NYSSA MORELLI
Tres semanas en el castillo de Zarien podías vivirlas de dos formas: dejándote asfixiar por el protocolo y las miradas envenenadas del Consejo Real, o convirtiéndote en el depredador que los obligara a mirar hacia abajo.
Nosotros habíamos elegido la segunda opción.
Durante los últimos veintiún días, la suite matrimonial no solo había sido nuestro refugio, sino la sala de operaciones desde donde Kian, Axel y yo reestructuramos cada movimiento defensivo. Kian no había descansado ni un solo segundo.
Entre llamadas a deshoras para blindar sus empresas privadas y reuniones a puerta cerrada en el castillo, lo había visto trabajar.
Me acomodé en el sofá alargado junto al gran ventanal de la biblioteca privada, disfrutando del calor del sol de la tarde que atravesaba los cristales. Llevaba una taza de té manzanilla en la mano y el ordenador sobre las piernas, terminando de revisar las cosas que iba a pedir está semana.
El teléfono sobre la mesa ratona comenzó a vibrar. Al ver la pantalla, una sonrisa genuina se me dibujó en el rostro.
—Hola, papá.
—Hola, mi niña —la voz de mi padre sonó del otro lado de la línea, firme, clara y con un matiz de vitalidad que me devolvió el aire al pecho—. Estaba empezando a pensar que te habías olvidado de tu viejo.
—Sabes que eso es imposible —sonreí, reclinándome contra los cojines—. Es solo que este lugar exige más diplomacia de la que me gustaría entregar. ¿Cómo salieron los exámenes esta mañana?
Escuché el suspiro de alivio de mi padre a través del auricular y el chasquido suave de unos papeles al moverse.
—El médico me dio el alta definitiva para los chequeos mensuales. Los marcadores están limpios, Nyssa. La recuperación va mejor de lo que los médicos esperaban. Ya me dejaron retomar caminatas más largas y los doctores dicen que mi cuerpo respondió de maravilla al tratamiento.
Un nudo de emoción se me formó en la garganta. Escucharlo así, con esa fuerza renovada tras los meses tan oscuros que habíamos pasado enfrentando el cáncer, se sintió bien.
—No sabes lo feliz que me hace escuchar eso, papá. Por favor, hazle caso a los médicos y no intentes volver a la panadería antes de tiempo. Conozco tu terquedad.
—Prometido. Además, tu mamá y el equipo se están encargando de que no toque un solo expediente.
—Cuídate y cuida a mamá, ¿Sí? Te quiero, papá.
—Y yo a ti, mi niña.
Al colgar, me quedé mirando la pantalla unos segundos con el corazón un poco más liviano. Saber a mi padre sano y recuperándose era la inyección de energía que necesitaba.
La taza de manzanilla ya no echaba vapor y entonces la puerta se abrió.
Mi esposo estaba en el umbral.
Llevaba una camisa Negro, las mangas arremangadas hasta los codos, y los pantalones oscuros que usaba cuando pretendía parecer casual y solo conseguía parecer más peligroso. En la mano derecha sostenía una caja rectangular de cartón kraft, del tamaño de un libro grueso, atada con un lazo de lino crudo. En la izquierda, nada.
Se detuvo a unos pasos del sofá. El sol le golpeaba de lado, dibujando el contorno de su mandíbula, el leve hundimiento bajo los pómulos, sus ojos, esos ojos oscuros que podían congelar una sala entera, me miraban con una intensidad distinta.
—Pensé que estabas reunido con Axel repasando los informes de la costa —murmuré, dejando la taza de té en la mesa ratona y apartando el ordenador de mis piernas.
—Terminamos hace veinte minutos, escuché parte de tu llamada desde el pasillo. La voz de tu padre se escuchaba fuerte.
—Le dieron el alta definitiva para los chequeos mensuales, está fuera de peligro.
—Me alegro tanto por ti, princesa. Te mereces esta tranquilidad, tu familia se merece esto.
—Gracias —respondí en un hilo de voz, rodeando su cintura con mis brazos y pegándome a su torso. Podía oler su perfume costoso mezclado con ese aroma tan suyo que me volvía loca—. Por todo, Kian. Sé que moviste cielo y tierra para asegurar que los mejores especialistas estuvieran al pendiente de él.
Se inclinó, tomó mi rostro entre sus manos grandes y cálidas y presionó sus labios contra los míos en un beso profundo. Sus pulgares acariciaron mis pómulos, antes de separarse apenas un milímetro para pegar su frente a la mía.
Solté un pequeño ahogo de sorpresa cuando me acomodó sobre sus muslos mientras él tomaba mi lugar sentado. Mis piernas quedaron a los lados de sus caderas, y mis manos terminaron enredadas en su cabello oscuro, disfrutando de la textura entre mis dedos.
—Tengo algo para ti —dijo al fin.
—¿De qué hablas, Harrington? ¿Anotaste otra victoria corporativa que no me has contado?
En lugar de responder, Kian metió la mano en el bolsillo interior de su chaleco y sacó un sobre de papel de hilo grueso, sellado con un cera dorada que llevaba las iniciales K.H., sin el blasón de la corona. Un sobre de su firma personal.
—¿Qué es esto? —pregunté, tomando el sobre entre mis manos.
—Ábrelo —ordenó en voz baja, mirándome con una fijación casi hambrienta, esperando mi reacción.
Pasé el dedo por debajo del sello para romperlo, sacando un juego de documentos doblados con cuidado. En la parte superior, con membrete oficial en relieve de una de las academias internacionales más prestigiosas de gastronomía y artes culinarias, leí las primeras líneas escritas en una caligrafía impecable.
Certificado de Admisión Matricular.
Candidata: Nyssa Morelli.
Programa: Maestría Profesional en Alta Repostería, Pastelería Internacional y Gestión de Negocios Gastronómicos.
Me quedé congelada, la respiración se me atascó en la garganta y mis ojos releyeron el documento una, dos, tres veces, tratando de procesar las palabras en la hoja, sin creerlo.
—Kian... ¿qué es esto?
—Es tu futuro, princesa. Sé lo que sacrificaste cuando la enfermedad de tu padre empeoró, sé que antes tuviste que dejar de lado tus sueños de estudiar. Sé cuántas noches te quedaste despierta revisando recetas, creando diseños de postres en tu cuaderno y soñando con tener la preparación profesional que te merecías.
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Editado: 31.08.2026