Bajo La Última Corona

Capitulo 8

NYSSA MORELLI

Me sorprende lo rápido que uno se acostumbra a un lugar, incluso cuando ese lugar parece hecho de mármol frío, con ascensores que suben sin un solo temblor y puertas de vidrio que se abren en silencio, como si todo aquí estuviera hecho para no molestar.

La primera vez que vine aquí, con los postres envueltos en una caja y mis manos sudando tanto que casi dejo caer el pedido, sentí que el aire era demasiado pesado, demasiado lleno de algo que no podía ver pero que se sentía como un peso en el pecho. Ahora, casi tres semanas después, ya no salto cada vez que alguien con un traje pasa a mi lado, ya no bajo la vista cuando las recepcionistas me miran de arriba abajo como evaluando si soy una distracción o una amenaza.

Ahora simplemente entro, saludando con una sonrisa pequeña y con el corazón latiendo un poco más lento, más acostumbrada, aunque no tanto como para no sentir el cosquilleo nervioso cada vez que me acerco a ese ascensor de puertas plateadas, cada vez que me veo reflejada en ese metal.

Hoy llevo un vestido amarillo que no planeaba usar. Fue un impulso de último minuto, uno de esos momentos en que te miras al espejo y piensas que tal vez un poco de color te hará sentir más valiente, más capaz, más tú misma.

El vestido es simple, de tirantes anchos, con una falda que se mueve un poco cuando camino, y por un segundo antes de salir de casa me sentí bonita, con las sandalias blancas y el cabello suelto. Pero ahora, mientras estoy aquí con la caja de postres en las manos, esperando que el ascensor llegue al piso donde suelo dejar las entregas para Kian, me pregunto si el amarillo no es demasiado. Si no brilla demasiado en este lugar donde todo es gris, negro, blanco. Donde todo es pulcro, controlado y elegante.

Cuando el ascensor se detiene en otro piso, sube un grupo de hombres con trajes tan bien hechos que casi parecen de otro mundo, hacen que me encoja un poco, pegándome a la esquina mientras sostengo con más fuerza la caja.

Cuando el ascensor sigue subiendo, me doy cuenta de que uno de ellos me mira. Un hombre alto, con cabello oscuro peinado hacia atrás y ojos tan cafés que me cuesta mantener la vista en ellos. No dice nada, pero su mirada se queda demasiado tiempo, subiendo y bajando por mi vestido amarillo, deteniéndose en mis manos, en mi cuello, en mi cara.

Yo me obligo a mirar al frente, contando mentalmente los segundos, tratando de mantener la respiración lenta mientras el ascensor sigue subiendo, deteniéndose un segundo en otro piso antes de llegar.

Me detengo, ajustando la caja entre mis brazos, buscando con la mirada la puerta de la oficina de Kian, esperando verlo salir, esperando ver su silueta alta. Pero no está. Y eso es raro, porque son las cinco de la tarde, y casi siempre, incluso en sus días más ocupados, ya está aquí a esta hora. Tal vez está en otra reunión, pienso, mientras doy un paso hacia la oficina, respirando hondo para calmar el latido de mi corazón que parece retumbar en mis oídos.

Pero antes de que pueda avanzar más, veo a uno de los hombres, el de los ojos cafés que me venía mirando en el ascensor. Sus labios se curvan en una sonrisa que no llega a sus ojos mientras se adelanta un paso, bloqueando mi camino con su cuerpo alto, con sus hombros anchos y su traje perfectamente planchado.

—¿Te perdiste? —pregunta, con una voz tan educada que por un segundo me confunde.

—No, yo... estoy aquí para entregar algo —respondo, mi voz suena más pequeña de lo que me gustaría, y odio que se note que estoy nerviosa.

Su sonrisa se amplía apenas, mientras sus ojos se desvían a la caja que sostengo, como si pudiera ver a través de ella, como si supiera que no es importante.

—Este piso no es para entregas, señorita. Los pedidos se dejan en recepción —dice, y aunque su tono sigue siendo cortés, hay algo en él que me dice que no me está dando una opción, me está dando una orden.

—Yo... es que normalmente le dejo esto directamente a... —mi voz se quiebra un poco, mientras mis dedos se aprietan en el cartón de la caja.

—¿Directamente a quién?

—A Kian —digo, y me doy cuenta demasiado tarde de que debería haber dicho “al señor Harrington” o algo más formal, algo que no sonara tan personal.

Los otros hombres se giran un poco, dejando de hablar entre ellos, y de pronto siento todas esas miradas sobre mí, recorriéndome, analizándome, evaluándome de una forma que me hace sentir desnuda, expuesta, como si estuviera invadiendo un lugar que no me pertenece.

—Ah, Kian —dice el mismo hombre, alargando el nombre como si le divirtiera escucharlo salir de mi boca—. Lo siento, pero si tienes algo para él, debes dejarlo en recepción. Este piso no es para visitas.

—Pero yo... siempre... —intento explicar, mi voz temblando mientras doy un paso atrás, sintiéndome cada vez más pequeña entre ellos.

—No insista, señorita —dice otro, con un tono más firme, mientras da un paso hacia mí, bloqueando aún más el pasillo, creando una barrera de trajes oscuros que me impide avanzar, que me empuja hacia atrás con la simple presión de su presencia—. Por favor, retírese o llamaremos a seguridad.

Trago saliva, mi respiración se acelera, y siento ese ardor detrás de los ojos que odio, ese ardor que significa que estoy a un segundo de llorar si no me controlo, si no respiro, si no me obligo a mantenerme firme. Aprieto más la caja contra mi pecho, tratando de explicarme, tratando de buscar las palabras que me saquen de esto.

—De verdad, yo... no estoy mintiendo, yo siempre le dejo esto personalmente... él... él me dijo que... —no puedo evitar mirar hacia la oficina de Kian, deseando que aparezca, deseando que salga en este momento, porque no sé cómo manejar esto, no sé cómo enfrentar a este grupo de hombres que me miran como si fuera una molestia, como si no tuviera derecho a estar aquí.

Y tal vez tengan razón.




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