NYSSA MORELLI
Sobre la mesa, el caos revelaba un proyecto ambicioso. Cuencos de cristal, mangas pasteleras alineadas por grosor de boquilla, termómetros de azúcares y aros de acero inoxidable se extendían a lo largo de la superficie.
Aurora se limpió la mejilla con el dorso de la mano, dejando un leve rastro de harina blanca cerca del pómulo, mientras intentaba sostener un batidor de varillas.
—Te juro por la corona de Zarien que en los registros históricos jamás se ha visto a una duquesa haciendo esto —dijo Aurora, dejando escapar una risa suave mientras observaba el cuenco donde una mezcla de yemas y azúcar tomaba un color cremoso—. Si las damas del Consejo me vieran ahora, dirían que el castillo ha caído en la barbarie absoluta.
No pude evitar sonreír, apoyando los antebrazos sobre la mesa mientras controlaba la temperatura del almíbar con el termómetro digital. Traía puesto un vestido suelto de lino marfil, sin corsé, por estricta orden implícita de Kian tras el episodio del vestido verde y encima, el mandil gris con mis iniciales N.M. bordadas en hilo dorado.
—Las damas del Consejo se están perdiendo el verdadero arte, Aurora. Además, hacer un Saint-Honoré tradicional con craquelin de frutos rojos y crema diplomática de vainilla Bourbon no es barbarie.
—Cuando Kian dijo que instalaría un laboratorio gastronómico aquí, pensé que vendría un chef francés a darte conferencias teóricas. No me imaginé que terminarías convirtiendo este lugar en tu santuario personal.
—Aquí las reglas las pongo yo. Si una masa no leva, es porque le faltó tiempo o temperatura, no porque haya tres consejeros maquinando una traición a mis espaldas.
Habíamos pasado semanas compartiendo tardes de té, pero esto era distinto. Estar en la cocina, manchadas de harina y discutiendo el punto exacto del caramelo, había roto cualquier barrera formal.
—Kian hizo esto por una razón, Nyssa —dijo, tomando una espátula de silicona para limpiar los bordes del cuenco—. Él no es un hombre de palabras románticas ni de discursos grandilocuentes. Si Kian quiere decirte que le importas más que su propia vida, no te va a escribir un poema. Va a mover tres continentes para ponerte una cocina profesional en un castillo medieval y se asegurará de que nadie te toque un solo cabello.
Hablando de mi esposo, él había salido al amanecer con Axel. Algo sobre inspeccionar una de las propiedades de la costa y reunirse con un proveedor que no quería hablar por videollamada. Me había besado la frente todavía medio dormida y me había susurrado que no quemara el castillo en su ausencia.
Ahora, con el sol de media mañana entrando por los ventanales altos, Aurora removía el bowl de acero mientras yo temperaba el chocolate.
—Si el crumble se te quema otra vez —dijo sin levantar la vista—, te voy a hacer limpiar todos los hornos con un cepillo de dientes. Y no es broma.
—El crumble no se quemó la vez anterior —protesté, aunque la risa se me escapó—. Solo se… caramelizó de más. Hay una diferencia.
—Claro. Y yo soy la reina de las hadas.
—A veces me cuesta entenderlo del todo —admití, fijando la vista en las pequeñas burbujas que formaba el azúcar—. Kian es... una tormenta. Protege de una forma tan feroz que da miedo. A veces no sé si lo que hace es por deber, por posesividad... o porque realmente siente algo más profundo.
Aurora dejó el batidor a un lado y dejó escapar una sonrisa melancólica, apoyando la espalda contra el borde del mueble.
—Es amor, Nyssa. Solo que el amor en Kian Harrington no se parece al de los demás. Tienes que entender cómo creció.
La miré con atención, apagando la fuente de calor para dejar que el almíbar reposara.
—De niño... ¿cómo era?
—Un témpano en miniatura —rio con ternura, aunque en sus ojos había un matiz de nostalgia—. Mientras otros niños jugaban en los jardines del palacio o se ensuciaban las rodillas en el estanque, Kian se sentaba en el despacho de su abuelo Benjamín a leer informes de comercio exterior. Recuerdo que cuando tenía siete años, se aprendió de memoria la red de proveedores de la firma familiar solo para demostrarle a los instructores que no necesitaban supervisarlo.
—Suena a que era un dolor de cabeza.
—Era insoportable —asintió Aurora, riendo—. Pero también era terriblemente solitario, su padre lo entrenó para ser una armadura andante. Le enseñaron que mostrar afecto era entregar una carta de chantaje a sus enemigos la mayor parte del tiempo. Por eso, cuando Kian quiere a alguien, no sabe expresarlo con delicadeza, lo expresa construyendo fortalezas alrededor de esa persona.
Aurora se me acercó y me tocó el brazo con dulzura.
—Cuando lo vi llegar contigo a Zarien, supe que todo había cambiado. Jamás en su vida había visto a Kian mirar a alguien con el pavor de perderla, te protege porque eres la única cosa real que tiene en este mundo.
Escuchar aquello de alguien que conocía a Kian desde la infancia disipaba las sombras de duda que me habían perseguido durante semanas.
—Ojalá estuviera aquí para escucharte —dije con una sonrisa corta—. Aunque probablemente te habría puesto una cláusula de confidencialidad por revelar sus secretos de infancia.
—¡Oh, absolutamente! Si supiera que estoy destrozando su reputación de hombre despiadado mientras hacemos masa choux, mandaría a interceptar mi coche.
Ambas nos reímos, el ambiente se sentía más hogareño que antes cuando apenas me mudé.
—Sabes… Kian de pequeño era un desastre en la cocina. Un desastre absoluto.
Levanté la vista, interesada de inmediato.
—Tenía… no sé, siete u ocho años. Su madre le había dicho que podía ayudar a preparar el pastel de cumpleaños de Damien. Cuando nadie miraba, añadió el doble de azúcar “porque Damien merecía lo mejor”. El pastel salió tan dulce que el pobre Damien casi se atraganta. Y Kian, en vez de disculparse, se cruzó de brazos y dijo que si su hermano no apreciaba el exceso de amor en forma de sacarosa, era problema suyo.
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Editado: 14.09.2026