Bajo La Última Corona

Capitulo 18

NYSSA HARRINGTON

Hace bastante tiempo que había pasado la hora del almuerzo y no había alcanzado a comer nada. Kian estaba ocupado, enterrado en sus documentos de Harrington Group, y yo había decidido no interrumpirlo con algo tan trivial como mi estómago gruñendo. Qué noble soy, ¿verdad? Si alguien me ofrecía en ese instante una pizza, probablemente le juraba amor eterno.

—Estás inquieta —comentó Kian sin apartar la vista de los documentos.

—Estoy muriéndome de hambre, que no es lo mismo. Yo aquí, consumiéndome, mientras tú... —hice un gesto vago hacia sus papeles— ...te entretienes con esas hojas aburridas.

—Esos "papeles aburridos" mantienen tu techo sobre la cabeza.

—Nuestro techo —lo corregí—. De todas formas, quiero bajar a la cocina.

—¿La cocina?

—Sí. Nunca he ido y ya extraño cocinar. Algunos mortales nos relajamos picando ingredientes y revolviendo una sartén.

—Está bien. Baja a la cocina.

Sonreí como una niña a la que acaban de decirle que puede correr en un charco de barro. Pero, antes de levantarme, no pude evitar soltar la pulla.

—Aunque deberías descansar un poco, ¿sabes? Te vas a envejecer rápido, anciano.

El gesto en su cara fue un poema.

—Te recuerdo que me llevas diez años, eso te pone en la categoría de casi fósil.

Él me atrapó la muñeca en un movimiento rápido, y tuve que contener una carcajada al ver cómo me sostenía con ese gesto que decía ¿quieres jugar?.

—Diez años no es nada.

—Díselo a tus canas —rebatí yo, aunque no había ninguna en su cabello oscuro.

Su risa me persiguió mientras salía de la habitación, al entrar a la cocina, me encontré con las empleadas ocupadas en sus labores habituales.

—Buenos días, ¿necesitan ayuda con algo?

Las empleadas me miraron con sorpresa, negando rápidamente. Vale, yo no era una inválida que no sabía hacer nada, solo porque me daba miedo dañarme el diseño de mis uñas. Así que volví a insistir.

—Usted debería descansar, señorita. No es necesario que esté aquí —respondió con amabilidad una de las mujeres.

Suspiré y me recogí el cabello en una coleta.

—Tal vez puedo parecer alguien que no le gusta hacer este tipo de cosas, pero me crie con mis padres en una panadería, así que este definitivamente es mi ambiente.

Las empleadas intercambiaron miradas, evidentemente indecisas sobre si darme una respuesta positiva, hasta que sonrieron y asintiendo me pasaron algunos ingredientes para comenzar a picar.

Cuando la comida estuvo lista, sugerí hacer un pastel como postre para el almuerzo, apenas eran las nueve de la mañana, así que estaría listo a tiempo.

No importaba si estaba casada con Kian o no, eso no significaba que debía olvidar mis raíces o ser mala con ellas. Algunas de las personas me ayudaban con encontrar los ingredientes, de tantos estantes, era imposible ubicar todo para comenzar a preparar la receta.

La puerta de la cocina se abrió de golpe, interrumpiendo mis pensamientos y Arthur entró sonriendo.

—¿Cocinando con las empleadas? Señorita Nyssa, técnicamente es una princesa, aunque el señor Benjamín no ha hecho la fiesta, no deberías estar haciendo esto.

—No veo nada de malo en esto. Me gusta ayudar y, además, hace bastante que no cocino. Extrañaba esto.

Antes de que pudiera responderme, alguien más entró en la cocina, ¿Por qué mi día tenía que comenzar viendo la cara de Mackenzie?

La puerta se cerró tras de ella con un golpe seco, y el murmullo de las empleadas se apagó como si alguien hubiera apagado la radio. Esa mujer tenía un talento especial para absorber el aire de cualquier sala.

—Vaya, vaya... ¿Qué tenemos aquí?

Me crucé de brazos, con la frente ligeramente en alto.

—Qué conmovedor. La señorita solo se hace la amable para intentar obtener un poco de la atención de Kian.

No era la primera vez que escuchaba esas insinuaciones —las "mujercitas que quieren ganar puntos con el gran señor Harrington", Arthur, en cambio, suspiró pesadamente y rodó los ojos con fastidio.

—Señorita Mackenzie... ¿No se cansa de hablar de Kian cuando no está presente? Empieza a sonar a obsesión.

Las empleadas enmudecieron, como si acabara de caer un rayo en la cocina. Mackenzie se giró hacia él con un movimiento lento, afilado, como quien acaba de escuchar una blasfemia.

—¿Perdón

—Digo, si cada vez que entra a un cuarto su tema favorito es Kian, cualquiera pensaría que está obsesionada.

Un par de risitas nerviosas escaparon de las empleadas, y yo tuve que cubrirme la boca con la mano para no soltar la carcajada entera. Mackenzie, en cambio, parecía debatirse entre estallar en gritos o conservar su fachada elegante.

—Arthur, deberías recordar a quién le hablas.

—Lo recuerdo perfectamente, al igual que también recuerdo para quién trabajo y quién tiene mi lealtad.

Yo parpadeé, sorprendida. Mi primera reacción fue arquear una ceja, incrédula, porque Arthur... ¿defendiéndome con esa seriedad? Vaya.

Mackenzie se quedó boquiabierta, su rostro enrojeciendo de indignación. Sin decir más, giró sobre sus talones y salió de la cocina con pasos apresurados.

—Fue... glorioso.

Él se encogió de hombros, como si hubiese hecho lo más natural del mundo.

—Alguien tenía que decirlo. Y sinceramente, señorita, usted no debería desgastarse por tonterías como esas.

—¿Me está diciendo que me defiende porque... le divierto?

—Exactamente. Considérelo un servicio extra de mi contrato.

Las empleadas soltaron nuevas risitas, y yo rodé los ojos, aunque no pude evitar reírme con ellas.

Mis manos se llenaron rápidamente de la fina harina, y antes de darme cuenta, mi camisa y mis pantalones estaban salpicados de harina, a pesar de mis esfuerzos por mantenerme limpia.

Me aparté de la mesa, buscando la levadura hasta que mis ojos se posaron en el estante más alto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.