Bajo La Última Corona

Capitulo 21

NYSSA MORELLI

Lo primero que llegó a mí fueron las voces, no podía distinguirlas del todo, pero una voz, grave y firme, cortaba a través del resto.

Mis párpados pesaban, no sentía el ardor en la garganta, ni esa opresión asfixiante que me había robado cada aliento en medio del humo.

Una línea de luz blanca se coló, obligándome a pestañear varias veces hasta acostumbrarme. Había un techo blanco, demasiado limpio, con luces frías que parpadeaban levemente. Mis dedos se movieron apenas, tanteando a un lado, y sentí una mano sujetando la mía, como si perteneciera a alguien que había estado esperando precisamente ese gesto para no soltarse nunca más. El calor de su piel, la forma en que sus dedos encajaban con los míos, la fuerza contenida en cada roce...

Estaba en una cama, con sábanas blancas que olían a desinfectante, y una máscara de oxígeno cubriendo mi rostro, fría contra mi piel. El aire que entraba por ella era limpio, puro, mis manos, aunque débiles, estaban limpias, sin rastro polvo.

Kian estaba allí, sentado en una silla pegada a mi cama, su cuerpo inclinado hacia adelante, con la frente descansando apenas contra el borde de las sábanas, como si se hubiera quedado dormido en medio de la vigilia más obstinada del mundo. Su cabello negro estaba un poco alborotado, rebelde de esa forma descuidada que nunca le había visto en sus reuniones, y parecía que se había duchado, porque ya no tenía rastros de hollín ni de ceniza.

Era casi tan raro como ver a un lobo dormirse en pleno bosque. La mano con la que me sostenía seguía firme, como si incluso dormido se negara a soltarme, y no sé cuánto tiempo había pasado desde que me había sacado de aquel infierno, pero lo único que sabía era que esa mano era lo que me mantenía cuerda.

Me moví lentamente, como si temiera despertarlo antes de tiempo, y mis dedos rozaron su cabello, suave al tacto.

Era Kian, el hombre que había arriesgado todo, que había corrido hacia un edificio en llamas, que había jurado no dejarme atrás, incluso cuando yo le había suplicado que se fuera.

Sus pestañas se agitaron primero, como un reflejo, y luego sus ojos se abrieron, oscuros y todavía nublados por el sueño. Me miró directamente, y por un instante vi cómo toda la dureza, toda la frialdad que siempre lo acompañaban, se desmoronaba en cuestión de segundos.

—Nyssa...

Se enderezó de inmediato, su mano apretando la mía con más fuerza, sus ojos recorriendo mi rostro como si necesitara asegurarse de que era real.

—Estás todo despeinado. Pareces un adolescente al que acaban de pillar dormido en clase.

Su ceño se frunció, como siempre que lo provocaba, pero al mismo tiempo una risa breve escapó de su garganta.

—¿En serio? ¿Lo primero que se te ocurre decir después de que casi te mueres es criticar mi peinado?

—Pues sí —contesté, encogiéndome apenas de hombros bajo las sábanas—. Hola, idiota.

—Princesa, si sigues insultándome después de todo lo que hice para salvarte, voy a empezar a pensar que no me aprecias.

Intenté reírme, pero solo salió una tos débil, y él frunció el ceño, inclinándose más cerca, su mano libre moviéndose para ajustar la máscara de oxígeno.

—No hagas eso. No te esfuerces, Nyssa. Los médicos dicen que necesitas descansar, y por una vez, vas a hacerme caso.

—Siempre... mandón.

—Pensé que te perdía...

Entonces recordé lo que me había dicho en medio del humo, con el mundo derrumbándose a nuestro alrededor: que sí tenía un miedo, y que era perderme a mí.

—No me perdiste —dije, y levanté un poco la mano para acariciar su cabello otra vez—. Estoy aquí, ¿ves? Entera. Bueno, más o menos. Quizás me debas un par de bolsos nuevos, eso sí.

Me quedé mirándolo, incapaz de apartar los ojos. Había algo diferente en él ahora, algo que no había visto antes, o tal vez algo que siempre había estado allí pero que yo había sido demasiado ciega para notar. No era solo el hombre que había firmado un contrato conmigo, no era solo el príncipe de Zarien o el CEO de un imperio.

—Gracias... Por venir por mí, por no dejarme.

—No me agradezcas, Nyssa. No hice nada que no haría mil veces más. Pero si vuelves a ponerte en peligro así, te juro que te encadenaré a la cama del castillo para que no salgas nunca.

—Kian, ¿cuánto tiempo llevas aquí?

Él suspiró, apoyando la frente un instante contra mi mano.

—Desde que te trajeron. No pienso moverme de aquí.

—Deberías descansar —protesté, aunque en el fondo me reconfortaba demasiado saberlo—. Pareces al borde del colapso.

—Ya descansaré cuando tú estés bien —replicó, y su tono era tan tajante que supe que no había discusión posible.

Intenté levantar mi otra mano, la que no estaba atrapada por la suya, pero estaba tan débil que apenas se movió. Él lo notó de inmediato y se inclinó más cerca, tomando mi mano entre las suyas y llevándola a su mejilla.

—Dante... —susurré, recordando al pequeño.

—Está bien. Está con Aurora, afuera. Gracias a ti, salió ileso. Eres... su heroína, por lo que me dijo. No sé cómo lo haces, pero siempre estás pensando en los demás, incluso cuando estás a punto de... —se detuvo, tragando saliva, y supe que no podía decirlo. No podía decir morir.

Quise responder, pero la fatiga me estaba ganando. Mis párpados se volvían pesados otra vez, y aunque quería seguir hablando, seguir asegurándome de que él estaba bien, mi cuerpo no me lo permitía.

—Descansa, princesa. No te vas a librar de mí tan fácil. Cuando despiertes, vamos a tener una charla seria sobre tus tendencias heroicas.

Una ansiedad repentina me apretó el pecho, un nudo que no podía ignorar. ¿Por qué? ¿Por qué no me había escuchado? ¿Por qué había puesto su vida en peligro por alguien como yo, que solo era parte de un acuerdo, un contrato que se disolvería en unos años?

—¿Por qué no saliste cuando te lo pedí? Te lo dije... te lo supliqué. El edificio se estaba cayendo, el fuego estaba por todas partes. Podrías haber muerto. ¿Por qué no me dejaste?




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