No había una explicación racional para lo que mis ojos estaban viendo.
Ya no tenía miedo y eso era raro pero no lo más extraño. Mis músculos se tensaron y mi pequeña loba empezó a aullar en mi cabeza, como un llamado a aquel animal.
Un Introm estaba frente a los betas, con los dientes afuera y la baba cubriendo sus fauces, al parecer disgustado por el olor a miedo en el aire. Pensé, al igual que todos en estas tierras infértiles, que los claudtes estaban extinguidos con el último rey que domino estás tierras abandonadas de toda dinastía viva... O muerta.
El último rey con tal poder en milenios no se ha visto, y al igual que las leyendas su nombre se habia vuelto parte de una historia antigua. Tristán Arlo, el último rey claudtes nacido con el poder de dominar cualquier tierra en la que su presencia se asomaba.
Un gruñido resonó en el bosque, ni alto, ni bajo. Solo amenazante, como si la presencia de unos seres mortales interrumpieran su descanso de siglos. Su pelaje de invierno se estaba cayendo, a grandes pedazos dejando un rastro con cada paso que daba a nuestro alrededor.
Su rostro estaba encima de mi, lo suficientemente visible para ellos, se quedó quieto encima de mi rostro dejando que sus feromonas callarán los aullidos incesantes de Vylkar.
—Nos alejaremos de sus tierras, señor.
Fiodor súplica arrodillándose, tal vez no expresa su miedo en voz alta pero apesta a él. Su hermano, mantiene la boca cerrada.
Pero echa a correr cuando el gran animal baja sus ojos esmeraldas hacia mi. Es magnético, hasta que su voz resuena como un eco más allá de mi cabeza, como si les estuviera hablando a todo el gremio de magos del reino.
«Dulce princesa, tus manos deben doler»
Y por fin lo recuerdo, mi cuerpo está atado de pies y manos, mi cuello y mi torso no lo están y lo agradezco cuando sus grandes colmillos arañan la superficie de piedra. Toda mi energía está drenada y la daga atorada en mis costillas mantiene la herida intacta, dejando escapar toda la sangre posible, llenando las líneas grabadas en la mesa antigua.
Mis manos quedan liberadas, al igual que mi voluntad, el Dirum deja adormecido gran parte de mi cuerpo.
Un grito en la noche se escucha, varios cuervos vuelan a nuestro alrededor. La luz de la luna hace entrever el cambio en el iris de la gran bestia, camina a pasos ligeros para llegar a Fiodor.
Se quedan viendo, y solo entonces entiendo la magnitud del poder de animal cuando de manera conciente abre sus fauces con los ojos escarlatas brillando de gozo. Hay algo dentro de mi que se quiere quedar pero la otra parte, la más cociente con el sentido de supervivencia intacto decide correr cuando a Fiodor le es arrebatado su lobo.
Su única oportunidad de sobrevivir ya no estaba, y ahora que me fundo con el bosque entiendo que ahora yo soy quien es cazada. Una presa más para el gran animal.
—Sapphira Verena Russo.
Una voz, lejana. Mi piernas no paras y mi cuerpo es aruñado por cada rama de este bosque. Mi antigüedad en este mundo parece querer pasarme factura, mis huesos crujen y sin quererlo estoy en cuatro patas.
El frío ya no cala, las risas de los árboles cesan, y los susurros de mi nombre pasan a estar en mi cabeza. Paranoica por la persecución de la primera caza, Vylkar se mofa de tener el control cuando yo estoy perdiendo la cordura, estar en su mente es un refugio, como un bebé en el vientre de su madre.
Ya no es mi cuerpo ni mis acciones, es su conciencia la que se cautiva por el aullido que detiene a todo el bosque, frena, con el barro manchando el pelaje y las hojas de los árboles incrustrandose, las más secas crujen ante el paso de los pequeños animales.
No había llegado muy lejos, cada paso se sentía asfixiante, correr se volvía un sueño.
Los primeros rayos del amanecer se filtran por la copas, Vylkar se recuesta, ante el cadáver de Harry, el hermano del asqueroso. Ya hay pequeños roedores por todas partes en especial en sus entrañas. Pero no es eso lo que llama la atención, es el aroma conocido, esa fragancia amaderada, intensa y reconocible.
Un gruñido, y el calor de un cuerpo asoto la seguridad de mi loba, el Introm estaba sobre mi con sus fauces abiertas cerca de agarrar mi cuello. La Omega dentro de mi siente el peligro y cambia para dejarme indefensa, de nuevo en humana. La daga no hizo más que incrustarse en mi costado con la transformación.
Una sonrisa se alargó en su osico, el cambio fue instantáneo, ahora sobre mi no había el gran lobo con el que los adultos intimidaban a los niños, solo había un hombre, con el cabello largo y la barba descuidada, el color escarlata no había desaparecido de sus ojos por lo que su lobo aún tenía el control.
—¿Quien eres? —dos simples palabras desencadenaron una ola de respeto que mi interior se negó a reconocer.
—Nadie —una respuesta mordaz, más valiente de lo que mi cerebro me hace sentir.
—¿Ik-kaldt?
(Quien eres)
Solo uno de los lobos más antiguos de la manada conocía esa lengua, una que se perdió en la guerra luego de que el rey mismo muriera. O eso decían los pergaminos.
—Sapphira Russo, sobreviviente de los klag.
Las palabras salieron, y mi mente me mantiene en la obligación de responder a él, aún mas si aquel idioma es reconocible para Vylkar después de años.
—Ik thekag, ghok.
(Llévame con el rey)
Me río, negando con la cabeza y empujandolo con las pocas fuerzas que poseo para levantarme del suelo.
Con una mano encima de la daga cubriendo su filo respondo.
—No hay un rey.
Doy la vuelta para marcharme, dejando al lobo y quien sea ese hombre solos.
Cada paso arrastra la daga un poco más dentro, la curación interna se retrasa, no hay pasos a mis espaldas pero aún puedo sentir su mirada sobre mi. Me detengo, a una distancia prudente antes de añadir:
—Busca tu reino, estás en tierras muy lejanas para alguien como tú.
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Editado: 01.10.2026