NYSSA MORELLI
Me miro las manos mientras espero frente a su puerta, intentando no temblar, intentando no frotar mis dedos uno contra el otro, porque cada vez que lo hago me acuerdo de la harina pegada a mis uñas, de la masa que siempre queda atrapada en la línea de mis cutículas incluso cuando me lavo las manos con agua caliente antes de cerrar la panadería, de ese olor a azúcar y a levadura que parece pegarse a mi piel como un recordatorio constante de dónde vengo, de quién soy, de lo que soy.
No debería estar aquí. No debería estar frente a la puerta de un hombre como Kian, con la caja de desayuno en las manos, con el corazón latiéndome en la garganta como si no tuviera idea de cómo mantenerme en pie cuando su voz grave diga un simple “pasa” y me deje entrar a ese mundo que no me pertenece, que no me corresponde, que no puedo tocar sin ensuciarlo.
El pasillo se siente interminable mientras espero, y cada segundo me pesa en la espalda como un saco de harina de veinte kilos.
El tiempo se detiene mientras espero. Me ajusto la coleta, aunque sé que hay mechones de cabello rubio que se me escaparon mientras acomodaba los bollos en la caja, mientras preparaba el café con la mezcla especial de la panadería, esa mezcla que siempre me recuerda a mi mamá riendo mientras preparábamos café con galletas en la cocina. Cuando la puerta finalmente se abre, la respiración se me corta. Y ahí está él.
Apoyado en el marco de la puerta con un brazo alzado, sujetándola como si no tuviera prisa en moverse, como si no importara que el tiempo pasara mientras yo estoy aquí parada, con mis zapatillas, con un vestido beige, con mis mejillas calientes y mi garganta cerrada. Su cabello oscuro está un poco desordenado, cayéndole sobre la frente de manera que hace que sus ojos se vean más oscuros, casi como si absorbieran la luz del pasillo.
Lleva una camiseta negra que se ajusta a su torso de manera que tengo que apartar la mirada porque no debería estar mirándolo así, no debería estar notando la forma en que sus brazos se tensan cuando se apoya, la manera en que su cuello se mueve cuando traga, la forma en que su mandíbula se marca bajo la tenue sombra de barba que no se ha afeitado aún.
Pero es imposible no notarlo. Es imposible no verlo.
—Llegas dos minutos tarde —dice, con esa voz baja que me recorre la piel como un susurro frío, como el roce del viento en invierno que me corta las mejillas cuando abro temprano la panadería y saco las mesas a la acera.
—Lo siento —digo, con un hilo de voz, intentando mantenerme firme, intentando recordarme que esto es solo un desayuno, que esto es solo una semana, que esto se va a terminar y podré volver a mi vida donde nadie como él existe, donde no hay departamentos con pisos de madera pulida y puertas que pesan tanto que parecen hechas para mantener a la gente fuera.
Él se hace a un lado, abriendo la puerta por completo, y su mirada me recorre de arriba abajo con calma, con una evaluación que me hace sentir que mi ropa son una ofensa a este lugar.
Doy un paso adentro, sintiendo el aire diferente, un aire que huele a madera y a café, pero a un café distinto, un café amargo y caro, que no es el café dulce de la panadería, que no es el café con el que me despierto a las cinco de la mañana cuando abro el local y pongo a calentar el horno.
—Deja eso en la barra —dice él, señalando con la cabeza hacia la cocina abierta que se ve desde la sala.
Camino despacio, mientras me acerco a la barra de mármol negro y dejo la caja con cuidado, como si fuera algo frágil, como si fuera un animal herido que pudiera romperse si lo toco con demasiada fuerza. Él cierra la puerta detrás de mí, y el sonido del seguro deslizándose se siente como un latigazo en mi espalda.
Me quedo allí, de pie, con las manos juntas frente a mí, sin saber qué hacer, sin saber a dónde mirar, mientras él se acerca, mientras su presencia llena el espacio como una sombra, como un peso que no sé cómo sostener.
—¿Qué trajiste hoy? —pregunta, y su voz tiene esa suavidad peligrosa, esa calma que no es calma, esa forma de decir cada palabra como si se tomara su tiempo, como si saboreara cada letra.
—Panecillos de canela con glaseado de vainilla, pensé que hoy podría gustarte algo dulce para desayunar —respondo, intentando mantener mi voz firme, intentando no temblar, intentando no notar cómo sus ojos me observan con esa atención que no debería darme, con esa concentración que parece diseccionarme.
Él asiente, abriendo la caja con calma, y el aroma se eleva en el aire, llenando la cocina con ese olor dulce, con ese olor que me recuerda a casa, que me recuerda a las mañanas con mi mamá, que me recuerda a la seguridad de un hogar. Kian toma uno de los panecillos, lo observa, y por un segundo, su expresión cambia, apenas una sombra en su mirada, apenas un parpadeo, pero lo noto. Como si algo en ese olor, en ese azúcar, en esa canela, le recordara algo que no quiere recordar.
—Huele bien —dice, y se lleva el panecillo a los labios, dando un bocado pequeño, masticando con calma.
Me obliga a quedarme allí mientras come, mientras mastica, mientras traga, mientras toma el café que le traje, mientras todo el mundo parece reducirse a este instante, a este momento en el que estoy de pie en la cocina de un hombre que no debería siquiera conocer, mientras él me observa sobre el borde de la taza con esos ojos oscuros.
—¿Te gusta? —pregunto, porque necesito llenar el silencio, porque necesito hacer algo, decir algo, ser algo más que una estatua en su cocina.
Él baja la taza, dejando que sus dedos se deslicen sobre la porcelana con un cuidado que me parece excesivo, con una delicadeza que contrasta con esa presencia suya que parece hecha de acero.
—Está bien —responde, y por un segundo, solo un segundo, sus labios se curvan en algo que no es una sonrisa, pero que tampoco es su frialdad habitual.
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Editado: 20.07.2026