Bajo La Última Corona

Capítulo 7

KIAN HARRINGTON

No debería estar despierto a esta hora. El reloj en la esquina inferior de la pantalla marca las 2:37 a. m., y aunque parpadeo con fuerza, aunque masajeo el puente de mi nariz con los dedos, aunque recuesto la cabeza contra el respaldo de la silla buscando ese momento de alivio que me permita cerrar los ojos y desconectarme aunque sea unos minutos, la tensión sigue allí, en mi nuca, en mis hombros, en ese latido persistente detrás de mis sienes que me recuerda que estoy aquí, despierto, cansado, y sin embargo incapaz de detenerme.

El monitor ilumina el escritorio con ese brillo azul que me arde en los ojos, proyectando sombras largas en las paredes del despacho, y cada tanto el reflejo del vidrio me muestra mi propio rostro: ojeras oscuras, piel pálida, cabello ligeramente revuelto que no me molesté en acomodar luego de pasarme la mano por la cabeza una y otra vez. Parezco un fantasma, o un muerto con la pretensión de seguir respirando mientras el mundo duerme.

No sé lo que él resto de los hombres de treinta y tres años harán el resto de las madrugadas, pero seguro que no estar frente al portátil buscando esposa, mientras tienes un dolor de cabeza del infierno.

Sobre la pantalla, el listado de nombres sigue allí, inmóvil, esperándome con esa paciencia de los documentos legales que no sienten, que no tiemblan, que no saben de la ansiedad que encoje el estómago cuando pienso en lo que significan. Diecisiete nombres, diecisiete mujeres, cada una con su respectiva fotografía, edad, linaje, conexiones empresariales, historial de salud, inclinaciones personales, hobbies cuidadosamente anotados por mi abuelo y sus asesores para recordarme, una vez más, que el tiempo se acaba, que el imperio Harrington no puede mantenerse sobre mis hombros sin la alianza que el viejo considera necesaria, porque a pesar de que me quiere casar, quiere que sea beneficioso para mí si es que no tengo a alguien más. Siento el impulso de cerrar el archivo, de apagar la computadora y dejar que se pierdan en el vacío de la noche, pero sé que no puedo. No todavía.

Muevo el mouse con lentitud, observando los rostros que me miran desde la pantalla, rostros bonitos, cuidadosamente arreglados para las fotos que seguramente fueron tomadas con este propósito: hijas de empresarios, de políticos, de magnates de tecnología, mujeres hermosas, elegantes, de miradas entrenadas para seducir sin incomodar, para acompañar a un hombre sin opacarlo, para sonreír en las fotos de prensa mientras cumplen con su parte del contrato. Veintiocho años, veintinueve, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres. Edades cercanas a la mía, todas en el rango que el abuelo considera “óptimo”, como si yo mismo fuera un producto que necesita emparejarse con el mejor postor para mantener la etiqueta de excelencia que él ha decidido grabar en mi frente.

Pero lo peor de todo no es la lista en sí, ni las fotos, ni los datos fríos que se amontonan en columnas interminables. Lo peor es la forma en que mi mente, traicionera, se distrae mientras leo las descripciones, mientras paso de un nombre a otro intentando imaginar cuál de ellas sería la mejor opción para sellar las alianzas necesarias que nos permitan absorber esas empresas más pequeñas, fortalecer las líneas de exportación y consolidar nuestra presencia en mercados que se tambalean por la inflación y las nuevas leyes comerciales. Lo peor es que, en medio de todo esto, veo a Nyssa.

No sé por qué demonios la veo, pero ahí está. De pie junto a la isla de la cocina, con esa expresión entre desconfiada y resignada mientras acomoda su mochila en una silla, mientras saca los recipientes de plástico que usa para traer mis desayunos. Con sus manos temblorosas mientras toma la corbata que yo no había notado torcida, mientras la acomoda con tanto cuidado, con tanto esmero, con esa concentración que la hace fruncir apenas el ceño, sin atreverse a mirarme a los ojos mientras sus dedos rozan mi cuello. Siento de nuevo el calor de sus manos a través de la tela, ese momento absurdo en que el mundo pareció detenerse, en que mi respiración se volvió tan lenta que me dolió en los pulmones, mientras veía su rostro tan cerca, su cabello suelto cayendo a un lado de su mejilla, su boca entreabierta en una exhalación contenida.

¿Por qué acepté? Me pregunto, dejando que mi cabeza caiga hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio mientras paso las manos por mi rostro, sintiendo la aspereza de la barba de dos días que olvidé afeitarme, sintiendo el cansancio profundo que se cuela en mis huesos como un veneno lento.

¿Por qué le pedí que viniera a cocinar aquí? No era necesario. No era parte del trato, como ella misma gritó, como si el coraje se le agotara en medio de la frase. Pude seguir recibiendo los desayunos en sus envases, pude seguir pretendiendo que nada cambia, que ella es solo otra pieza de este juego en el que debo mantenerme frío, eficiente, implacable. Pero cada vez que recibía sus desayunos, cada vez que abría la tapa del recipiente y el vapor me golpeaba con ese aroma cálido que llenaba el vacío de la cocina, me la imaginaba allí, en su pequeño departamento, batiendo huevos, cortando verduras, revisando la sal con la yema del dedo mientras la probaba con una expresión concentrada, como si cada pequeño detalle fuera importante.

Y me molestaba. Me molestaba pensar en ella allí, tan temprano, tan cansada, tan sola, cocinando para mí mientras yo dormía un par de horas más antes de volver al trabajo. Me molestaba la forma en que me miraba a veces, on esos ojos que parecen preguntar cosas que yo no quiero responder, que parecen decir “no es justo” incluso cuando sus labios no se mueven.

Me molestaba recordar el temblor en sus manos cuando me acomodó la corbata, el latido en mi cuello tan intenso que temí que lo sintiera a través de la tela, el silencio que nos envolvió mientras sus ojos se alzaban apenas para encontrarse con los míos. Me molestaba, porque no tenía por qué sentir nada de eso.




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