KIAN HARRINGTON
Ella era un ángel en medio de este infierno.
Mí ángel.
Y no iba a dejar que nadie le pusiera las manos encima. Por estar dudando fue que dejé a Nyssa sola y ella... casi muere en el incendio. Pero por algo dicen que de los errores se aprende. ¿No?
Por eso la tenía sobre mis piernas en este preciso momento, ella estaba acurrucada hundiendo su cara en mi pecho. Estábamos en mi despacho del castillo, mientras ella estaba durmiendo, yo revisaba más de veinte correos que enviaban desde mis empresas, aunque mi presencia sea requerida para algunas reuniones, lo he estado manejando bien a distancia. Y creo que esto me deja más tiempo para pasarlo con Nyssa, aunque muy pronto tengamos que volver. Cuando se solucione toda esta mierda familiar, claro.
Su cabello rubio, aún oliendo a jabón de lavanda, me producía unas pequeñas cosquillas cada vez que se movía para volver a acomodarse, pero no me fastidiaba. Más lo hacía el arquitecto que tenía a cargo del proyecto de Dallas, que tal vez creía que estaba de vacaciones solo porque su jefe no estaba viéndolo trabajar cara a cara. Le recortaría el salario en cuanto lo tome desprevenido y salga con solo la mitad del proyecto listo. Si no tuviera a Nyssa aquí, probablemente ya estaría redactando un mensaje que lo haría replantearse su carrera.
Dejé que una mano descansara en su espalda, por encima de la tela ligera de su blusa, ya se estaba recuperando de toda la situación, incluso Axel ya la estaba motivando en hacer ya el viaje, por lo que ella me colocó sus ojos manipuladores y claro que acepté.
Para mí, Nyssa era fuerza pura, envuelta en un cuerpo que a veces parecía demasiado pequeño para todo lo que cargaba. Y yo, maldita sea, haría lo que fuera para que nunca tuviera que cargar sola.
Quince días, solo nosotros, sin teléfonos, sin consejos, sin el peso de un reino que no quería. Solo Nyssa y yo, despertando con el sonido de las olas, cocinando juntos, caminando por la playa con sus pies descalzos dejando huellas en la arena. La idea me calentaba el pecho, pero también me ponía nervioso, porque sabía que incluso en esos momentos, Zarien encontraría la manera de colarse. ¿Qué pasaría cuando despertara cada mañana y lo primero que viera fuera su rostro? ¿Qué pasaría cuando no hubiera escapatoria, cuando tuviera que enfrentar la verdad desnuda de que ella era lo único que necesitaba?
El zumbido del teléfono sobre el escritorio me sacó de mis pensamientos. Lo miré de reojo, dispuesto a ignorarlo, porque quien fuera que estuviera llamando podía esperar. Pero el nombre que apareció en la notificación me obligó a mirarlo dos veces. Deslicé el dedo por la pantalla para leer el texto, manteniendo a Nyssa lo más quieta posible para no despertarla.
Mackenzie
Kian, sé que estás ocupado, pero pensé en ti. El consejo está inquieto, y tu abuelo mencionó algo sobre reconsiderar las cosas… ¿Podemos hablar? Solo quiero ayudar. Sé lo mucho que significa Nyssa para ti, y no quiero que esto se complique más.
¿Ayudar? Makenzie no ayudaba a nadie que no fuera ella misma. Apagué la pantalla y dejé el teléfono boca abajo, como si con eso pudiera borrar a Makenzie y a todo Zarien de mi cabeza.
—Mmm… —su voz fue apenas un murmullo contra mi pecho—. ¿Cuánto tiempo…?
Ajusté mi agarre en ella, asegurándome de que estuviera cómoda contra mí, y pasé una mano por su cabello, apartando un mechón que caía sobre su rostro.
—Un buen rato —respondí en voz baja, acariciándole la espalda con los dedos—. El suficiente para que empiece a preocuparme de que vas a acusarme de secuestrarte.
Ella soltó una risa suave, todavía adormilada, y se incorporó un poco, apoyando una mano en mi pecho para mirarme mejor.
—Lo siento. Interrumpí tu trabajo otra vez, ¿verdad?
—Sí, interrumpiste mis correos, mis pendientes, mis preocupaciones… —enumeré con ironía, hasta que ella arqueó una ceja—. Y gracias a eso no me he vuelto loco todavía. Así que, no. No hay nada que lamentar.
Los golpes en la puerta del despacho me sacaron de golpe de mi calma. La puerta se abrió un poco, y uno de mis hombres de seguridad asomó la cabeza, su expresión neutral pero alerta, como siempre. Era Marcus, uno de los más confiables, el tipo que no hablaba de más y sabía leer una habitación antes de entrar en ella.
—Señor —dijo en voz baja, manteniendo la distancia—, la cena de negocios estará lista en un par de horas. Los invitados confirmaron, y todo está preparado en el salón principal.
Asentí con un gesto breve de cabeza, mi mano aún acariciando distraídamente la espalda de Nyssa, aunque ella estaba callada.
—Bien. Asegúrate de que todo esté en orden —Marcus entendió, cerró la puerta con el mismo cuidado con el que había entrado, y el silencio volvió a instalarse.
Deslicé mis dedos por su cabello, disfrutando de la suavidad de los mechones rubios, y me permití hablar, aunque no estaba seguro de si ella seguía despierta o no.
—Después del incendio, hundí al que construyó ese edificio —confesé en voz baja—. No me tembló la mano, Nyssa. Ni un segundo. Cuando alguien se atreve a poner en peligro lo que me importa… aprende rápido cuál es el precio.
Ella frunció el ceño, esa expresión suya que siempre me hacía querer besarla para borrarla.
—Kian, quizás debería dejarte trabajar —dijo, intentando incorporarse, su mano presionando mi pecho como si quisiera empujarme, pero sin fuerza real—. No quiero interrumpirte. Ve, haz lo que tengas que hacer, aún necesito descansar si queremos ir a las vacaciones.
Ella bajó la mirada, insegura, y antes de que pudiera apartarse, me rodeó el cuello con los brazos.
No supe cuánto tiempo duramos así, pero sí recuerdo el momento exacto en que ella dudó, cuando sentí que se apartaba apenas lo suficiente para mirarme. Sus ojos buscaron los míos, inseguros, y sus labios se unieron a los míos. Sus labios se movieron contra los míos con una urgencia que me tomó por sorpresa, su mano en mi cuello atrayéndome más cerca, y yo respondí sin pensar, mi mano en su cintura apretándola contra mí, profundizando el beso hasta que el mundo se redujo a ella, a nosotros.
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Editado: 31.08.2026