Bajo La Última Corona

Capitulo 15

NYSSA MORELLI

A papá por fin le habían dado el alta, mamá había prometido contarle sobre lo mío con Kian cuando terminarán de instalarse de nuevo en casa.

Ahora íbamos en el auto, después de una llamada que Kian recibió y estaba algo tenso.

De pronto, sin previo aviso, estiró la mano hacia el tablero y presionó un botón. El altavoz del coche se encendió, y la voz metálica del sistema anunció que la llamada estaba en curso.

—Vanessa —dijo él, y su voz sonó más áspera, más cortante de lo normal, lo que me hizo enderezarme en el asiento.

Del otro lado, una voz femenina respondió al instante, de manera profesional.

—Señor Harrington, estaba esperando su llamada.

—Necesito un vuelo reservado para esta misma noche —ordenó él, con ese tono que dejaba claro que no estaba abierto a negociaciones.

Hubo un breve silencio, lo suficientemente largo para que yo imaginara a la pobre asistente sudando frío frente a su computadora. Luego, la respuesta llegó, titubeante:

—Señor... he estado revisando las opciones desde hace diez minutos, pero todos los vuelos están completos. No hay disponibilidad inmediata.

Yo, en mi infinita ingenuidad, pensé que él iba a aceptar la noticia con resignación. Error de novata.

—¿Cómo que no hay vuelos disponibles? Estás diciendo que en el aeropuerto que yo mismo construí, con mi dinero, con mi inversión, con mis manos metidas hasta el cuello en cada maldito ladrillo, ¿no pueden conseguirme un solo asiento?

Yo parpadeé. ¿Perdón? ¿Acababa de decir que construyó un aeropuerto? Ah, claro, porque ¿qué más da? Yo aquí preocupada por cómo pagar el café y este hombre habla de aeropuertos como quien habla de macetas. Tragué saliva y mantuve la boca cerrada, porque lo último que necesitaba era meterme en medio de su furia.

—Lo que intento decir, señor Harrington, es que todas las aerolíneas reportan ocupación total. He intentado contactar directamente con las privadas, pero...

—No me interesa lo que has intentado. Me interesa lo que vas a hacer. Consígueme un vuelo ahora, Vanessa. Y si tienes que sacar a alguien de su asiento para ponérmelo a mí, lo haces. ¿Entendido?

—Sí, señor —balbuceó ella—. Buscaré otra opción de inmediato.

La llamada se cortó con un pitido seco, y el silencio volvió a caer sobre nosotros. No dije nada en un principio porque conocía la regla de oro: nunca hables cuando un volcán está en erupción. Pero después de unos minutos de silencio, mi boca decidió traicionarme.

—¿Te vas a ir? —pregunté.

—Tengo que hacerlo.

Finalmente, cuando el teléfono volvió a vibrar y el nombre de Vanessa apareció iluminando la pantalla, él pulsó el botón del altavoz.

—Señor Harrington. He conseguido el vuelo y sale en dos horas.

Vi cómo la línea de sus labios se relajaba apenas un poco, lo suficiente para notar que aquella era la noticia que esperaba.

—Bien —dijo él, seco—. Avisa a mis abogados. Ellos viajan conmigo. Quiero que todo esté preparado, sin retrasos.

—Entendido, señor —Vanessa hizo una pausa breve, y yo casi podía imaginarla mordiendo su bolígrafo frente al escritorio—. ¿Desea que reserve solo un vuelo de ida y regreso para usted?

Hubo un silencio que a mí me pareció eterno, aunque en realidad fueron apenas unos segundos. Entonces, con una seguridad que me sacudió, él respondió:

—Serán dos.

—¿Dos? —repitió ella, desconcertada—. ¿Algún inversionista lo acompaña?

—No —su voz bajó un tono, pero no perdió firmeza—. Es para mi mujer. Así que más te vale apurarte, Vanessa.

—Por supuesto, señor. Reservaré de inmediato.

La llamada se cortó, y yo me quedé petrificada en el asiento, con los ojos muy abiertos. ¿Qué había dicho? ¿Que era para su mujer? Yo sabía, obvio, que en papeles lo era, que lo era en la práctica de un matrimonio que nos había caído encima como una avalancha, pero escucharlo decirlo me removió el estómago entero. Quería saborearlo, aunque fuera un segundo. Mi mujer. Como si yo le perteneciera de una manera que iba mucho más allá de una firma en un contrato.

El edificio se alzó frente a nosotros, la sede principal del Harrington Group. El nombre estaba grabado en letras metálicas que brillaban con la iluminación artificial, como si fueran la firma de un dios moderno presidiendo el mundo de los mortales. Sentí que se me apretaba el pecho al verlo. Ese era su reino, su territorio, su imperio.

Me aclaré la garganta y forcé mi voz a salir.

—Puedo esperar aquí —dije, intentando sonar casual, como si me pareciera lo más lógico del mundo quedarme en el Audi en vez de atravesar aquel edificio donde seguramente todos me mirarían como si fuera un intruso—. Además... estoy cómoda.

Esperaba que aceptara mi sugerencia, que simplemente me dejara allí y subiera solo a arreglar su emergencia. Pero claro, ese no era Kian. Ese hombre jamás dejaba que nadie decidiera por él, y menos yo.

Sin pronunciar una sola respuesta, bajó el freno de mano, salió del coche con un movimiento rápido y vino hasta mi puerta. Yo lo seguía con los ojos, el corazón en la garganta, mientras pensaba que quizá se iba a limitar a cerrar con seguro y largarse sin mí. Pero no.

Tiró del manillar y abrió mi puerta con un gesto firme. Su mano se apoyó en el marco, inclinándose apenas hacia mí.

—Vamos.

Tenía la absurda esperanza de que si me hacía la estatua, él se cansaría. Pero no.

—Nyssa, no me hagas repetirlo.

Y yo, que era experta en decir "no" por deporte, descubrí que en su voz había algo que anulaba mi resistencia. Tomé su mano, bajé del coche, y el aire helado del estacionamiento me golpeó de inmediato. El saco sobre mis hombros me protegía, pero era inevitable sentir que estaba saliendo de una zona segura para entrar de lleno a otra.

Avanzamos juntos hacia el ascensor privado y por un segundo me vi a mí misma: el cabello rubio cayendo desordenado sobre el saco negro con las mejillas encendidas por los nervios. Y a él, de pie a mi lado, erguido como si llevara el peso del mundo en sus hombros y aún así supiera cargarlo sin inmutarse.




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