Bajo La Última Corona

Capítulo 5

NYSSA MORELLI

Son las cinco de la tarde y me duele la cabeza.

No es un dolor agudo, es esa punzada detrás de los ojos que llega cuando he estado de pie desde antes del amanecer, cuando he horneado y limpiado y acomodado pan mientras contaba mentalmente el dinero para pagar a tiempo el recibo del agua. Es ese dolor que se vuelve parte de mí, igual que el olor a azúcar, igual que las manchas de harina en mi suéter, igual que el cansancio que ya no intento sacudirme porque, para qué.

Hoy es sábado, hoy es el último día.

La semana que él pidió se acabó.

Y mientras subo en el elevador del edificio de Harrington, sosteniendo la caja de cupcakes morados que horneé antes de ir a dormir, me repito que está bien, que después de hoy no tendré que volver, que después de hoy no habrá más miradas que me atraviesan, que no habrá más silencios incómodos, que no habrá más café derramado mientras intento no temblar.

Después de hoy volveré a mi rutina sin interrupciones.

Cuando las puertas se abren, camino con pasos firmes, aunque por dentro siento un vacío raro, como si algo dentro de mí supiera que este “último día” es más que solo un día más de entrega. Toco la puerta de la oficina de Kian, esa puerta negra que refleja mi imagen desordenada, y escucho su voz desde dentro.

—Pasa.

Entro, acomodando la caja entre mis brazos. Su oficina está iluminada por la luz de la tarde que se filtra entre las ventanas grandes, tiñendo todo de un dorado suave que hace que el lugar se vea menos frío, menos de catálogo. Él está detrás de su escritorio, revisando algo en una tableta, y me mira cuando cierro la puerta con cuidado.

—Aquí está —digo, levantando la caja un poco, sintiendo la voz áspera en mi garganta de tanto gritar órdenes a los chicos de las entregas en la panadería durante la mañana.

Kian se levanta y camina hacia mí, su camisa blanca arremangada, su reloj brillando con el reflejo del sol que entra, su expresión neutral como siempre, aunque sus ojos se detienen en la caja con un interés que intenta disimular.

—¿Cupcakes morados? —pregunta, arqueando una ceja mientras le entrego la caja.

—Con glaseado de mora y un poco de crema de vainilla —respondo, cruzando los brazos, queriendo evitar ese momento en que mis dedos rozan los suyos mientras él toma la caja.

Coloca la caja sobre su escritorio, la abre con cuidado, mirando los cupcakes como si fueran algo valioso, aunque para mí son solo masa, azúcar, colorante y esfuerzo. Luego me mira, sus ojos oscuros fijos en los míos.

—Siéntate —dice, señalando la silla frente a su escritorio.

Dudo, ¿no debería irme ya?

—No tengo tiempo —respondo rápido, porque la idea de sentarme aquí, en este lugar tan ordenado, con este hombre que parece no tener grietas, me pone nerviosa.

—Solo cinco minutos —insiste, su voz firme, como si no aceptara un no, como si esto fuera una orden y no una petición.

Respiro hondo, dejando escapar el aire por la nariz mientras camino hasta la silla y me siento, cruzando las piernas, abrazando mi bolsa contra el pecho. Miro el reloj en la pared: las manecillas avanzan con un ritmo lento que me hace querer golpear el cristal para que se muevan más rápido.

Kian se sienta también, destapando uno de los cupcakes, observando el glaseado antes de darle una mordida. Se queda en silencio mientras mastica, como si realmente estuviera analizándolo, como si no fuera solo un maldito cupcake.

—Están buenos —dice al fin, limpiándose un poco de glaseado con el pulgar.

—Gracias —murmuro, apartando la vista hacia la ventana.

La ciudad se extiende abajo, con sus techos viejos, sus calles llenas de autos que tocan el claxon, su gente corriendo de un lado a otro con bolsas de mandado, con mochilas escolares, con todo lo que cargamos porque no tenemos a nadie que lo cargue por nosotros. Me duele mirarla, porque es mía, porque soy de ella, porque no puedo escapar aunque a veces lo desee con tanta fuerza que me arde en el pecho.

—Hoy es el último día, ¿no? —pregunta Kian, su voz tranquila, mientras deja el cupcake a un lado.

—Sí —respondo, acomodando la bolsa en mis piernas, sintiendo el borde de la cremallera clavarse en mi mano.

—¿Vas a querer seguir con esto? —pregunta entonces, su mirada fija en mí, como si realmente le importara la respuesta.

Parpadeo. ¿Qué me estaba preguntando? ¡Claro que no!

—No —digo, con una pequeña risa cansada, sacudiendo la cabeza—. No tengo tiempo para esto, Kian. Ni para traer desayunos ni para sentarme aquí. Mi deuda ya está pagada. Solo... hice lo que se suponía que tenía que hacer, como compensación por lo de tu traje.

Él asiente, mirando por un segundo hacia su escritorio antes de volver a mirarme.

—Lo entiendo.

Hay un silencio que se extiende, pesado, miro su escritorio, las carpetas ordenadas, el bolígrafo elegante que descansa sobre una libreta de cuero, la taza de café casi vacía al lado de la computadora. Todo aquí es tan limpio, tan organizado, tan... fácil.

Se acaba el cupcake en silencio, y cuando termina, noto que tiene una mancha de glaseado morado justo en la comisura del labio. Es tan pequeña que podría ignorarla, podría fingir que no la veo, pero algo en mí, tal vez el cansancio, tal vez el absurdo de estar aquí mientras él come un cupcake morado con toda esa seriedad, me hace levantar la mano y señalarme mi propio rostro, tocando el lugar exacto en mi propio labio.

—Tienes... ahí —digo, intentando no reírme, aunque un tirón se forma en mis labios.

Kian levanta una ceja, se pasa el dorso de la mano por el labio, pero falla por un centímetro. Vuelve a intentarlo, y vuelve a fallar. Suspiro, rodando los ojos, y antes de poder pensar demasiado, me levanto de la silla, me inclino hacia adelante apoyando una mano en el borde de su escritorio, y con la otra le limpio la mancha de glaseado de la comisura del labio.




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