NYSSA MORELLI
—Oye, Kian —aún no nos habíamos levantado de la cama, por lo que estabamos cada uno en su extremo.
—¿Mm?
—No nos conocemos.
—Nos conocemos lo suficiente.
—Mentira —repliqué—. Sabemos los nombres, sabemos que tu abuelo nos vigila como halcón, y sabemos que yo soy irritante y tú eres insoportable. Fin. Así que… tenemos que hablar.
—¿Hablar?
—Sí, ¿o qué? ¿Prefieres tres años de silencio incómodo? Porque aviso: yo hablo hasta con las paredes.
—Ya me di cuenta... Está bien, hablemos.
Sonreí, aunque él no podía verlo.
—Perfecto. Empecemos con lo básico: ¿cuál es tu comida favorita? Uno no puede estar casado sin saber qué come el otro. Así que, responde.
—Filete a la pimienta.
—¿Y bebida?
—Whisky.
—Lo sospeché. Yo soy más de limonada de cereza.
—Lo sospeché.
—Ahora, tu turno. Pregunta lo que quieras.
Tardó unos segundos, pero lo hizo.
—¿Qué soñabas ser de niña?
Me sorprendió. Esperaba que me preguntara algo superficial, pero no.
—Bailarina. Siempre quise bailar. Pero nunca tuve el dinero para las clases, así que bailaba sola en mi cuarto, imitando videos de internet.
—¿Y aún bailas?
—A veces. Cuando nadie me ve.
Guardé silencio unos segundos, hasta que decidí romperlo con otra pregunta absurda.
—¿Tienes alguna fobia?
—No.
—Ajá. No me mientas. Vamos, Kian, todos tenemos algo. Arañas, alturas, payasos…
—Ninguna.
—Eres aburrido.
—No soy aburrido. Solo no temo a nada.
—Eso dices, pero ya veremos.
Le pregunté su color favorito (Verde), su película favorita (no quiso admitirlo al principio, pero terminé sacándole que era “Terminator”), su lugar soñado para viajar (Islandia, porque “los paisajes parecen de otro mundo”).
Yo también compartí lo mío: que me gustaban los atardeceres naranjas y rosados, que lloraba con películas animadas, que soñaba con visitar Grecia algún día. Y en medio de todo eso, el tiempo fue pasando.
—Deberíamos levantarnos —murmuré al fin, con un bostezo—. Hoy vienen los D’Aubigny, ¿recuerdas?
Él soltó un gruñido bajo.
—No quiero.
—Ni yo. Pero si tu abuelo nos encuentra aquí tirados, seguro le dará un ataque y eso es peor.
Al final, me giré despacio, quedando de cara a él por primera vez en toda la mañana. Y sí, estaba despeinado, con los ojos aún cargados de sueño, y se veía… bien. Muy bien. Tanto que tuve que desviar la vista antes de que notara cómo me quedaba embobada.
Me incorporé, estirándome con un quejido.
—Bueno, ogro. Hora de empezar el día.
—Ogro, ¿eh?
—Sí, y yo soy la princesa. Encaja perfecto.
Se inclinó un poco hacia mí, con esa media sonrisa que me revolvía el estómago.
—Entonces… quédate en mi cama, princesa.
Tragué saliva, fingí rodar los ojos. Y me levanté rápido antes de responder algo de lo que pudiera arrepentirme.
—Ni lo sueñes.
Caminé hacia el balcón, intentando disimular mi sonrisa, me giré y vi que Kian ya estaba de pie, desperezándose como si el día no le pesara nada.
—Vas a cambiarte, ¿no? —preguntó, mirándome de arriba abajo.
—Obvio. No voy a recibir a los D’Aubigny en pijama.
Entré al vestidor pequeño que habían habilitado en la suite y busqué rápido lo que había dejado colgado la noche anterior. Después de tomar un baño, llevaba puesto un atuendo color amarillo pastel, ideal para un día soleado, compuesto por un minivestido sin mangas, la falda del vestido es corta y con vuelo, lo que le da un aspecto juvenil, justo lo que quería.
Y como nunca sabía cómo se comportaría el clima, me coloqué un cárdigan de punto de color amarillo muy claro, que combina perfectamente con el tono del vestido.
Cuando salí, él estaba terminando de abrocharse los puños de la camisa negra. La luz de la mañana le acariciaba el rostro y por un segundo tuve que recordarme respirar.
—Bueno, ya estoy lista. Vámonos.
Él sonrió apenas, ese gesto suyo que era mitad burla, mitad complicidad.
—Te falta algo.
—¿Cómo que me falta algo? —repuse, girándome para mirarme en el espejo grande de la pared—. No, mira: vestido, sandalias planas, suéter. Todo en orden.
—No, princesa. Ven.
Y antes de que pudiera protestar, tomó mi muñeca con suavidad, guiándome hacia el otro extremo de la suite. Yo iba quejándome, claro, porque odiaba que me llevara como si supiera exactamente qué hacer conmigo.
—Kian, en serio, ya estoy… —me quedé en silencio cuando él abrió una puerta doble que yo había jurado que era solo un armario común.
No era un armario. Era un universo entero.
Mis ojos se abrieron tanto que seguro parecía caricatura. Frente a mí se extendía una habitación entera convertida en vestidor. Filas de vestidos, blusas, pantalones, abrigos. Estantes interminables de zapatos de tacón, botas, zapatillas. Y lo que más me dejó sin palabras: una pared cubierta de bolsos de todos los tamaños y colores, perfectamente acomodados. Encima de otra mesa, hileras de gafas de sol, bandejas con collares, pulseras, pendientes. Todo ordenado, todo dispuesto… ¿todo mío?.
—Qué… —mi voz salió entrecortada—. ¿Qué es esto?
—Tu armario —respondió con naturalidad, como si no hubiera nada de extraordinario en lo que acababa de mostrarme—. Mandé traer tu ropa del apartamento y agregué algunas cosas más.
—¿Algunas cosas más? ¡Esto parece una boutique de lujo!
—Pensé que te haría falta variedad.
—¿Variedad? —solté una risa incrédula, caminando entre los estantes, tocando apenas—. Aquí hay bolsos que cuestan más que un semestre entero de universidad.
—Y combinan con tu falda —señaló uno pequeño, que reposaba en la repisa central.
Abrí la boca, luego la cerré. Y al final no pude evitar reírme.
—Eres un maniático. No tenías por qué hacer esto, tengo bolsos.
—No es de marca.
#235 en Novela romántica
#87 en Novela contemporánea
matrimonio forzado realeza, fakedating, matrimonioporconveniencia
Editado: 31.08.2026