Bajo La Última Corona

Capítulo 1

NYSSA MORELLI

El aroma a pan recién horneado impregnaba el aire, envolviendo cada rincón de la pequeña panadería. Quedaba suspendido en las cortinas, en mi cabello como si intentara quedarse ahí para siempre, en mis manos, y a veces juraba que hasta en mi ropa interior.

Afuera, la mañana apenas comenzaba, sentía que iba a ser un buen día cuando el cielo se veía así, y la ciudad parecía aún envuelta en ese letargo suave que ocurre antes de que el verdadero bullicio comience. A través del ventanal principal, empañado parcialmente por el vapor de los hornos, podía ver cómo la luz dorada del amanecer comenzaba a pintar los edificios vecinos, proyectando sombras largas y anaranjadas sobre el pavimento.

La panadería de mis padres se encontraba en una esquina tranquila de un barrio antiguo, de esos que aún conservaban faroles negros de hierro forjado y jardineras comunitarias llenas de geranios. La fachada era modesta, con letras cursivas pintadas a mano en el vidrio que anunciaban panes artesanales, bollería casera y pasteles decorados. Cada baldosa del piso crujía un poquito, y las paredes, pintadas en tonos crema y verde oliva, estaban decoradas con fotografías enmarcadas de recetas familiares, premios locales y una serie de pinturas hechas por mí durante mis años escolares, aunque después de eso no haya vuelto a tocar ni un pincel.

Una mostraba un cupcake sonriente con brazos, la vergüenza por eso era eterna, pero mamá decía que le daba “personalidad al lugar”.

Cuando miré los postres, quise probar solo un bocado, una esquinita del pan dulce relleno de crema que descansaba tibio sobre la bandeja. Estaba perfectamente inflado, con una corteza brillante barnizada con huevo y azúcar espolvoreado. Mis dedos ya se estiraban, pero entonces: ¡zas!

Papá me dio un leve manotazo en la muñeca. Sólo lanzó una mirada fugaz sobre el hombro mientras seguía amasando con la fuerza de quien lleva treinta años domando harina, también tenía el ojo entrenado de quien lleva treinta años vigilando hornos y a su hija de que no se comiera nada.

—Sabes que no son para ti, Nyssa.

Me crucé de brazos, fingiendo indignación, me hizo fruncir el ceño y volver a concentrarme en mis deberes que estaba haciendo, con un puchero que probablemente no convencía a nadie.

Fruncí el ceño, exageradamente dramática, y volví a concentrarme en la masa frente a mí, golpeándola con más fuerza de la necesaria. Era injusto. Yo ayudaba a hornearlos, decorarlos, empacarlos... ¿y ni una esquinita?

—Soy parte esencial del equipo. Mi paladar debería ser considerado parte del control de calidad.

—Tu paladar está demasiado consentido. No toques nada hasta que termines de ayudar con los pedidos.

Suspiré, resignada, y me limpié un poco de harina de la mejilla, su voz tenía esa mezcla entre cariño y autoridad que te hace obedecer aunque no quieras. Sus manos, grandes y llenas de harina, se movían con destreza sobre la masa, plegándola, dándole forma, sí, así era mi padre.

Ya eran casi las nueve de la mañana, y la panadería de mis padres estaba en pleno apogeo. Clientes entraban y salían, los hornos no paraban de calentar, uno ya estaba en sus últimos años de vida y la caja registradora sonaba constantemente, el tintineo de la campana de la puerta, y el sonido de las charolas metálicas chocando suavemente al ser acomodadas. Mi mamá se encargaba de la parte de la pastelería, montando pasteles.

Esta vez estaba montando un pastel de tres niveles en el mostrador de mármol, sus dedos manchados de crema pastelera y glaseado de fresa natural. Tenía una habilidad envidiable para hacer que todo se viera como sacado de una revista. Nuestro repartidor de confianza, iba y venía como un torbellino, con su gorra chueca y su sonrisa amable, cargando cajas apiladas y saludando a cada cliente por nombre.

Yo, por mi parte, había terminado de hornear una tanda de muffins de arándanos y comenzaba a empacar una docena de baguettes recién salidas del horno, aún humeantes. Pero en el fondo de mi mente, otra cosa ocupaba mi atención.

Desde hace años, lo tenía claro: estudiar gastronomía profesionalmente.

No en cualquier lugar, claro, tal vez irme del país o en una universidad con gastos pagados, donde los chefs usaban gorros altísimos y hablaban de sabores y temperaturas. Quería aprender de los grandes, convertirme en algo más que la hija de los únicos panaderos del barrio. Quería crear obras maestras, abrir mi propio restaurante o pastelería, tal vez escribir un libro de recetas algún día. Soñaba con vitrinas llenas de éclairs perfectos, tartaletas brillantes y croissants que le encantara a la gente.

Pero cada día que pasaba, esa posibilidad se sentía más lejana. Había estado ahorrando cada moneda que podía, apartando parte de mi salario, negándome salidas, ropa nueva, hasta helados. Pero a este ritmo, tardaría al menos otro año en reunir lo necesario. Y eso si no surgían gastos imprevistos. Lo cual, en una panadería con un horno de más de dos décadas de antigüedad, era pedir demasiado.

Susurré una maldición para mí misma y golpeé la masa con más fuerza.

—Nyss, —llamó papá desde la cocina, asomando la cabeza por el marco de madera—. Necesito que hagas unas entregas.

Dejé el trapo con el que secaba una charola y me giré con los ojos brillando. ¡Por fin algo de aire! Algo de libertad. Y propina, claro.

—¡Pensé que nunca lo pedirías!

Papá sonrió apenas, limpiándose las manos en el delantal.

—Todos están hasta el cuello para repartir más. Solo son tres pedidos, ¿en bicicleta puedes?.

—Obvio, por algo tienes a la mejor hija a tu disposición.

—Muy graciosa, mejor y única hija.

Me entregó una hoja con tres direcciones anotadas a lápiz. Las leí rápidamente. Estudio de fotografía en calle 6, tienda de telas frente al parque central, y el tercero Edificio Central K, piso 9, oficina 901.




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