Bajo La Última Corona

Capitulo 20

KIAN HARRINGTON

Estaba en el jardín trasero del castillo, las tablas del suelo estaban desgastadas por décadas de pasos, de reuniones familiares y de las interminables discusiones sobre el festival anual que mi abuelo organizaba con una devoción que rayaba en lo religioso.

Yo, por mi parte, estaba aquí solo por él, porque cuando Benjamín Harrington te pedía un favor, no importaba que fueras el CEO de una empresa multimillonaria o que tu agenda estuviera más apretada que un tambor, simplemente no decías que no. Y así, aquí estaba, con una tableta en la mano, revisando listas de proveedores, permisos municipales y cronogramas de eventos, mientras mi abuelo, sentado en su mecedora favorita con un café que probablemente estaba frío desde hacía horas, me miraba.

—Kian, muchacho, si sigues frunciendo el ceño así, vas a necesitar bótox antes de los cuarenta. Relájate un poco, esto es un festival, no una fusión corporativa. La gente viene por el pan, las luces y las historias, no por tus hojas de cálculo.

Solté un bufido, ajustando mi postura en la silla de madera que crujió bajo mi peso. Mi abuelo había insistido en que el festival de este año sería especial, el trigésimo desde que él lo fundó, y necesitaba "manos jóvenes" para asegurarse de que todo saliera perfecto. Manos jóvenes, claro, como si a mis treinta y dos años no estuviera ya lidiando con suficiente presión para mantener el imperio Harrington a flote.

—Abuelo, si esto fuera una fusión, ya habría terminado hace horas. Pero entre coordinar las carpas de comida, lidiar con el tipo de los fuegos artificiales que jura que su nuevo espectáculo "cambiará vidas", y asegurarme de que la banda no toque otra vez canciones de los Beatles en versión horrible, estoy empezando a pensar que el consejo es más fácil de manejar que este circo.

No me malinterpreten: quiero al viejo, lo respeto, pero si alguien me hubiera dicho que a mis treinta y dos años iba a estar discutiendo sobre dónde poner la tarima para los bailarines folclóricos y cuál era la mejor esquina para el puesto de churros, habría jurado que era una broma del destino.

Benjamín, en cambio, parecía disfrutar cada maldito segundo. La paciencia no es mi mejor virtud, nunca lo fue, pero por él... bueno, por él hago excepciones. El problema es que Benjamín tiene ese talento irritante de hacerme sentir como un niño de cinco años que debe portarse bien porque papá lo está mirando.

—Oh, vamos, Kian. El festival es tradición, no un circo. Además, te hace bien salir de tu oficina de cristal y ensuciarte un poco las manos. Aunque, si me preguntas, creo que lo que realmente te tiene de mal humor es que preferirías estar en la gala con esa esposa tuya. ¿Cómo está Nyssa, por cierto? ¿Ya la domesticaste, o es ella la que te tiene a ti dando volteretas?

—Va bien, abuelo. Lo normal —respondí, manteniendo mi tono neutro, como si estuviera dando un informe trimestral y no hablando de la mujer con la que había firmado un contrato matrimonial que, en teoría, debía ser solo una transacción.

Pero incluso mientras lo decía, sentí una punzada en el pecho, porque "lo normal" no comenzaba a describir lo que estaba pasando con Nyssa, no después de nuestra última llamada, tal vez porque, en el fondo, la idea de Nyssa llevando mi apellido, incluso si era solo un acuerdo, empezaba a sentirse... diferente.

—Mira, Kian —empezó, acomodándose en la silla como si fuera a soltarme un sermón de tres horas—, yo te conozco desde que naciste. Tres décadas viéndote crecer, meterte en problemas, salir de ellos con cara de "yo no fui", trepar árboles, romper huesos, construir tu propio imperio solo, y luego... casarte. Y, vamos a ser honestos, yo nunca pensé que ese día llegaría.

Yo lo miré, arqueé una ceja y respondí con sarcasmo.

—Gracias por la fe, abuelo. De verdad, tu confianza me conmueve.

—No, no lo entiendas mal. Lo que nunca imaginé... fue verte así.

—¿Así cómo? —pregunté, aunque ya intuía la trampa.

—Ese matrimonio tuyo no fue amor a primera vista, eso lo sé desde el principio, pero jamás pensé que te vería tan... domesticado. Tan atrapado por una mujer.

—¿Domesticado?. Abuelo, lo único que me tiene atrapado ahora mismo eres tú y este festival absurdo, un evento que básicamente es una excusa para que la gente coma demasiado y se queje del calor.

—Oh, no me cambies el tema, muchacho —dijo, señalándome con un dedo huesudo pero firme, su mecedora crujiendo mientras se inclinaba hacia adelante—. Puedes quejarte todo lo que quieras sobre el festival, pero no me engañas. He visto cómo hablas de Nyssa, cómo se te ilumina la cara cuando mencionas su nombre, aunque intentes disimularlo con esa fachada de ejecutivo frío que te gastas. ¿Sabes qué? Me gusta. Ella tiene chispa, esa chica. No es de las que se quedan calladas ni de las que se deslumbran por tus millones. Eso es bueno para ti. Te mantiene con los pies en la tierra.

Me froté la nuca, un hábito que siempre aparecía cuando estaba incómodo, y miré hacia el horizonte.

—No estoy atrapado, abuelo. Nyssa es... complicada, pero en el buen sentido. Es fuerte, más de lo que la gente cree. Solo estamos... viviendo esto juntos, ¿de acuerdo? —era lo más cerca que iba a llegar a admitir que Nyssa me tenía descolocado, que estaba erosionando las líneas que yo mismo había dibujado entre nosotros.

—Está bien, no te presionaré... por ahora. Solo recuerda que el amor, o como quieras llamarlo, no es una fusión corporativa y no se trata de controlar todo. A veces, tienes que dejar que las cosas se desordenen un poco. Y algo me dice que Nyssa es justo el tipo de desorden que necesitas.

—Hablando de desorden, si no consigo que el proveedor de las luces entregue a tiempo, vamos a tener un montón de gente enojada mirando un campo oscuro en lugar de tu "espectáculo inolvidable".

—Las luces llegarán, Kian, siempre llegan. Pero si quieres mi consejo, dedica un poco de esa energía tuya a planear algo para Nyssa en lugar de preocuparte por las bombillas. Llévala a un lugar bonito, como este festival. Ella lo apreciaría, ¿sabes? Una noche bajo las estrellas, comiendo algodón de azúcar, escuchando a los músicos locales destrozar canciones clásicas.




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