Bajo La Última Corona

Capitulo 13

KIAN HARRINGTON

Despertar no fue lo que esperaba. Lo primero que me sorprendió fue que... había dormido. Dormido de verdad, sin interrupciones, sin esos despertares cada hora en los que mi cerebro insistía en repasar cifras, contratos, o el recuerdo de mi abuelo hablándome de deberes y responsabilidades.

Parpadeé varias veces, ajustando la vista al techo conocido. No recuerdo haberme permitido nunca la simple acción de quedarme acostado mirando el techo. Normalmente, mi cuerpo reaccionaba como un resorte apenas despuntaba el día. La agenda, la lista de pendientes, los reportes de la empresa... todo eso era lo que marcaba el ritmo de mis despertares. Pero hoy no y cuando giré apenas el rostro, ví a Nyssa.

Ella estaba al borde del colchón, tan cerca del abismo que me sorprendía que no hubiese terminado en el suelo durante la noche. Parecía haber hecho un esfuerzo consciente por ocupar el mínimo espacio posible, dormía rígida, en una postura que a cualquier otro le resultaría insoportable, con el cuerpo ligeramente encogido hacia sí misma y los brazos pegados al pecho. Hasta en sueños parecía querer recordarse: no te acerques, no te muevas.

Parte de mí sintió la tentación de empujarla suavemente hacia el centro, acomodarla, pero otra parte me recordó que cualquier gesto así sería malinterpretado.

Su cabello rubio se desparramaba por la almohada, con algunos mechones cayéndole sobre la frente. Tenía la respiración tranquila, aunque no profunda. Su pijama de tela fina, de esas que seguramente consideraría "simples", se había subido apenas por el movimiento nocturno, revelando un fragmento de su cintura. Una piel clara, frágil, demasiado fácil de ver. Desvié la mirada por instinto, no porque me incomodara verla, sino porque me incomodaba el efecto que producía en mí observar algo tan íntimo sin que ella lo supiera.

Estuve a punto de girar hacia el otro lado para dejar de mirarla cuando sonó el teléfono. Reaccioné por puro reflejo: me incorporé un poco, busqué a tientas el aparato y lo contesté casi de inmediato, sin mirar siquiera de quién se trataba, solo para silenciarlo antes de que la despertara.

—¿Hola? —dije en un murmullo bajo, consciente de que Nyssa seguía dormida.

Pero lo siguiente me desconcertó.

—¿Nyssa? —era una voz femenina, cargada de preocupación y afecto.

Mierda. No era mi teléfono. La voz no pertenecía a ninguno de mis asistentes, ni a un socio, ni a un miembro del consejo. Era la voz de una mujer mayor, y tardé apenas un segundo en comprenderlo: había contestado el celular de Nyssa. Y la que hablaba, por lógica, solo podía ser su madre.

Tragué saliva, midiendo mis opciones. Lo correcto habría sido colgar de inmediato, fingir que fue un error. Pero lo correcto y lo conveniente no siempre coincidían.

—Eh... —dudé apenas, modulando el tono para sonar neutral—. Buenos días.

—¿Quién habla?

No podía decirle la verdad. Tampoco podía dar un nombre falso, porque tarde o temprano la verdad saldría. Y Nyssa... Nyssa me mataría si descubría que había hablado con su madre a sus espaldas.

—Ayer Nyssa me dijo que estaba con una amiga... Supongo que usted es esa "amiga".

No pude evitarlo: se me escapó una ligera exhalación que rozó la risa. Ironía pura.

—Algo así —admití, aunque mi voz sonó más seca de lo que pretendía.

Hubo un silencio breve, luego una risita apenas contenida al otro lado.

—Entonces, dime... ¿Qué tal está Anselmo?

Por un momento no supe si había escuchado bien. Mi mente repasó la palabra con rapidez, y me encontré paralizado, incapaz de articular palabra. Yo, que podía sostener una negociación de millones sin pestañear, estaba enmudecido por la madre de Nyssa.

—Ajá... —murmuró, divertida—. Ya sabía yo que lo de "Anselmo" era una invención suya. Mi hija es muy mala mintiendo, ¿sabes? Lo hace con una convicción admirable, pero siempre hay un detalle que la delata. En este caso, el nombre y su tembladera constante. Nadie menor de ochenta años se llama así.

Me pasé una mano por el rostro, sin saber cómo reaccionar.

—No tengo idea de cómo responder a eso —admití al fin, con un tono bajo.

—Responde con la verdad.

La verdad, qué concepto tan problemático. No era algo que yo soliera compartir. Mi vida estaba hecha de medias verdades, silencios y frases calculadas para revelar lo justo.

—Digamos que no me llamo Anselmo.

—Lo suponía. Y, por la forma en que hablas, tampoco pareces el tipo de "amiga" que me mencionó.

—No, supongo que no.

—Me alegra, ¿sabes? —dijo al fin, con un tono inesperadamente tierno—. Porque hacía mucho que no escuchaba a Nyssa sonar... distinta. Anoche, cuando me llamó para decirme dónde estaba, su voz tenía algo diferente. Como si estuviera cansada, sí, pero también tranquila. Y eso, créeme, es raro en ella. Hay algo que no sé sobre ella, tal vez no quiera contármelo para no preocuparme, pero si puedes hacer que ella te diga la verdad, con eso me sentiré satisfecha.

—Supongo que tiene sus momentos.

—Todos los tenemos —corrigió ella.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero no era incómodo. Más bien tenía ese aire extraño de las conversaciones... normales.

—Me gustaría conocerte pronto, de verdad. No era mentira lo que le dije a Nyssa: están invitados a cenar cuando quieran. Y espero que se lo tome en serio.

Sentí un nudo en la garganta. Invitado a cenar. Esa era una frase que en cualquier otra circunstancia habría pasado por trivial, incluso innecesaria. Pero yo no recibía invitaciones a cenar. Mis relaciones sociales eran desayunos de negocios, almuerzos, cenas protocolares. Nadie me invitaba "a cenar" porque sí. Y mucho menos la madre de alguien como Nyssa.

—No sé si eso sea... apropiado, señora Morelli.

—Claro que lo es. ¿Por qué no habría de serlo? ¿Acaso es usted un fugitivo de la ley?




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