NYSSA MORELLI
Mierda.
Eso es lo único que puedo pensar mientras estoy parada frente a la puerta, con su número de piso grabado en letras negras tan limpias, tan exactas que parece que si las toco me voy a cortar los dedos. El cartón del café se me está hundiendo en la mano de tanto apretarlo, con ese frío artificial del aire acondicionado que baja desde los conductos sobre mi cabeza, colándose por el cuello de mi cárdigan que no abrigó nada esta mañana.
Mierda.
¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo terminé con este contrato doblado en cuatro en el bolsillo trasero de mis jeans, sintiendo el crujido del papel cada vez que muevo la pierna, como si fuera una cadena que tintinea a cada paso? ¿Cómo terminé aquí, con el corazón latiéndome en el cuello, con la respiración desordenada aunque el elevador no tuvo la decencia de atascarse esta vez, aunque el trayecto hasta su piso fue tan rápido que me vi reflejada en las puertas metálicas, con mis ojeras como sombras moradas bajo mis ojos que traté de tapar con corrector?
Me miro la mano libre, la que sostiene el contrato, y veo que estoy temblando. Siento el latido en la muñeca, subiendo por el brazo, retumbando en el pecho mirando la puerta. Respiro hondo, el olor a café llenándome la nariz, mezclándose con el nudo ácido que tengo en la garganta.
Pienso en mí, en cómo odio estar aquí, en cómo odio estar tan tentada por esto, en cómo odio que lo necesite.
Levanto la mano y golpeo la puerta, tres veces, con los nudillos, rápido, antes de que pueda arrepentirme.
Escucho un clic, el sonido del pestillo, y la puerta se abre con suavidad. Allí está, con su traje oscuro perfectamente planchado, con su camisa blanca sin una arruga, con su corbata gris que parece un espejo bajo las luces del pasillo. Sus ojos bajan a mi mano, al café, luego al contrato, luego a mi cara, y por un momento, solo un segundo, veo cómo se suaviza esa rigidez de su mandíbula, cómo sus ojos parpadean, cómo una respiración que no sabía que estaba conteniendo sale de su nariz con un pequeño suspiro.
—Buenos días —dice, con esa calma que me pone de los nervios, mientras se hace a un lado para dejarme pasar.
No me muevo de inmediato. Lo miro, sosteniendo el café y el contrato, sintiendo el sudor frío en la palma de mi mano, el latido irregular en mi cuello.
—Mierda —susurro, sin darme cuenta de que lo digo en voz alta.
Una ceja suya se alza apenas, mientras la comisura de sus labios se curva, muy ligeramente, en esa casi sonrisa que nunca se completa.
—¿Mierda porque llegaste? ¿O mierda porque aceptaste? —pregunta, con esa voz tranquila que se cuela bajo mi piel como un latido lento.
Lo miro a los ojos, y no sé qué responder. Porque es ambas cosas. Es todo, es estar aquí, en este pasillo con el café caliente en una mano y el contrato de mi libertad en la otra.
—Pasa —dice, y no es una orden, pero casi lo es.
Él está parado junto a la puerta, en silencio, con las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro, mirándome con esos ojos grises que no se apartan de mí, como si estuviera estudiándome, como si quisiera memorizar la forma en que sostengo el café y el contrato, la forma en que mi respiración es un poco demasiado rápida.
—Puedes dejar el café en la barra —dice, con esa voz tranquila que no se apura, pero que de todas formas me hace sentir como si estuviera expuesta, desnuda en medio de todo ese mármol pulcro.
Camino despacio, con pasos cortos, dejando que el olor del café caliente me envuelva, sintiendo cómo la bolsa de papel que traigo colgada del antebrazo se balancea con cada paso, golpeándome suavemente la cadera, un recordatorio de que no vine con las manos vacías. Siento sus ojos en mí mientras lo hago, y respiro hondo, buscando algo de aire que me calme el temblor de las manos.
Abro la bolsa de papel, sacando el contenedor de cartón con cuidado, colocándolo sobre la barra. El olor a huevos revueltos con cebollín y jamón se mezcla con el del café, un aroma cálido que se siente fuera de lugar en este lugar tan frío y ordenado. Saco otro pequeño envase, con un par de bollos de pan que horneé en la madrugada, cuando el insomnio no me dejaba pegar ojo mientras pensaba en este contrato, en esta cita, en esta locura en la que me estoy metiendo.
—Hay huevos, jamón, un poco de pan... —digo, dejando el envase y apartando la mirada, sintiendo el calor subir a mis mejillas porque suena tan simple, tan pobre comparado con todo lo que él podría pedir a cualquier lugar caro de esta ciudad—. No es gran cosa, pero... es bueno, una receta de mi madre.
Escucho cómo se acerca, sus pasos suaves sobre la madera, y siento el latido en mi garganta, golpeándome con fuerza mientras él se detiene a mi lado, mirando el desayuno que traje.
—Huele bien —su voz no dice más de lo que debe pero que suena sincera.
Asiento, sin mirarlo, mordiéndome el interior de la mejilla mientras el silencio se acomoda entre nosotros. El contrato está aún en mi mano, arrugado, con las esquinas dobladas, lo dejo sobre la barra, al lado del café.
—Necesito que hablemos de esto —digo, alzando un poco la voz, buscando firmeza, aunque mis manos siguen temblando, aunque mi estómago se revuelve con cada palabra.
Lo veo asentir, mientras gira un taburete alto y se sienta frente a mí. Me indica que me siente también, y obedezco, subiéndome al taburete mientras mantengo las manos en el regazo, jugando con mis dedos.
—Dime qué quieres saber —dice, apoyando los codos sobre la barra, entrelazando los dedos mientras sus ojos grises se clavan en los míos.
Respiro hondo, dejando que el aire me llene los pulmones antes de soltarlo en un suspiro largo.
—Quiero entender exactamente qué es lo que quieres de mí —digo, con cuidado, eligiendo cada palabra como si fuera un cristal que pudiera romperse—. Porque esto... —señalo el contrato— no es normal. No es lo que la gente hace. Y no sé por qué lo estás haciendo.
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Editado: 08.08.2026