Bajo La Última Corona

Capitulo 23

NYSSA MORELLI

El olor a brisa marina y salitre ya no era una novedad, se había convertido en mi aroma favorito para despertar.

La rutina de estas semanas había sido un sueño del que me aterraba despertar. No más escoltas rígidos pisándonos los talones en cada pasillo, no más formalidades ni cenas de etiqueta donde tenía que medir cada uno de mis gestos para encajar en el molde Harrington. Aquí, Kian se levantaba temprano, con el cabello desordenado y vistiendo solo pantalones de lino, para preparar el desayuno mientras yo le robaba besos desde la encimera.

Habíamos tenido nuestras clases de conducción, en las que casi me subo a la acera dos veces y él se limitó a reírse en lugar de regañarme, caminatas por la orilla al atardecer y noches donde la penumbra de la habitación se llenaba de murmullos, y una intimidad que me había curado por dentro más que cualquier medicina.

Él era mi esposo. No en el papel firmado por conveniencia para satisfacer al abuelo Benjamín, sino en la forma en que su mano buscaba la mía de forma automática cada vez que nos sentábamos juntos, en la manera en que me miraba como si fuera el único objeto de valor en una habitación llena de oro.

—Si sigues mirando ese jarrón con tanta concentración, voy a pensar que te quieres llevar la tienda entera a la casa de la playa —la voz ronca de Kian resonó cerca de mi oído, acompañada por el calor de su cuerpo pegándose a mi espalda.

Estábamos en el centro comercial más exclusivo del área costera. Era un espacio amplio, de techos altos de cristal por donde se filtraba la luz dorada del mediodía, repleto de boutiques elegantes, galerías de arte y tiendas de decoración de interiores. Kian había insistido en que, antes de volver a Zarien, debíamos dejar la casa completamente equipada con las cosas que a mí me gustaran.

"Esta casa es nuestra", me había recordado esa misma mañana mientras me ataba las sandalias. "Quiero que tenga tu toque, no el de un decorador de interiores que cobra por hora".

Él llevaba una camisa de manga corta azul marino con los primeros botones desabrochados y gafas de sol enganchadas en el cuello. Se veía ridículamente guapo, relajado y tan distante del magnate implacable de Wall Street que por un segundo me costó respirar.

—El jarrón es bonito y además, combina con el salón. No intentes criticar mi gusto, señor Harrington.

Kian dejó escapar una risa baja, inclinándose para dejar un beso rápido y firme en la comisura de mis labios, ignorando abiertamente a los dos empleados de la tienda que nos observaban a una distancia prudente con una mezcla de fascinación y respeto.

—Jamás criticaría tu gusto, princesa. De hecho, lo apruebo. Llevémonos el jarrón y los cuadros de la entrada. Y las mantas de hilo que elegiste para la terraza.

—Kian, la camioneta ya tiene el maletero lleno —le recordé, riendo con suavidad mientras apoyaba una mano en su pecho—. Axel y Aurora van a tener que viajar sobre las maletas si seguimos comprando cosas para traerlas en el próximo viaje.

—Que Axel camine. Le hará bien al ego —respondió sin pestañear, aunque el destello divertido en sus ojos delataba su humor.

Le ordenó al encargado que empacara los artículos y los enviara directamente al transporte de la propiedad. Yo aproveché para dar un par de pasos hacia el gran ventanal de la tienda que daba a la plaza central del centro comercial. El lugar estaba climatizado, pero de repente sentí una leve ráfaga de calor que me subió por el cuello.

Me llevé una mano al pecho, soltando un suspiro lento.

Un malestar extraño y repentino me recorrió el estómago. No era dolor, sino una sensación de pesadez, como un mareo sutil que me hizo perder el equilibrio por una fracción de segundo. Apoyé dos dedos contra el cristal frío de la vitrina para estabilizarme.

Deben ser las galletas de canela que me comí antes de salir, pensé de inmediato. La emoción del último día, el sol fuerte del mediodía antes de entrar al centro comercial y el cambio de ritmo probablemente me estaban pasando una factura pequeña. Después de todo, mi cuerpo aún se estaba adaptando a la recuperación total tras el incendio del edificio.

—¿Nyssa?

Kian apareció a mi lado en un segundo. La calidez de su mano en mi cintura fue instantánea, y al mirar su rostro vi cómo la relajación de hace un momento se borraba para dar paso a esa mirada atenta y protectora que ponía cada vez que me notaba algo extraño.

—¿Estás bien? Te pusiste un poco pálida.

—Estoy bien. El aire acondicionado aquí adentro está un poco fuerte y creo que la caminata me dio algo de fatiga. Nada de qué preocuparse, de verdad.

—Si te sientes mal, nos vamos a la casa ahora mismo. Puedo pedirle a Arthur que se encargue del resto de las compras.

—No, no, en serio. No arruines nuestro último paseo por un simple mareo de dos segundos. Estoy bien, Kian. Prometiste que iríamos por ese helado de avellana antes de volver.

Él me sostuvo la mirada durante un par de segundos eternos, midiendo si le estaba diciendo la verdad o si solo estaba intentando ser dura.

—Bien. Pero si vuelves a tambalearte un solo milímetro, te cargo hasta el auto frente a todo el centro comercial y no me va a importar quién nos esté mirando. ¿Queda claro?

—Eres un exagerado —rodé los ojos, pero el calorcito cómodo en mi pecho me traicionó, haciendo que me pegara más a su costado mientras salíamos de la tienda.

Caminamos por el pasillo central de la plaza comercial, pasando por tiendas de ropa, joyerías y cafeterías al aire libre bajo los domos de cristal.

Me encantaba esta versión suya: el hombre que no tenía prisa por revisar su teléfono cada cinco minutos, el hombre que respondía a mis comentarios sobre los escaparates con interés real y que parecía haber dejado en pausa todo el peso de su imperio solo para caminar a mi ritmo.




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