NYSSA MORELLI
Sobre la mesita baja, al lado de la cama, había una bandeja impecablemente servida. Jugo de naranja, café humeante, pan, frutas frescas cortadas con perfección y un pequeño plato de huevos revueltos con hierbas.
¿No podía limitarse a ser el hombre frío que firmó un contrato conmigo y nada más?
Me acerqué despacio, me senté en la cama, todavía con el cabello húmedo, y alargué la mano hacia el jugo. Pero justo en ese momento, el celular vibró en la mesita de noche.
Lo tomé casi de un salto, con los dedos temblando, y deslicé la pantalla para responder.
—¿Papá?
—¡Nyssa! —su voz cargaba esa mezcla de preocupación y enojo—. ¿Qué demonios estoy leyendo?
Parpadeé varias veces, sin comprender.
—Tu mamá acaba de decirme que tienes novio. Y no solo eso, ¡me encuentro con una revista en la que apareces besándote con un hombre!
Tragué saliva, sintiendo que todo el café caliente de la bandeja se me atragantaba en la garganta sin siquiera probarlo.
—Papá... —intenté, pero él me interrumpió enseguida, cada palabra más alterada que la anterior.
—¿Se puede saber qué está pasando contigo? ¿Qué hacía tu fotografía ahí? ¿Quién demonios es ese tipo? Porque si lo que estoy leyendo es cierto, si de verdad ese hombre es un Harrington...Nyssa, dime que no estás metida en algo que no puedas controlar.
—Papá, escucha...
—¿Qué tengo que escuchar? ¿Que mi hija está de la mano con un millonario que controla medio país? ¿Que todos hablan de ti en este momento y yo soy el último en enterarme? ¡Por Dios, Nyssa, dime que no es lo que parece!
—No es tan grave como lo estás imaginando. Es complicado.
—¿Complicado es lo mejor que tienes para decirme? Nyssa, soy tu padre. No puedes ocultarme algo así. No puedes dejarme afuera de tu vida de esa manera.
—Dijiste que Kian te había caído bien...
—Sí, Nyssa, claro que me cayó bien. Pero eso no significa que confíe en ellos al punto de aceptar que mi hija aparezca de la nada en la portada de una revista, besándose con un hombre que ni siquiera sabía que estaba en tu vida. ¡No es lo mismo que charlar diez minutos en una habitación de hospital!
—No te lo dije antes porque acababas de salir de la operación. Estabas débil, agotado, y lo último que quería era darte más preocupaciones.
Hubo un silencio al otro lado. Un silencio largo, pesado, que me hizo cerrar los ojos con fuerza y apretar el celular contra la oreja, como si con eso pudiera estar más cerca de él.
—Papá... Yo no quería mentirte. Solo pensé que era mejor esperar a que estuvieras más fuerte, a que pudieras escucharme con calma, a que no fuera un golpe en medio de tu recuperación. ¿De verdad crees que yo iba a ponerte en riesgo? ¿Que iba a hacerte pasar por un disgusto así mientras estabas convaleciente?
—Nyssa...
—Tú mismo dijiste que era simpático, que te había dado confianza. ¿Recuerdas? Él... él me apoyó cuando más lo necesitaba. No estoy diciendo que sea fácil, ni que lo entiendas de inmediato, pero sí que no es alguien que quiera hacerme daño.
—No quiero abrir el periódico un día y descubrir que todo esto te destruyó sin yo haber podido hacer nada. No voy a presionarte más... Solo prométeme que, pase lo que pase, no vas a olvidarte de que tienes un hogar. De que tienes un padre.
—Nunca lo olvidaría —respondí, con lágrimas en los ojos.
—Bien. Te quiero, mi pequeña Nyssa.
—Yo también te quiero, papá.
El sonido de la puerta abriéndose me sobresaltó. Rápidamente me sequé las lágrimas con la manga del suéter, intentando borrar cualquier rastro de la conversación con papá. No quería que Kian me viera con los ojos rojos ni con la voz quebrada.
No se veía cansado, aunque seguramente lo estaba, porque llevaba horas lidiando con reuniones, llamadas y documentos.
—Buenos días.
Yo no contesté. Masticaba despacio, obligándome a tragar el bocado aunque la garganta se me cerraba. Mi corazón estaba demasiado sensible, demasiado expuesto, como para soportar otro intercambio con él.
Caminó hasta servirse un vaso de agua. Tomó un sorbo, dejó el vaso en la mesa y se acercó un poco más.
—¿A dónde quieres ir hoy? —preguntó, como si nuestra vida realmente fuera un viaje de placer en una ciudad desconocida.
Tragué saliva, dejé el tenedor en el plato y respiré hondo antes de levantar por fin la vista hacia él. Su mirada era intensa, demasiado fija, y tuve que armarme de valor para decir lo que llevaba minutos repitiéndome en la cabeza.
—Quiero regresar a casa.
—¿Regresar? ¿Por qué?
Apoyé los codos en la mesa, cubriéndome un poco la cara con las manos antes de responder.
—Porque no tengo más ánimos, Kian. No quiero estar aquí. No quiero fingir que esto es un paseo ni una luna de miel ni nada. Estoy cansada. Si necesitas arreglar lo de tus permisos, hazlo tú solo.
—Los permisos todavía no están resueltos. La reunión de hoy es precisamente para destrabar todo eso. No puedo dejar las cosas a medias.
Me encogí de hombros, cansada, con los ojos pesados.
—Pues entonces quédate tú. Yo me regreso.
Lo vi cerrar los ojos un instante contenerse, como si estuviera decidiendo si responder con dureza o con calma.
—Está bien. Mañana volveremos.
Lo miré confundida. No había esperado que aceptara tan rápido.
—¿De verdad?
—Sí. Pero hoy... hoy te quedas aquí. Haz lo que quieras: duerme, descansa, sal de compras, pasea por la ciudad. No me interesa, solo espera a mañana.
Él se acercó al escritorio, sacó algo de su billetera y lo dejó sobre la mesa frente a mí. Una tarjeta. Negra, brillante, con los números apenas visibles y su nombre grabado en letras plateadas. Ni siquiera necesitaba mirarla dos veces para saber que era una de esas tarjetas que no tienen límite de gasto, las que solo entregan a multimillonarios, a gente que se mueve en un universo inaccesible para personas como yo.
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Editado: 31.08.2026