú crees que la tiene?
—No lo sé.
—Aitana, yo los veo todos los días. Los veo mirarte, hablarte, tratarte. Y lo que veo no es a dos tipos que "coleccionan" mujeres. Veo a dos hombres enamorados.
—¿Y si es una fachada?
—¿Durante meses? ¿Tú te crees capaz de fingir tanto?
No sé qué creer.
Pero sé que tengo que enfrentarlo.
—Voy a subir.
—Buena chica.
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Ethan y Einar
Planta 30
Cuando entro al despacho de Ethan, los dos están de pie, esperando.
—Aitana —Ethan da un paso.
—Para —levanto la mano—. Antes de que digan nada, necesito saber la verdad.
—La verdad sobre qué —Einar.
—Sobre vosotros. Sobre vuestro pasado. Sobre Verónica y todas las demás.
—No hay otras —Ethan.
—Eso dice él. Pero Verónica dice lo contrario. Y Axel le cree.
—Verónica miente —Einar.
—Demuéstrenmelo.
El silencio es pesado.
—Vale —dice Einar—. Te demostraremos.
—¿Cómo?
—Ven con nosotros.
—¿Adónde?
—A nuestra casa. La de verdad. No el ático.
—¿Qué?
—Nuestra casa de infancia. Con nuestros padres. Con nuestros archivos. Con todo.
—¿Quieren que vaya a la mansión Castello?
—Sí —Ethan—. Ahora. Hoy. Y allí te enseñaremos quiénes somos realmente.
—¿Y qué me van a enseñar?
—Nuestro pasado. Nuestras relaciones. O la falta de ellas.
Los miro. Sus ojos sinceros. Su desesperación.
—Vale —digo—. Vamos.
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Mansión Castello
13:30
La mansión de día es igual de imponente que de noche. Pero ahora, sin las luces y el bullicio, parece más... hogar.
Isabel nos recibe en la puerta.
—Aitana, qué alegría —me abraza con calidez—. Los chicos me llamaron. Dijeron que necesitabas... respuestas.
—Sí, señora.
—Isabel. Y pasa. Esto es tu casa también.
Entramos. El salón es acogedor a la luz del día. Cuadros familiares, fotos, libros.
—Siéntense —dice Isabel—. Voy a buscar a mi marido. Y los archivos.
—¿Archivos? —pregunto.
—Ethan me pidió que les enseñara algo. Y yo quiero que lo veas.
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El señor Castello
14:00
—Aitana —el señor Castello entra con una carpeta en la mano—. Me alegra que hayas venido.
—Señor Castello.
—Llámame Javier. Si vas a ser parte de esta familia, nada de formalismos.
—Todavía no soy...
—Ya lo eres. Para nosotros. Desde aquella cena.
Me quedo sin palabras.
—Siéntate —dice, abriendo la carpeta—. Quiero enseñarte algo.
Me siento. Ethan a mi izquierda, Einar a mi derecha.
—Esto —Javier extiende unos papeles— son los registros de mis hijos. Médicos, escolares, financieros. Y también —saca otro documento— un registro personal.
—¿Registro personal?
—Llevamos un diario de cada uno. Desde que nacieron. Cosas importantes, logros, momentos. Y también —me mira— relaciones.
—¿Relaciones?
—Abrelo.
Tomo el diario. Es de Ethan. Hojeo las páginas. Infancia, adolescencia, logros. Y luego...
Nada.
—No hay nada —murmuro.
—Exacto —Einar—. Porque no hubo nada.
—¿Cómo?
—Verónica fue un intento de nuestros padres —dice Ethan—. Hace años. Duró tres meses. Nunca pasó nada serio. Ni con ella ni con nadie.
—¿Por qué?
—Porque no encontrábamos a la persona adecuada —Einar.
—Hasta que te encontramos a ti —Ethan.
Las lágrimas asoman a mis ojos.
—Pero Verónica dijo...
—Verónica quería el poder, el apellido, la unión —Javier—. Nunca quiso a mis hijos. Y ellos lo sabían.
—¿Y las otras? ¿Las que vinieron antes?
—No las hubo —Isabel se sienta a mi lado—. Mis hijos son... reservados. Intensos. Nunca se conformaron con cualquiera. Esperaron. Y te esperaron a ti.
—¿Cómo pueden estar tan seguros?
—Porque los conozco —Isabel—. Porque los veo. Porque nunca, en veinticinco años, los había visto así. Y eso, Aitana, no se finge.
El silencio es profundo.
—Lo siento —susurro—. Lo siento por haber dudado.
—No tienes que disculparte —Ethan me toma la mano—. Verónica es buena sembrando dudas.
—Pero nosotros somos mejores demostrando la verdad —Einar.
Los miro. A ellos. A sus padres. A esta familia que me acoge.
—¿Qué hago con Axel? —pregunto.
—Déjanos hablar con él —dice Javier—. Hombre a hombre.
—¿Seguro?
—Completamente. Si va a ser tu familia, también será la nuestra.
Sonrío. Por primera vez en dos días, sonrío de verdad.
—Gracias.
—No nos des las gracias —Isabel—. Solo prométenos una cosa.
—Lo que sea.
—Que vas a hacer felices a mis hijos. Y que ellos te harán feliz a ti.
—Lo prometo.
Y mientras sus brazos me envuelven, mientras el calor de esta familia me rodea, sé que Verónica ha perdido.
Porque esto es real.
Y lo real siempre gana.
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Axel
19:00
—¿Axel?
La voz de Sofía lo despierta de sus pensamientos. Está en el taller, cerrando, cuando ella aparece.
—Sofía. ¿Qué haces aquí?
—Vengo a hablar. A decirte que te equivocas.
—¿Sobre qué?
—Sobre Aitana. Sobre los gemelos. Sobre todo.