NYSSA MORELLI
Me quedé ahí un momento, sosteniendo el celular con la pantalla apagada, con mi reflejo distorsionado en el vidrio negro, notando el temblor leve en mis manos, un pulso que se marcaba en mis muñecas como un golpeteo.
Solo necesitaba llegar al hospital. Solo necesitaba moverme.
—Iré por las llaves. Te llevo.
Abrí la boca, y por un segundo quise decir que no, que podía ir sola, que podía tomar un taxi, que no quería complicarlo, que no quería arrastrarlo en este torbellino de incertidumbre. Pero no me salieron las palabras, en lugar de eso, solté un suspiro corto.
—Gracias —le dije, y mi voz sonó más baja de lo que quería.
Kian asintió, sin decir más, guardando las llaves en su mano mientras me hacía un gesto con la cabeza para que lo siguiera.
Salimos al pasillo, y escuché mis pasos resonar en las baldosas, un sonido hueco que se mezclaba con el latido de mi pulso mientras Kian abría la puerta y dejaba entrar un aire más frío de lo que esperaba, un aire que me despejó un poco, que me hizo sentir la piel de mis brazos erizándose bajo la tela de mi camiseta.
Caminamos hacia su auto, y sentí el crujir de la grava bajo mis zapatillas, mientras me subía al asiento del copiloto, con Kian cerrando mi puerta antes de rodear el coche para subirse al volante.
Me abroché el cinturón sin mirar, sintiendo el clic del seguro, sintiendo cómo el motor cobraba vida mientras Kian giraba el volante para salir del estacionamiento. Me quedé mirando por la ventana mientras nos incorporábamos al tráfico, dejando atrás la calle donde habíamos estado. En mi cabeza todo era una serie de pensamientos que se cruzaban en desorden: ¿Qué pasa si es algo grave? ¿Qué pasa si mi papá...? Detuve ese pensamiento antes de terminarlo, respirando hondo mientras apoyaba la frente un segundo contra la ventanilla fría.
—Me avisas si necesitas parar, ¿de acuerdo? —tenía las manos firmes en el volante.
Asentí, aunque él no estaba mirando, sintiendo que necesitaba decir algo, cualquier cosa, para no quedarme atrapada en ese remolino de pensamientos que me latía detrás de los ojos.
—Gracias por llevarme.
—No es algo por lo que tengas que agradecerme, Nyssa.
Necesitaba encontrar a mi mamá. Necesitaba ver a mi papá. Necesitaba entender qué estaba pasando antes de imaginar escenarios que me robaran la calma. No me iba a adelantar, me repetí, no me iba a adelantar.
—¿Quieres que llame a alguien más? —preguntó mientras doblaba en una calle que nos acercaba al hospital.
Negué y me quedé observándolo mientras él regresaba su atención al camino, el hospital apareció al final de la calle, con su fachada blanca y los ventanales grandes, con autos entrando y saliendo del estacionamiento. Sentí el latido de mi corazón acelerarse, ese latido que se me subió a la garganta mientras Kian entraba al estacionamiento, buscando un lugar donde aparcar, mientras yo jugaba con el borde de mi manga, con ese impulso de bajar del auto antes de que se detuviera por completo. Cuando por fin detuvo el auto, Kian se giró hacia mí, dejando el motor encendido mientras su mano buscaba mi brazo, apoyando los dedos con cuidado.
—Respira Todo estará bien, ¿de acuerdo?
Lo miré, sintiendo cómo mis ojos se llenaban de ese ardor otra vez, pero no dejé que las lágrimas cayeran. No ahora.
Abrí la puerta y salí del auto, sintiendo el aire frío chocar contra mi piel mientras el cielo seguía con ese gris pesado sobre nosotros, y me permití un segundo de pausa, antes de caminar hacia las puertas del hospital, con Kian a mi lado.
Cuando las puertas automáticas del hospital se abrieron frente a mí, el olor a desinfectante me golpeó con esa mezcla de aire acondicionado. Kian caminaba a mi lado, y de reojo vi cómo observaba cada rincón con ese gesto suyo de alerta cada vez que salía de su propia casa, todo mientras mantenía su mano cerca de mi codo, sin tocarme.
Vi a mi mamá sentada en una de esas sillas plásticas grises, con su bolso a un lado, con la chaqueta de mi papá doblada sobre sus piernas, y por un momento, se me detuvo el aire en el pecho. Tenía el cabello suelto, un poco desordenado, y en su rostro, bajo esa costumbre de madre que se guarda el miedo para que no se desborde, había una línea de preocupación en su frente, una tensión en sus labios que me hizo darme cuenta de que ella había llorado, aunque ahora intentara mantener la compostura. Sus ojos, cuando me vio, se llenaron de alivio.
—Llegaste rápido, Nys —dijo, y su voz tenía un dejo de cansancio—. No tenías que venir tan rápido...
—Mamá, claro que sí —dije, mientras le tomaba las manos con cuidado, sintiendo el frío de sus dedos—. Estoy aquí, ¿sí? Ya no estás sola.
Bajó la mirada un momento, respiró hondo, y cuando levantó los ojos otra vez, se dio cuenta de que Kian estaba detrás de mí, con su chaqueta negra, con unos mechones de su cabello cayendo un poco sobre su frente.
—¿Y...? —preguntó mi mamá, con un gesto de duda mientras levantaba una ceja, un intento de sonrisa que no llegó del todo—. ¿Quién es este muchacho?
Me giré un poco hacia Kian, que dio un paso adelante, con esa postura recta que parecía más una forma de respeto que de tensión.
—Tal vez no es el mejor momento, pero me presento, soy Kian Harrington, señora Morelli —dijo, con un tono que no era ni demasiado formal ni demasiado casual—. Soy amigo de Nyssa. La traje para que no viniera sola y... para que no tuviera que preocuparse por manejar mientras está preocupada por su papá.
—¿Entonces Nyssa si tiene amigos?
—¡Mamá!
—En realidad... —empezó Kian y me tensé—. Una vez hice un pedido a su panadería y cuando Nyssa me lo llevó me aventó los postres.
—¡Oye, ya me disculpé por eso!
—Tus disculpas no quitan que así nos conocimos, princesa.
Mi mamá lo observó un segundo, evaluándolo con esa mirada rápida que usaba para medir a las personas, y luego asintió, dejando escapar un suspiro corto mientras se acomodaba un mechón detrás de la oreja.
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Editado: 08.08.2026