NYSSA MORELLI
La puerta reclinó con ese chirrido desgastado que anuncia el final de un día largo. Afuera, la ciudad estaba en tonos nocturnos, con faroles titilantes y el murmullo de autos y pasos lejanos. Yo, sin embargo, sentí que el peso de mi mundo descansaba sobre mis hombros.
Mi pulso se aceleró. El eco de su voz aún resonaba en mi cabeza. “Si llegas tarde, pagarás cada centavo”. Ese recordatorio me martillaba como un reloj con cuentas regresivas.
Di un giro en el pasillo que me llevaba de regreso a mi refugio nocturno, una vieja puerta con un letrero que apenas se sostenía: El Cuervo Negro. Un bar oscuro, con paredes de ladrillo a la vista, mesas de madera gastadas y luces cálidas que intentaban disfrazar el aire cigarro-salado que se escapaba de las ventanas abiertas. Allí trabajaba en silencio, con la intención de ahorrar para mi sueño y esconder este otro mundo al que nadie debía saber que pertenecía.
Entré. El cantinero, Sergi, levantó una ceja al verme:
—¡Ey, bombón! Llegas temprano.
—Tengo turno a las nueve —respondí, ajustándome el delantal gris.
—Ajá, ajá —pero su sonrisa sabía que algo estaba mal—. Lo noto. ¿Qué tienes?
—Tengo... muchas cosas en la cabeza —dije por fin, entregándole el delantal al colgador.
Él puso una mano en mi brazo:
—¿Hablemos en 5, después de que pase el primer corrida?
Asentí y me interné en la cocina reducida que hacía las veces de almacén. Allí, el suelo olía a cerveza derramada y restos de condimento. Una luz tenue permitía vislumbrar cajas apiladas, botellas abiertas y una alcancía rota donde se acumulaban las recaudaciones del día. Me dejé caer contra la pared, el delantal flojo aun con vida, y cubrí mi cara con las manos.
—¿Qué pasó? —prorrumpí a mi propia voz—. ¿Cómo se supone que voy a pagar ese traje de 8 000 DÓLARES? —la palabra casi me quemó en la boca—. Y ni hablar que me exigió traerle un desayuno digno mañana a las siete. Mi sueño... mi tiempo... todo se volvió una pesadilla.
Suspiré. Me limpié las manos en el delantal y me obligué a ponerme de pie. No puedo quebrarme aquí. No puedo quebrarme ahora. Si algo había aprendido desde que empecé a trabajar en El Cuervo Negro, era que las grietas se ocultaban bien o terminaban siendo tragadas por la noche. Aquí nadie preguntaba más de la cuenta, y eso me venía perfecto.
La primera hora pasó como una corriente eléctrica: un viejo borracho pidiendo la misma cerveza que ayer, dos chicas que se reían más fuerte de lo necesario y un grupo de hombres de cuello sucio y dientes amarillos que dejaban propina en monedas sueltas. El Cuervo Negro no era un bar que apareciera en reseñas ni en redes. Era uno de esos lugares en donde las luces eran lo bastante bajas para esconder el cansancio, y el alcohol lo bastante barato para hacer que importara poco.
—¡Dos rones con cola, mesa cinco! —gritaron desde el otro lado.
—¡Ya va! —respondí sin mirar. Mis manos se movían solas.
Entre una ronda y otra, me repetía como un mantra: Desayuno, a las siete. No falles. Y mientras limpiaba vasos o me deslizaba entre sillas, mi mente volvía una y otra vez a ese traje arruinado. Lo veía en cámara lenta… tienes que mejorar tu atención al cliente, Nyssa.
A la una y media, el ritmo empezó a bajar. Uno de mis compañeros barría vidrios cerca del baño. Otro se fumaba un cigarro en la puerta trasera. Yo apoyé los codos en la barra, masajeándome las sienes con los nudillos. A lo lejos, un viejo cantaba mal una canción en la rocola.
—Tienes pinta de querer largarte a llorar —dijo Sergi volviendo, mientras se sacudía la chaqueta llena de ceniza.
—Quiero... romper algo. Pero estoy muy cansada —le respondí sin abrir los ojos.
Él dejó una taza de café humeante frente a mí.
—¿Quieres contarme, o prefieres seguir masticando sola la mierda?
Le di un trago y cerré los ojos. El café era quemado, fuerte y viejo. Nada en comparación con el olor del café de esta mañana en el Edificio Central K.
—Arruiné un encargo importante esta mañana. Un tipo influyente. Puse el pastel... —suspiré, larga—, bueno, lo aplasté.
Soltó una carcajada rasposa.
—¿Se lo tiraste en la cara?
—No, ojalá. Fue peor. Y ahora me dijo que tengo que ir mañana a llevarle un desayuno... o me lo cobra.
—¿Cobra qué?
—El traje. Le arruiné ocho mil dólares de su traje.
Él silbó bajito.
—Ah... entonces está jodido. Pero, ¿y tú? ¿Lo vas a hacer?
—No tengo opción. Tengo que intentarlo o endeudarme con el banco —mi voz sonó más determinada de lo que me sentía.
Él me miró de arriba abajo y asintió despacio.
—¿Necesitas que te cubra más temprano? Puedo hablar con alguien más, que venga a cerrar. Tienes que dormir algo, Nyss.
Le sostuve la mirada. Ese era Sergi. Crudo, borracho ocasional, pero con alma de hermano mayor para los que sabían aguantar el ritmo. Asentí sin decir más.
—Gracias —murmuré, y me alejé de la barra para ir a la cocina.
Volver a la cocina fue como encerrarme en una caja de vapor. El calor era constante, atrapado entre las paredes grasientas y el zumbido de la vieja heladera.
Me apoyé un momento contra la encimera de acero inoxidable, la frente apenas inclinada hacia abajo. Mis pies me latían dentro de los botines. La suela se había despegado del talón izquierdo, y en cada paso sentía el crujido, como si mi cuerpo quisiera recordarme que estaba sosteniéndome a duras penas.
Saqué una botella de agua de debajo de la mesada. Tibia. Pero igual la tomé como si fuera un manantial fresco. Una gota bajó por la comisura de mi labio y no me molesté en limpiarla.
¿Qué le voy a preparar mañana?
Mi mente, aunque cansada, no podía apagarse. Ideas, imágenes, ingredientes, recetas aprendidas a medias en tutoriales clandestinos que veía en mi celular mientras viajaba en el autobús, otras que me habían enseñado mis padres.
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Editado: 20.07.2026