NYSSA MORELLI
Pasamos por avenidas más amplias y luego por calles más angostas, hasta que comencé a reconocer algunos edificios. Y ahí, como un golpe de realidad, me cayó encima lo que me había dicho: "Vamos a la casa de tus padres".
—Es que no... —empecé, y luego me interrumpí a mí misma— no puedo llegar así, Kian. No puedo. Con un vestido blanco, un anillo que parece que gané en una tómbola millonaria y... contigo.
—¿Te avergüenzas? —su tono no era acusador. Era peor: sonaba tranquilo, como si estuviera evaluando cada sílaba que yo pronunciara.
—No es vergüenza, mis padres me van a hacer un interrogatorio digno de la CIA si llego de la noche a la mañana diciendo que me voy a mudar con alguien.
—Te harían el interrogatorio aunque llegues sola y con un registro civil diferente —replicó, y maldita sea, tenía razón.
Cerré los ojos un segundo. Tenía que pensar en un plan. Una excusa creíble. Algo que no involucrara la palabra "matrimonio" ni la frase "trato legalmente dudoso". Pero cada vez que intentaba hilar una historia coherente, me venía la imagen de mi madre abriendo los ojos como platos y de mi padre apretando la mandíbula.
—Bien, dime algo, estratega —dije, volviendo la cabeza hacia él—. ¿Cuál es tu plan maestro para que mis padres no me pregunten por qué voy a empacar media vida en dos maletas y mudarme con un tipo que apenas conocen?
—Ser yo —contestó, sin el más mínimo pudor.
—Eso no es un plan.
—Funciona la mayoría de las veces.
—Sí, claro. Seguro con las madres estrictas de clase media funciona de maravilla.
Pude ver, a unas cuadras, el edificio donde había pasado toda mi vida.
—Nyssa, respira.
—No me digas que respire. Es como decirle a alguien que no piense en elefantes rosados. Ahora solo puedo pensar en elefantes rosados y en que voy a morir.
Lo escuché reír por lo bajo, y eso, de algún modo, me enfureció más y me calmó al mismo tiempo.
—No vas a morir. Vas a entrar, vas a recoger lo que necesites y vamos a salir. Si preguntan, respondemos.
—¿Respondemos? No es como que estemos leyendo el mismo guion.
—No hace falta. Confía en mí.
El chofer se bajó para abrirnos la puerta, y por un instante pensé en quedarme sentada, decir que me sentía mal y pedir que volviéramos otro día. Pero la mano de Kian en mi espalda fue suficiente para recordarme que no había escape fácil.
Tenía el peso del anillo en mi mano izquierda, la manera en que sentía su presencia pegada a mi costado. Y claro, la certeza de que en treinta segundos iba a tener que improvisar la mentira más convincente de mi vida.
Lo peor de todo es que, al llegar a la puerta, pensé: Claro, Nyssa. Porque tu vida estaba demasiado tranquila y normal. Qué bueno que decidiste complicarla así.
Entramos despacio, como si estuviéramos en una misión secreta y no en mi propio edificio.
—¿Siempre es tan silencioso aquí? —susurró Kian, como si de verdad creyera que teníamos que mantener la voz baja.
—No. Pero ahora lo parece porque estás intentando escuchar algo que no deberías escuchar —le respondí igual de bajo, concentrada en abrir la puerta.
La llave giró con ese chasquido familiar, y el olor de mi casa me golpeó de inmediato. Pan recién horneado, café y... bueno, ese ligero toque de canela que siempre se quedaba impregnado en las paredes por la panadería de abajo. No escuché voces ni ruido alguno, lo que significaba que mis padres debían estar trabajando. Perfecto. Mejor oportunidad para empacar antes de que se enteren de que estaba llevándome media habitación de golpe.
Entramos y cerré la puerta con cuidado, como si eso fuera a evitar que el universo se diera cuenta de que estaba a punto de hacer algo que probablemente me iba a traer problemas.
—Sigue —le hice un gesto a Kian para que pasara.
Subimos las escaleras, y cada escalón me recordaba lo absurdo de la situación. Nyssa, subiendo a su cuarto con su... lo que sea que sea Kian, y con un vestido blanco que parecía gritar "acabo de salir de una boda", mientras cargaba la culpa anticipada de tener que explicar todo a mis padres. Lo bueno es que él no decía nada. Lo malo es que no decir nada con Kian siempre significa que está pensando algo que no me va a gustar.
Llegamos a mi habitación y encendí la luz. Todo seguía como lo había dejado: la cama hecha, un par de libros sobre el escritorio, la estantería llena de cosas que había acumulado desde la adolescencia, y ese rincón con mis peluches que, sí, todavía conservaba aunque tuviera más de dieciocho años.
Me giré hacia él, lo señalé con la mano y le di mi mejor mirada de autoridad:
—Siéntate.
—¿Perdón? —arqueó una ceja, como si le estuviera hablando en otro idioma.
—Ahí. En la cama y no te muevas. Ni toques nada —dije con toda la seriedad del mundo.
Hubo un segundo en que pensé que iba a ignorarme, pero para mi sorpresa, obedeció. Caminó hacia la cama, se sentó y apoyó los codos en las rodillas, mirándome con esa expresión relajada que solo era una fachada.
—¿Contenta?
—Mucho. Ahora mantente así mientras empaco.
Me giré hacia el armario y abrí las puertas, sacando una maleta grande que guardaba al fondo. Empecé a meter ropa sin demasiado orden, pensando que después tendría tiempo de acomodar todo en el nuevo apartamento. Pero claro, Kian no podía quedarse en silencio mucho tiempo.
—Tienes más ropa de lo que pensé —comentó, y cuando me giré, lo vi mirando cómo iba llenando la maleta.
—¿Y qué pensaste? ¿Que vivía con tres camisetas y un pantalón?
—No, pero... tienes un estilo más variado de lo que me imaginaba —replicó, y luego señaló con la barbilla hacia la estantería—. ¿Y eso?
Seguí su mirada. Estaba observando una foto mía con mis amigas de la secundaria, enmarcada en un portarretrato rosa con brillantina.
—Eso es... pasado —respondí, volviendo a la ropa.
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Editado: 08.08.2026