Bajo La Última Corona

Capítulo 11

NYSSA MORELLI

Siempre me gustaron los vestidos blancos. No porque me hicieran sentir más pura o delicada, sino porque tenían algo de honesto, algo de simpleza que me recordaba quién era incluso cuando todo se complicaba. El que había escogido esa mañana, uno de los pocos que conservaba tenía un vuelo que se movía cada vez que caminaba, lo había alargado hasta un poco debajo de la rodilla, porque la última vez que me puse algo más corto terminé con las miradas de medio edificio persiguiéndome mientras subía las escaleras con bolsas de comida. A veces prefería la comodidad de poder moverme sin pensar en si se me veía algo más de la cuenta mientras doblaba para recoger un tenedor.

El vestido se sentía bien mientras bajaba del taxi frente al edificio de Kian. Me acomodé los tirantes finos sobre los hombros, el guardia me miró con esa sonrisa de "ya te conozco" antes de dejarme pasar, y yo simplemente levanté una mano en un saludo rápido mientras el ascensor se abría. Tenía un brillo en los ojos que no me había visto en días. Quizá era la anticipación, quizá era el hecho de que había dormido bien después de tanto tiempo, quizá era la tensión de estar a punto de casarme.

Toqué la puerta de su departamento con dos golpes suaves, respirando hondo mientras mi corazón se aceleraba un poco sin razón aparente. Bueno, tal vez la razón sí tenía un nombre. Escuché pasos acercándose desde dentro, y por un segundo me encontré alisando las arrugas imaginarias de mi vestido, acomodando la cadenita dorada que colgaba de mi cuello como si importara, como si quisiera que él me viera bien. Y cuando la puerta se abrió, me quedé inmóvil.

Kian no estaba completamente vestido. Llevaba un pantalón de chándal gris oscuro que colgaba bajo en su cadera, mostrando ese V marcado que parecía esculpido con paciencia por el mismísimo Dios del gimnasio, y una camiseta negra, de esas suaves que se pegan al cuerpo, arrugada en el borde como si se la hubiera puesto de prisa.

Su cabello estaba ligeramente revuelto, con mechones cayendo sobre su frente, húmedos, como si acabara de salir de la ducha y su mirada. Joder, esa mirada. Somnolienta, oscura, intensa, evaluándome desde la cabeza hasta los pies, pausando descaradamente en mis piernas, subiendo por mis caderas, deteniéndose en el escote modesto del vestido antes de subir a mis ojos, que me hizo sentir un cosquilleo traicionero en la boca del estómago.

Me sonrió, mientras se apoyaba en el marco de la puerta con un brazo, inclinándose ligeramente hacia mí, con ese olor a colonia fresca y algo suyo, limpio, masculino, que llenó el espacio entre nosotros.

—Buenos días, Nyssa.

Me aclaré la garganta, intentando mantener la compostura mientras le devolvía una sonrisa pequeña, cargada de ironía, porque no iba a dejar que supiera lo que me provocaba verlo así.

—Buenos días, Kian. ¿Vas a dejarme pasar o prefieres que te cocine el desayuno aquí mismo en el pasillo?

Sus ojos brillaron un poco, como si disfrutara de la forma en que le hablaba, se hizo a un lado, dejando espacio para que pasara.

El departamento olía a café y a aire fresco, con las ventanas abiertas dejando entrar la brisa de la mañana y ese murmullo lejano de la ciudad que se filtraba entre los edificios. Todo estaba impecablemente ordenado, como siempre, pero con esos toques que delataban que era un lugar habitado: una taza a medio tomar en la barra de la cocina, un periódico doblado en el sofá, un par de llaves sobre la mesa. Caminé directo a la cocina.

—¿Qué estás haciendo?

—Voy a preparar el desayuno. Me dijiste que viniera para desayunar contigo, ¿recuerdas?

Sus ojos se entrecerraron apenas, como si evaluara mis palabras, pero antes de que pudiera decir algo más, sentí sus manos en mi cintura, firmes, cálidas, tan grandes que cubrían casi toda la circunferencia de mi cuerpo, y en un movimiento rápido me levantó del suelo.

Solté un pequeño jadeo, sin poder evitarlo, mientras mi vista subía al techo un segundo antes de sentir cómo me sentaba sobre la silla alta de la isla de cocina, sus manos aún sujetándome mientras quedábamos cara a cara, mi respiración chocando con la suya en la corta distancia.

—Eso era tu trabajo, Nyssa —dijo, despacio, mientras sus ojos recorrían mi rostro, bajaban a mis labios, subían de nuevo—. Cocinar para mí, era tu trabajo. Pero ahora... ahora eres mi prometida.

—¿Perdón?

Su mandíbula se tensó apenas, como si no le gustara que me lo tomara a broma, pero al mismo tiempo, había algo en sus ojos que me decía que estaba disfrutando cada segundo de mi reacción.

—Ahora eres mi prometida —repitió, con un toque de firmeza.

Solté una carcajada, una que llenó la cocina, mientras apoyaba las manos en sus hombros para mantener el equilibrio sobre la silla.

—Prometida falsa. Muy falso, Kian.

—Falso o no, Nyssa, lo aceptaste.

—Lo acepté porque era conveniente —repliqué, inclinándome hacia él apenas lo suficiente para que pudiera ver el destello divertido en mis ojos—. Y porque, siendo honestos, tú eres el único que gana con esto a largo plazo.

—¿El único que gana? ¿Estás segura de eso?

—Yo no estoy aquí para... —hice un gesto con la mano, señalando de forma vaga el espacio entre los dos—... esto. Estoy aquí porque tú necesitabas una solución rápida y yo necesitaba el dinero. Punto.

—Y sin embargo —dijo, con una ligera sonrisa que no llegaba a ser amable—, viniste vestida así.

Bajé la vista un segundo hacia mi propio vestido, ese que me llegaba justo por debajo de la rodilla y un escote que, aunque no era escandaloso, dejaba suficiente piel a la vista como para no pasar desapercibida.

—Es uno de los pocos vestidos blancos que tengo —respondí, encogiéndome de hombros—. No es como si me hubiera vestido para ti.

—No necesitas vestirte para mí. Pero lo tomaré como si fuera así.

—Tienes un ego impresionante, ¿lo sabías?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.