Bajo La Última Corona

Capitulo 9

NYSSA MORELLI

Me senté en el borde de mi cama, con las manos temblorosas sobre las rodillas, mirando el suelo de madera gastada, con esas grietas que se han formado con el tiempo, con el frío que se cuela entre ellas cada madrugada y que conozco tan bien que sé exactamente dónde pisar para no lastimarme los pies.

No sé qué hora es, pero afuera la ciudad sigue viva, con las luces lejanas de los autos pasando por la avenida, con un perro ladrando en la calle de al lado, con el murmullo de gente riendo a lo lejos, como si el mundo no se hubiera detenido, como si todo siguiera igual, mientras yo estoy aquí, con las manos aferradas al borde de la cama como si fuera a caer en cualquier momento.

No le di una respuesta.

Salí huyendo.

Lo dejé ahí, parado, con esa expresión en los ojos que no quiero recordar, con esas manos que me sostuvieron mientras lloraba como una niña y yo, como la cobarde que soy, salí corriendo porque no supe qué decir, porque todo dentro de mí gritaba que no podía, que no debía, que esto no era justo, que no podía dejarme ayudar por alguien como él, que no podía aceptar algo que no me correspondía, que no podía abrirle la puerta a algo tan grande cuando apenas sé sostenerme en pie cada mañana.

Me odio por eso, por no poder mirarlo a los ojos y decirle que no, que no puedo, que no quiero, y al mismo tiempo me odio porque una parte de mí quería decirle que sí, que sí, que sí, que estaba tan cansada, tan cansada de luchar sola, de ser fuerte, de fingir que no necesito ayuda, de fingir que puedo con todo.

Me levanto de la cama con un quejido, sintiendo el cuerpo pesado, como si mis huesos se hubieran llenado de plomo durante las horas en que me quedé aquí sentada, pensando, recordando. Camino hacia la cocina pequeña, con el suelo frío bajo mis pies, abriendo el refrigerador para sacar una botella de agua.

No puedo con eso ahora.

No cuando necesito mantenerme firme, mantenerme cuerda, mantenerme funcional para mañana.

Escucho la puerta abrirse y me sobresalto, el vaso casi se me cae de las manos, pero respiro cuando veo a mamá entrando con su abrigo grueso, con las mejillas sonrojadas por el aire de la noche, con esa sonrisa que siempre logra que algo dentro de mí se ablande aunque no quiera, aunque no pueda.

—Nyssa, hija, ¿todavía estás despierta? —pregunta con esa voz suya, que me ha arrullado desde que era una niña.

Me encojo de hombros, dejando el vaso en la mesa mientras trato de sonreír, aunque siento que la sonrisa se me quiebra en el rostro.

—Sí, no podía dormir —digo, con la voz baja, esperando que no note lo hinchados que están mis ojos.

Ella me observa, con esos ojos atentos que siempre ven más de lo que deberían, y se acerca para dejar una bolsa de papel sobre la mesa, el aroma cálido y dulce llenando el pequeño espacio de inmediato, haciendo que mis rodillas se debiliten de golpe.

Rollos de canela.

—Tu padre los preparó para ti —dice mamá mientras se quita el abrigo, colgándolo en el perchero junto a la puerta—. Dijo que te has visto muy cansada estos días, te vendría bien un poco de algo dulce para animarte.

Mis ojos se llenan de lágrimas de inmediato, ardientes, traicioneras, porque no puedo con esto, no puedo con el amor sencillo y honesto que mis padres me han dado toda la vida, con esta forma en que cuidan de mí incluso cuando no lo pido, incluso cuando no puedo agradecerlo de la manera en que ellos merecen.

—Gracias, mamá —digo con un susurro, sentándome en una de las sillas mientras ella se sienta frente a mí, con sus manos entrelazadas sobre la mesa.

Ella no sabe nada de Kian.

No sabe nada de esto.

No sabe nada de mi trabajo nocturno y que he renunciado al Cuervo Negro porque Kian fue tan directo aquella noche que me dejó temblando, con esa mirada fija en mí mientras decía con voz firme que no quería volver a verme trabajar en ese bar, que no quería que yo siguiera sirviendo tragos a hombres que me miraban con ojos sucios, que no quería que yo volviera a ese lugar nunca más. No sabe que renuncié al único ingreso extra que tenía para pagar mis estudios, que ahora todo depende de las horas extras que pueda hacer en la panadería y del dinero que gano cada mañana llevándole el desayuno a Kian, a ese hombre que ahora me pide que sea su esposa mientras yo apenas puedo sostenerme en pie.

No sabe nada.

Y no puedo decírselo. Porque si lo hago, se preocupará, se sentirá culpable.

Mamá toma uno de los rollos de canela y lo parte por la mitad, ofreciéndome un pedazo mientras me sonríe.

—Nyssa... ¿Qué te preocupa, hija? No quiero verte tan cansada. No quiero verte así.

No puedo decirle la verdad.

No puedo decirle que hay un hombre que me está ofreciendo todo lo que siempre soñé, todo lo que siempre quise para ella, para papá, para mí, y que soy tan cobarde que no puedo aceptarlo porque tengo miedo, porque no creo que merezca algo así, porque temo convertirme en alguien que deje de ser yo, que pierda mi dignidad, que pierda todo por lo que he luchado.

Así que respiro hondo, trago el nudo en mi garganta, y sonrío.

—Nada, mamá. Solo estoy cansada —miento, aunque duele, aunque me parte en dos.

No sé cuánto tiempo me quedo sentada frente a mamá, o dice nada por un momento. Me mira. Sus ojos son tan claros, tan llenos de esa paciencia que no comprendo, de esa calma que yo nunca he tenido, y me observa como si pudiera ver cada grieta en mí, y tal vez lo hace. Se levanta despacio, rodea la mesa y se sienta a mi lado, poniendo su mano sobre mi espalda.

—Nyssa, mírame —dice, y logra que mis ojos se llenen de lágrimas, aunque yo no quiera—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo, nena.

Quiero reír, quiero llorar, quiero gritar que no entiende nada, que no puede entender porque no sabe.

—Lo sé, mamá —miento de nuevo, con una sonrisa—. Solo estoy cansada. Mañana tengo que madrugar para preparar el desayuno de... de un cliente que me pidió un encargo especial, y quiero estar descansada.




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