NYSSA MORELLI
El crujido de la madera antigua y el pesado aroma a cera de abejas y lavanda me devolvieron de golpe a la realidad, estábamos de vuelta en el castillo de Zarien.
Atrás había quedado el sonido constante de las olas, la casa de la playa y la libertad sin escoltas.
Kian estaba sentado en el borde de la enorme cama matrimonial, vistiendo solo un pantalón de pijama oscuro. Los vendajes limpios cruzaban en diagonal la parte baja de su espalda y su abdomen, pero su postura ya no reflejaba el dolor agudo de las primeras horas.
Me acerqué despacio desde el vestidor, secándome el cabello con una toalla tras una larga ducha. Él siguió cada uno de mis movimientos con esa mirada oscura que me hacía perder el aliento.
—El doctor dijo que debías descansar, no mirarme como si fuera el postre —murmuré, dejando la toalla sobre una silla.
—El doctor dijo que no debía hacer esfuerzos pesados, princesa. No dijo nada sobre tener a mi esposa cerca.
Extendió la mano hacia mí. Me acerqué y me senté sobre sus muslos con cuidado, rodeando su cuello con mis brazos, teniendo extremo cuidado de no apoyar mi peso sobre sus heridas. Kian soltó un suspiro de satisfacción al sentir mi calor, pegando su frente a la mía.
Sus labios buscaron los míos con una voracidad que llevaba días reprimida. Sus manos grandes me sujetaron por la cintura, pegándome a su torso desnudo, el contacto de su piel caliente contra la mía hizo que un estremecimiento me recorriera entera.
—Te extrañé... aunque estuviste a mi lado todo el tiempo —susurró contra mis labios, bajando sus besos por mi mandíbula hasta la curva de mi cuello.
—Estuviste en un hospital, Harrington. Eso no cuenta como tiempo de calidad —sonreí, echando la cabeza hacia atrás mientras sus dientes rozaban suavemente mi piel sensible.
Me quité la bata con ayuda suya, el aire fresco de la habitación me erizó la piel, pero el calor de su pecho desnudo la borró de inmediato.
Me guió para que me acomodara sobre él. Cuando me deslicé dentro, el estiramiento fue profundo y cálido. Él cerró los ojos un segundo, apoyando la frente en mi hombro, respirando agitado.
Me quedé quieta, solo sintiéndolo. Sus manos acariciaban mi espalda en círculos lentos, dándome tiempo, dándose tiempo a sí mismo. Cuando por fin empecé a moverme, fue con un ritmo suave, subía y bajaba despacio, marcando cada centímetro. Kian me ayudaba con las caderas, empujando hacia arriba en cada bajada.
Me elevaba y descendía con lentitud, sintiendo cada centímetro de Kian dentro de mí, él me miraba desde abajo con los ojos oscuros, la mandíbula tensa, las manos firmes en mis caderas.
—Así… justo así, princesa.
Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en el cabecero de la cama para no cargar mi peso sobre él. El movimiento me permitió hundirme más profundo. Un gemido bajo se le escapó a Kian cuando apreté los músculos internos a propósito, provocándolo. Él respondió con un empujón de caderas más fuerte, y el sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose llenó la habitación silenciosa del castillo.
Aceleré un poco. El cabello todavía húmedo me caía sobre los hombros, algunas gotas resbalando por mi pecho. Kian no pudo resistirse: levantó una mano y la pasó por mi pecho, deteniéndose en un pezón, rozándolo con el pulgar mientras la otra mano seguía sujetándome por la cadera. Arqueé la espalda, buscando más contacto, y él se incorporó apenas lo suficiente para tomar el pezón entre los labios, chupando con fuerza moderada.
—Kian…
—Shh. Déjame sentir a mi esposa.
Me levantó un poco y me bajó de nuevo, más profundo esta vez. Solté un jadeo cuando golpeó ese punto exacto en mi interior. Mis uñas se clavaron en el cabecero, él lo notó y repitió el movimiento, una y otra vez, sosteniendo el ritmo.
Me incliné más, busqué su boca y lo besé con hambre, mordiendo el labio inferior, Kian respondió con la misma voracidad, una mano subiendo por mi espalda hasta enredarse en mi cabello húmedo, manteniéndome cerca mientras me follaba desde abajo con empujes cortos y precisos.
—Te sientes tan bien… tan putamente bien —murmuró contra mi boca—. Después de tantos días… solo quería esto. Tenerte encima. Sentirte.
El orgasmo se me fue acercando como una ola. Las piernas me temblaban y él redobló la atención en mi clítoris, frotando en círculos rápidos mientras me penetraba sin piedad.
—Ven para mí —ordenó—. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mí.
Me corrí primero. El cuerpo se me tensó, un grito ahogado se me escapó y mis paredes se cerraron con fuerza alrededor de él, contrayéndose una y otra vez. Kian no aguantó mucho más. Con un último empujón profundo, se derramó dentro de mí, gruñendo mi nombre contra mi cuello, las manos clavadas en mis caderas mientras se vaciaba por completo.
Nos quedamos así, unidos, respirando agitados. Apoyé la frente en su hombro, todavía temblando con las últimas oleadas.
Rato después, el silencio de la habitación era absoluto, interrumpido solo por el ritmo acompasado de nuestras respiraciones.
Yo estaba apoyada sobre su pecho sano, trazando líneas invisibles sobre su piel con la yema de mis dedos, mientras la luz tenue de las lámparas de noche iluminaba la estancia. De repente, la mano de Kian, que acariciaba mecánicamente mi espalda desnuda, se detuvo.
Se quedó en silencio durante unos segundos, mirando hacia el techo esculpido del dormitorio con una expresión analítica.
—Nyssa... —empezó, su voz sonando extrañamente seria.
—¿Mmm?
—¿Cómo vas con tus pastillas anticonceptivas?
La pregunta me tomó tan desprevenida que me erguí despacio sobre el colchón, acomodándome la sábana sobre el pecho para mirarlo de frente.
—Soy puntual tomándomelas, Kian. Todos los días a la misma hora —respondí, frunciendo levemente el ceño al notar la tensión en su mandíbula—. ¿Por qué lo preguntas de la nada?
#235 en Novela romántica
#87 en Novela contemporánea
matrimonio forzado realeza, fakedating, matrimonioporconveniencia
Editado: 31.08.2026