KIAN HARRINGTON
Trabajar en casa es un concepto ridículo cuando tu casa es una torre de cristal en el centro de la ciudad y cada pared está llena de pantallas, con líneas de datos bajando como lluvia interminable, con informes que se actualizan con cada sensor que he puesto en los aeropuertos, en las calles, en las fronteras, cada paso de cada persona convertido en un número que se suma a mi cuenta, a mis logros, a todo lo que he construido con estas manos y con este cansancio que se me mete en los huesos al final del día.
No hay casa, no hay descanso, solo un espacio más ordenado donde cada mueble se ubica donde debe estar, donde la cafetera me da café amargo a la temperatura exacta y donde los ventanales me recuerdan cada maldita noche que estoy por encima de todos, aunque no lo sienta, aunque no lo quiera.
Los ventanales se llenan de luces, rojas, verdes, blancas, faros que se mueven como luciérnagas mecánicas en el asfalto, aviones que pasan con la panza iluminada, todo ese tráfico de seres humanos que intentan llegar a algún lugar mientras yo estoy aquí, con mi laptop abierta sobre mis piernas, con mi celular vibrando sobre la mesa, con el leve zumbido de las cámaras del sistema de seguridad siguiéndome incluso aquí, porque no confío en nadie, porque confío demasiado en mí mismo y eso es igual de agotador.
La sala huele a café quemado porque olvidé apagar la cafetera hace una hora. El aire está limpio, con ese olor químico de los purificadores que programé para activarse a las once de la noche, cuando el polvo de la ciudad baja con la humedad. Mis zapatos están sobre la alfombra blanca, en perfecto ángulo, porque odio el desorden, porque cada pequeño caos me recuerda que hay cosas que no puedo controlar, como ese celular que sigue vibrando, cada cinco minutos, cada dos, cada treinta segundos, con el nombre de mi abuelo brillando en letras blancas sobre la pantalla negra, una y otra vez.
Me inclino hacia adelante, dejo el café sobre la mesa de vidrio, observo el reflejo de mis manos en la superficie mientras abro otro reporte, mientras leo sobre las ganancias del trimestre, sobre las fluctuaciones de los costos de importación de materiales de sensores, sobre las negociaciones con Singapur que se están retrasando por un detalle en las aduanas.
Todo eso es mío, todo eso es producto de cada noche sin dormir, de cada mañana que amanecí con la misma ropa que usé el día anterior, de cada segundo en que decidí que si no podía cambiar mi destino, al menos me haría lo suficientemente poderoso para que nadie me obligara a aceptarlo.
La vibración vuelve. Otra llamada perdida. Otra notificación.
ABUELO (No Contestar): Kian, contesta.
ABUELO (No Contestar): Kian.
ABUELO (No Contestar): Es importante.
ABUELO (No Contestar): No me ignores.
ABUELO (No Contestar): Sabes que no puedo esperar.
Me paso una mano por la cara, sintiendo la barba de un día raspando la palma, cierro los ojos un segundo mientras me recuesto en el sillón, dejando que la laptop se mantenga en equilibrio sobre mis piernas, el brillo de la pantalla iluminándome las mejillas, los pómulos, ese reflejo que se ve vacío, cansado, con la sombra de mis ojos cada vez más marcada.
No quiero contestar. No quiero escuchar esa voz cargada de autoridad, de expectativa, de decepción. No quiero escuchar su respiración pesada, la forma en que dice mi nombre como si siguiera teniendo ocho años, como si siguiera siendo el niño que me quedé cuando mamá y papá murieron, cuando Damien se fue con ellos en ese avión y llegaron a esa casa que se quemó entre los árboles, cuando las noticias mostraron esas imágenes que no pude dejar de ver en bucle, repitiendo cada toma, cada fuego, cada humo, cada madera retorcida que se convirtió en un ataúd para ellos, y para la vida que debí haber tenido.
Damien era el hijo perfecto que aprendió a saludar a las cámaras con esa sonrisa amable, que se inclinaba para tomar la mano de los ancianos cuando visitaban los hospitales, que sabía el protocolo, que aprendió a bailar con mamá en los salones del palacio mientras yo me escondía en las columnas de mármol, huyendo de las miradas, de las expectativas, de todo lo que se suponía que debía ser.
Yo era el segundo hijo. Yo era el que tenía permitido fallar, el que podía elegir qué ser, el que no tenía que soportar el peso de una corona que nunca quise, que nunca me interesó, que nunca me perteneció. Pero el mundo no pregunta si quieres cargar con algo. Solo te lo pone sobre los hombros y espera que no te rompas.
El celular vibra otra vez y lo ignoro. Abro otro correo, una disputa legal con un proveedor. Una demanda por una patente. Una actualización del equipo de seguridad sobre un posible hackeo que logramos evitar. Esas cosas, por lo menos, puedo controlarlas. Por lo menos, puedo manejar eso. Son números, son acciones, son soluciones. No son expectativas, no son tronos, no son coronas llenas de piedras que pesan más que la cabeza que las carga.
Me levanto, dejo la laptop sobre el sillón, camino descalzo sobre el mármol frío del piso hasta la cocina, abro el refrigerador, saco una botella de agua con gas, la abro con un clack que rompe el silencio, bebo un trago largo mientras miro la ciudad desde el ventanal, esas luces que se estiran como estrellas falsas, este imperio lo hice yo. Con mis manos, con mi cansancio, con mi ambición. Esto no me lo regaló nadie, no fue una corona, no fue un derecho de nacimiento. Fue mío. Fue mío. Mío.
El celular vuelve a vibrar. Lo tomo con un golpe de fastidio, viendo cómo la pantalla se ilumina con ese nombre que no quiero leer más.
ABUELO (No contestar) (LLAMADA ENTRANTE)
#1191 en Novela romántica
#447 en Novela contemporánea
matrimonio forzado realeza, fakedating, matrimonioporconveniencia
Editado: 20.07.2026